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Caperucita en Manhattan. Carmen Martín Gaite. Editorial Siruela

3 Oct

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Un veterano comisario del distrito de Harlem, fascinado por la valentía de miss Lunatic, sus múltiples contactos con gente del hampa y su talento para testificar en los casos difíciles, la mandó llamar una tarde de invierno para proponerle un trato. Se le asignaría una suma bastante importante de dinero, si se prestaba a colaborar como confidente de la Policía. Ella se indignó. Informar a las autoridades de que había un fuego, se había caído el alero de un tejado o se necesitaba urgentemente una ambulancia era algo muy diferente a convertirse en acusica. Ni que estuviera loca. Y en cuanto al dinero, muchas gracias, pero no la tentaba.
-¿Para qué necesito yo el dinero, mister O’Connor? –preguntó-. ¿Me lo quiere usted decir?
Tenía las manos cruzadas sobre la mesa, y el comisario se fijó en aquellos dedos deformados por el reúma y enrojecidos por el frío.
-Para asegurarse la vejez –dijo.
Miss Lunatic se echó a reír.
-Perdone, señor, pero llegué a Manhattan en 1885 –dijo-. ¿No le parece que he dado pruebas suficientes de asegurarme yo sola la vejez?
El comisario O’Connor la contempló con curiosidad desde el otro lado de la mesa.
-¿En 1885? ¿El mismo año que trajeron aquí la estatua de la Libertad? –preguntó.
En los labios de miss Lunatic se dibujó una sonrisa de nostalgia.
-Exactamente, señor. Pero le ruego que no someta a ningun interrogatorio.
-Solamente contésteme a una cosa –dijo él-. He oído decir que no tiene usted ingresos conocidos. Y que tampoco pide limosna.
-Es verdad, ¿y qué?
-Tranquilícese, le aseguro que no se trata de una investigación policiaca. Sólo pretendo ayudarla. ¿Es que no le interesa el dinero?
-No; porque se ha convertido en meta y nos impide disfrutar del camino por donde vamos andando. Además ni siquiera es bonito, como antes, cuando se gozaba de su tacto como del de una joya.
El comisario observó que, mientras miss Lunatic decía aquellas palabras acariciaba unas monedas muy raras que había sacado de una bolsita de terciopelo verde, y jugueteaba con ellas. No eran de gran tamaño, despedían un fulgor verdoso, y parecían muy antiguas. Estuvo a punto de preguntarle de dónde procedían, porque nunca las había visto de este tipo, pero se contuvo por miedo a ganarse su desconfianza. Prefería seguir oyéndola hablar de lo que fuera. Hubo una pausa y ella volvió a guardar las monedas en la bolsa.
-Ahora ya no –continuó tras un suspiro-. Ahora el dinero son viles papeluchos arrugados. Yo cuando tengo alguno, estoy deseando soltarlo.
-Todos los papeluchos que usted quiera –interrumpió el comisario-, pero hacen falta para vivir.
-Eso suele decirse, sí. Para vivir… Pero ¿a qué llaman vivir? Para mí vivir es no tener prisa, contemplar las cosas, prestar oído a las cuitas ajenas, sentir curiosidad y compasión, no decir mentiras, compartir con los vivos un vaso de vino o un trozo de pan, acordarse con orgullo de la lección de los muertos, no permitir que nos humillen o nos engañen, no contestar que sí ni que no sin haber contado antes hasta cien como hacía el Pato Donald… Vivir es saber estar solo para aprender a estar en compañía, y vivir es explicarse y llorar… y vivir es reírse… He conocido a mucha gente a lo largo de mi vida, comisario, y créame, en nombre de ganar dinero para vivir, se lo toman tan en serio que se olvidan de vivir. Precisamente ayer, paseando por Central Park más o menos a estas horas, me encontré con un hombre inmensamente rico que vive por allí cerca y entablamos conversación. Pues bueno, está desesperado y no sabe por qué. No le saca partido a nada ni le encuentra aliciente a la vida. Y claro, se obsesiona por tonterías. Al cabo de un rato, parecía yo la millonaria y él el mendigo. Nos hicimos muy amigos. Dice que él no tiene ninguno. Bueno, uno, pero que se está hartando de él.
-¡Qué historia tan interesante! dijo el señor O´Connor.
-Sí, es una pena que no tenga tiempo para contársela con detalle. Pero he quedado en ir dentro de un rato a su casa a leerle la mano. Aunque no sé si servirá de mucho, ya se lo advertí ayer, porque yo el porvenir no lo leo cerrado, sino abierto.
-¿Qué quiere decir eso?
-Que no doy soluciones, me limito a señalar caminos que cruzan y a dejar a la gente en libertad para que elija el que quiera. Y míster Woolf está ansioso de soluciones, me temo que necesita que le manden. Tal vez porque está harto de hacerse obedecer. Edgard Woolf se llama. Gana el dinero a espuertas. Tiene un negocio muy acreditado de pastelería.
El comisario la miró con los ojos redondos por la sorpresa.
-¿Edgard Woolf? ¿El rey de las Tartas? ¿Va a ir usted a casa de Edgard Woolf? Vive en uno de los apartamentos más lujosos de Manhattan, ¿lo sabía? Pero tiene fama de ser inaccesible, de no recibir a nadie.
-Pues ya ve, será que le he caído bien. A ver si se cree usted que sólo me trato con desheredados de la fortuna. Aunque ahora que lo pienso –rectificó luego- también míster Woolf es un desheredado de la fortuna. Para mí la única fortuna, ya le digo, es la de saber vivir, la de ser libre. Y el dinero no libera, querido comisario. Mire usted alrededor, lea los periódicos. Piense en todos los crímenes y guerras y mentiras que acarrea el dinero. Libertad y dinero son conceptos opuestos. Como lo son también libertad y miedo. Pero, en fin, le estoy robando tiempo. No he venido para echarle un discurso, y en cuanto a su propuesta, ya la he contestado con creces, ¿no le parece a usted? Conque olvídeme, si puede.
El comisario O´Connor la miraba entre pensativo y perplejo.
-Así que usted no tiene dinero ni miedo… -dijo.
-Yo no. ¿Y usted?
El rostro del comisario se ensombreció.
-Yo miedo sí, muchas veces. Se lo confieso.
-Pues eso es mala cosa para su oficio. El miedo cría miedo, además. ¿Dónde lo siente? ¿En la boca del estómago?
El comisario se quedó dudando, y se palpó aquella zona, bajo el chaleco.
-Pues sí, más o menos.
-Ya. Es lo más corriente. Espere un momento a ver.
Miss Lunatic, ante el pasmo del comisario O´Connor, se puso a hurgar en su faltriquera y sacó varios frasquitos que alineó sobre la mesa.
-¡Vaya por Dios! Lo siento. Tenía un elixir bastante bueno contra el miedo, pero se me ha gastado. Es el que más me piden.
Luego, mientras volvía a guardarse los frasquitos, añadió:
-Claro que hay otra forma de espantar el miedo, pero no es propiamente una receta, porque tiene que poner mucho de su parte el paciente. Consiste en pensar: “A mí esto que me asusta ni me va ni me viene”, algo así como ver lejos lo que está dando a uno miedo, para que se desdibuje.
-Eso no acabo de entenderlo.
-Casi nadie; por eso digo que da poco resultado recetárselo a otro. A lo mejor un día, de pronto, lo siente usted solo y lo entiende… En fin, ¿me da permiso para retirarme?
El comisario O’Connor asintió. Pero cuando la vio levantarse, agarrar su cochecito y dirigirse a la puerta, tuvo una sensación muy triste, como de miedo a estarse despidiendo de ella para siempre. Y la volvió a llamar. Ella se detuvo, interrogante.
-Miss Lunatic –dijo-. Es usted maravillosa.
-Gracias, señor. Eso mismo me decía siempre mi hijo, que en paz descanse. Un gran artista, por cierto, aunque la memoria voluble de las gentes haya sepultado su nombre… ¿Quería usted decirme algo más?
-Sí. Que no me gustaría que pasara usted hambre ni frío.
-No se preocupe. No los paso.
-Me parece increíble, perdone que se lo diga. ¿Y cómo hace? ¿Cómo se las arregla para salir adelante?
Miss Lunatic se detuvo en el centro de la habitación. Se levantó el ala del sombrero con gesto solemne y miró al señor O´Connor. Sus ojos negros, brillando en el rostro pálido y plagado de surcos, parecían carbones encendidos. Y ella, en medio de aquella estancia de paredes desnudas, una figura de cera.
Echándole fuerza de voluntad, señor, para decirlo con palabras del Caballero Inexixtente.
-¿Otro amigo suyo? –preguntó el comisario.
-Pues sí. Aunque éste es un personaje inventado. ¿Le gustan las novelas?
-Mucho. Lo que pasa es que tengo poco tiempo de leer.
-Pues cuando saque un ratito le recomiendo El caballero inexistente. No es muy larga. Acabo de verla traducida al italiano esta tarde, al pasar por el escaparate de Doubleday.
-¡Cuánto trota por Manhattan! Veo que no para usted un momento.
-Así es. Tiene usted razón. Yo no comprendo cómo dice la gente que se aburre. A mí nunca me da tiempo para todo lo que quisiera hacer… Y ahora siento dejarle. Pero he quedado con míster Woolf, y antes había pensado darme una vueltecita en coche de caballos por Central Park. Gratis, por supuesto. Me lo tiene prometido un cochero angoleño que me debe algunos favores. Convencí a una hija suya para que no se suicidara. Conque lo dicho. Adiós, comisario.
El comisario O´Connor se levantó para abrirle la puerta y le estrechó la mano efusivamente.
-Espero que volvamos a vernos –dijo-. La vida es larga, Miss Lunatic y da muchas vueltas.
-Ya lo creo. Dígamelo usted a mí –contestó ella sonriendo.
-Pues nada, mujer, salud. Y abríguese que se está poniendo el tiempo como para nevar.
-Es lo suyo. Estamos en diciembre.
Al salir, hacía un viento muy frío, que alborotó la larga melena blanca de miss Lunatic. Apresuró el paso hacia la calle 125. Había decidido coger allí el metro hasta Columbus Circle.
Mientras canturreaba un himno alsaciano, se puso a pensar en Edgard Woolf, el rey de las tartas.

Carmen Martín Gaite. Caperucita en Manhattan.  Ed. Siruela

Propuestas para mediadoras y para mediadores.

RECURSOS

Texto

Al leer el título del libro, a lo mejor pensabas encontrar algo así. Y no. Para situarnos bien, nos vamos a dar un paseo por donde vive  Miss Lunatic: Manhattan.
Sí, la ciudad donde, en 1885 llegaron la Estatua de la Libertad y también Miss Lunatic. Y aquí estaba el comisario O’Connor, en el distrito de Harlem. Sí, el comisario sólo quería ayudar a nuestra protagonista. Pero ¿qué preguntas y respuestas obtuvo de miss Lunatic? ¿Estaría buscando dinero, aquella mujer, que no tenía ingresos? El comisario no paraba de sorprenderse con sus palabras. Le tuvo que decir que no era una investigación lo que hablaba con ella.
Todos los pensamientos de aquella mujer eran absolutamente excepcionales. De esos que convendría poner en un cartel bien grande, que nos acompañara en nuestra vida. Pensemos en cuáles de las siguientes reflexiones sobre el texto son verdaderas y cuáles son falsas.

Juguemos ahora al Verdadero/Falso sobre lo que hemos leído

1. El comisario sabía que aquella mujer estaba muy relacionada con el hampa y eso podría interesarle.
2. Miss Lunatic le dijo al comisario que no pedía limosna
3. A Miss Lunatic no le interesaba el dinero
4. Ella dijo que en el dinero, son mejores las monedas que el papel
5. Ella dijo que vivir es explicarse y llorar y reírse
6. Miss Lunatic estaba obsesionada por recorrer toda la ciudad antes que nadie
7. Le dijo al comisario que lo normal es que los policías tengan miedo y que el miedo es muy bueno
8. El comisario tuvo una sensación triste al despedirla, como si ya no volviera a verla.
9. Miss Lunatic le confesó al comisario que no se aburría. Que no tenía tiempo para hacer todo lo que quería
10. Al  comisario le encantó la charla con Miss Lunatic. Le pareció maravillosa y estaba deseando volver a verla.

(Soluciones: 1: Falso/ 2:Verdadero/ 3: Verdadero/ 4: Falso/ 5: Verdadero/ 6: Falso/ 7: Falso/ 8: Verdadero/ 9: Verdadero/ 10: Verdadero)

Palabra magica

Hoy la palabra mágica la dice Miss Lunatic. Es vivir. Hemos leído lo que es vivir para nuestra protagonista. Miss Lunatic luchaba por ello y lo iba consiguiendo. Pero hay mucha gente, en este mundo para los que vivir es algo muy complicado. No tienen nada más que lo que alguien les da. Podemos decir que ni casa, la comida es difícil, los padres ya no están y a sus pocos años tienen que luchar por vivir. Vemos sólo un ejemplo real en estas imágenes:

Intentemos, entre todas y entre todos, conseguir que con nuestro trabajo y con las posibilidades que tengamos, brille lo que dice el presentador del programa que hemos visto: esperanza y buenas nuevas. Porque ellos, esos niños que luchan por vivir, tratan de ir hacia delante. Qué lejos queda, como dice Miss Lunatic, lo que tanto preocupa ahora: ¡ganar dinero!

He conocido a mucha gente a lo largo de mi vida, comisario, y créame, en nombre de ganar dinero para vivir, se lo toman tan en serio que se olvidan de vivir. Para mí  la única fortuna, ya le digo, es la de saber vivir, la de ser libre. Y el dinero no libera, querido comisario”.

Cuentame

Creemos que leer este libro de Caperucita en Manhattan nos ha dado la suerte de conocer a Miss Lunatic. Algo parecido a lo que le sucedió al comisario O’Connor, quien le confesó que él tenía miedo.  Entre las recomendaciones que le hace nuestra protagonista al inspector, a pesar del “poco” tiempo que tenía, le dice que lea El caballero inexistente. Como no llevaba el elixir que era bastante bueno contra el miedo, le da una forma muy importante de espantarlo, si el paciente  está dispuesto a una cosa: pensar. Algo tan fácil como decir: “A mí esto que me asusta ni me va ni me viene”.

¿Has pasado miedo alguna vez? ¿Cuál fue el momento más terrible? ¿Cuándo sucedió? A lo mejor, hasta te gustan los libros y las películas de miedo. Por si es así, estos te gustarán. Haz como el comisario O’Connor y a ver si lo notas en la boca del estómago. Lo que no podemos darte son los frasquitos de Miss Lunatic. Suerte, agárrate  y disfruta.

El abrazo de la muerte de Concepción López Narváez, María Salmerón López. Editorial Anaya.
Krabat y el molino del diablo de Otfried Preussler. Editorial Noguer.

Autor

Carmen Martín Gaite.

Nació el 8 de diciembre de 1925 en Salamanca (España) y murió el 23 de julio de 2000 en Madrid (España).
Se licenció en Filosofía y Letras en la Universidad de Salamanca. En 1950 se trasladó a Madrid.  Recibió, entre otros, el Premio Nadal y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras.
La afición por la escritura fue temprana desde los 8 años escribía cuentos. Fue crítica literaria además de traductora y guionista para la televión.
Nuestro observatorio

Más datos sobre Carmen Martín Gaite en la página de la Universidad Complutense de Madrid y transcripción de una entrevista homenaje realizada en la emisora de radio COPE.

Potilla y el ladrón de gorros. Cornelia Funke. Editorial Siruela

12 Sep

potilla

Arthur entró en su habitación dando traspiés, encendió la luz y colocó una silla debajo del picaporte. En realidad era el cuarto de costura de su tía Elsbeth, pero, cuando venía de visita, siempre dormía allí. Al lado de la ventana había un maniquí y por todas las paredes colgaban fotos de sus primos: B&B con raquetas de tenis, con cucuruchos de golosinas en su primer día de clase o con un tren eléctrico. La verdad es que todo aquello le resultaba inaguantable, pero, con todo y con eso, era preferible a compartir la habitación con los mellizos.
Mojado como estaba, Arthur se sentó en la cama y sacó el calcetín, que rebullía (1), de debajo del jersey. La criatura empujaba y se revolvía con tal fiereza que a Arthur le costaba sujetarla. Pero cuando la dejó caer sobre la colcha, se quedó quieta de repente.
Como un muerto.
Durante un tiempo interminable.
Sin perder de vista el calcetín, Arthur se despojó se sus ropas empapadas y se puso un chándal. Acto seguido volvió a sentarse en la cama y aguardó (2).
De pronto, una bota roja asomó –despacio, muy despacio- por el calcetín. Luego, otra. Y de repente surgió aquel cuerpo diminuto.
Arthur ase apartó amedrentado (3).
La muñeca se arrodilló en la cama. Levantó las manos de dedos delgados, se retiró el pelo de la cara… y Arthur la miró a los ojos.
Eran rasgados y verdes. Verde oscuro.
Desde el piso de abajo llegaron a sus oídos los berridos de los mellizos.
Los ojos verdes lo miraban de hito en hito (4). Arthur deseaba apartar la vista. Pero no podía.
-¿Quién sois? –preguntó de improviso la pequeña figura; su voz era grave y un poco ronca-. ¿Sois un humano?
Arthur era incapaz de articular palabra.
La figura se irguió (5), cruzándose de brazos.
-¡Ajá! –exclamó mientras su piececito se balanceaba arriba y abajo con gesto de impaciencia-. Es evidente que no sois muy listo. Bueno, mi nombre es Potilla. ¿Cuál es el vuestro?
-Arthur –balbuceó (6) su libertador.
-Arthur -Potilla enarcó las cejas y examinó al chico de la cabeza a los pies-. Un gran nombre para un humano tan pequeño. Sea. ¿Me habéis liberado vos de este calcetín humano?
Arthur asintió.
-Estaba atado con un zarcillo (7) de verónica, ¿verdad?
-¿Con qué?
Potilla levantó la nariz, irritada.
-¿No retirasteis un zarcillo de hojas redondas para liberarme?
-Sí, sí –contestó Arthur de inmediato.
-Hmm… -el hada adoptó una expresión sombría-. ¿Cómo es que ese monstruo sabe tanto de hadas? –murmuró.
Arthur seguía contemplándola boquiabierto.
-Así pues, estoy en deuda con vos, maese Arthur –carraspeó desconcertada-. Sin vuestra ayuda, me habría pasado toda la eternidad en esa prisión apestosa.
-No tiene importancia –repuso Arthur con las orejas rojas como la grana.
-Veamos –Potilla, tras una inclinación de cabeza, escudriñó (8) a su alrededor con expresión de disgusto-. Un lugar humano –constató frunciendo el ceño-. ¿Cómo es que me habéis traído aquí?
-Creía que eras una muñeca –le explicó el chico.
El hada le lanzó una mirada devastadora y se irguió (9) cuan alta era, aunque seguía teniendo el tamaño de una botella de refresco.
-¡Es evidente que no estáis en vuestros cabales! –dijo en voz baja pero amenazadora-. Soy una reina. ¿Es que no tenéis ojos en vuestra cabeza hueca? Aquí –se llevó la mano al pelo y, colorada como un tomate, se tanteó con premura la cabeza y resopló-. ¿Dónde está? –su voz se volvió estridente por la ira-. ¿Qué habéis hecho con ella?
De repente, su vestido irisado se tornó negro como la pez. Alzó las manos trémulas. Arthur temió que lo convirtiera en rana en el acto.
-¿Qué? ¿Cómo? –balbució horrorizado-. Pero ¿de qué me hablas?
-¡Dejaos ya de haceros el tonto, maese Arthur! –el hada cerró sus puños diminutos-.¿Dónde está mi gorro rojo?
-¿Gorro? ¿Qué gorro?
Durante un segundo interminable, Potilla lo miró apretando los labios. Acto seguido dio media vuelta, corrió hacia el calcetín y se metió dentro hasta que sólo asomaron sus pies.
Cuando salió de nuevo, se dejó caer de rodillas sollozando y se cubrió el rostro con las manos. Perlas plateadas botaron entre sus dedos y cayeron sobre la colcha.
Arthur se sentía fatal. Con mucho cuidado, le acarició el pelo con un dedo.
-¿Qué tenía tu gorro de particular? –preguntó preocupado.
-Sin él nunca podré regresar a mi colina –sollozó Potilla-. ¡Está cerrada a cal y canto! ¡Para siempre jamás!
-¡Madre mía –murmuró Arthur, que no entendía una palabra.
-¿De verdad eres una auténtica reina? –quiso saber el chico-. ¿No eres una muñeca? No sé, eléctrica o algo por el estilo…
El hada apartó las manos de su rostro y miró enfurecida al muchacho.
-Y vos ¿estáis seguro de que no sois una oveja? ¡Soy un hada, como podéis comprobar sin dificultad!
-¿Un hada? –Arthur la miró incrédulo-. Pues yo pensaba que las hadas tenían un aspecto completamente distinto.
-¡Vaya! ¿Y cual?
-Bueno, pues con alas. Creía que las hadas tenían alas. Como las mariposas o las libélulas.
-Como las mariposas. Vaya, vaya…
-Sí. Y además las hadas son invisibles.
-¡Invisibles! –Potilla se levantó de un salto y pateó el suelo con sus piececitos, aunque sobre la blanda colcha de la cama su gesto no causó demasiada impresión.
-¡La verdad es que sois tonto de remate! ¡Más que tonto, tontísimo! Sin embargo, he de reconocer que a veces somos invisibles, en efecto. Pero eso es sumamente esforzado, ¿comprendéis? ¡Qué va, vos no comprendéis nada! ¡Nada en absoluto! ¿Por qué tuvisteis que librarme precisamente vos? No me refiero sólo a que seáis pequeño y flaco como un ratón de campo, qué va. Es que además sois tonto como una perdiz. De vos no cabe esperar ayuda alguna. No.
Y volvió a estallar en sollozos.
En ese momento llamaron a la puerta.
Arthur tapó la boca al hada a toda prisa.
-¿Arthur? –era tía Elsbeth.
-¿Sí? ¿Qué pasa? ¡Aaay! –unos dientecitos agudos mordían su dedo, pero Arthur no la soltó.
-¿Te ocurre algo? –quiso saber tía Elsbeth.
-No, no, todo va bien.
-Bueno, entonces baja, por favor. Vamos a cenar. Ha llegado tu tío.
“Lo que me faltaba”, pensó el muchacho.
-Enseguida voy –gritó mientras oía a su tía bajar la escalera.
Inmediatamente soltó al hada y observó con más atención su dedo, que sangraba.
-¿Quién era esa? –preguntó Potilla impasible.
-Mi tía.
-Ajé. ¿Hay más humanos en esta mansión? –Iba y venía por la colcha con paso firme.
-Sí, mis dos primos y mi tío –respondió Arthur confundido-. Pero ¿qué haces?
-Reflexionar, maese Arthur –repuso el hada con desdén. Vos también deberíais intentarlo alguna vez.
Su vestido seguía siendo negro como la noche. Al fin se detuvo y lanzó al chico una mirada sombría.
-He tomado una decisión –anunció-. Preciso tiempo para reflexionar sobre mi desdichada situación. En consecuencia, os ruego que me concedáis asilo hasta la próxima luna llena. Es vergonzoso para una reina de las hadas pedir ayuda a un humano, pero… -se miró los pies, turbada, y prosiguió en voz baja-: Todavía no me atrevo a regresar al bosque. ¿Estáis dispuesto a satisfacer mi demanda (10)?
-Sí, por supuesto- contestó Arthur estupefacto-
-Bien –Potilla le hizo una reverencia-. Os doy de nuevo las gracias.
-Aunque lo mejor será que permanezcas aquí arriba, en la habitación –añadió el chico.
-¿Y eso por qué? Paparruchas.
El hada se subió el vestido y se descolgó por la colcha de la cama hasta el suelo. Las perlas de plata de sus lágrimas rodaron por la moqueta. Luego se encaminó hacia la puerta con paso decidido.
-¡Vamos, aceptaremos la invitación de vuestra tía!
-¡Pero tú no puedes salir de aquí tan campante! Exclamó Arthur estupefacto-
-¿De veras? ¿Y por qué no? –Potilla chasqueó dos veces los dedos y el picaporte de la puerta se onclinó como impulsado por una mano invisible.
-¡No hagas eso! –gritó Arthur alejando al hada de la puerta-. ¡Te lo ruego!
Potilla se cruzó de brazos. El picaporte volvió a proyectarse hacia arriba.
-De acuerdo –replicó arrogante-. Escucho. ¿Hay ahí abajo algún dragón que eche fuego por la boca? ¿Un fanfarrón devorador de hadas? ¿Cuál es si no la causa de vuestro comportamiento, a todas luces ridículo?
-Mis primos –contestó Arthur-. A juzgar por lo que los conozco, te venderían en el acto al zoo más cercano a cambio de unos cuantos videojuegos. Y es muy probable que mi tío te entregara a cualquier institución científica.
-No acierto a seguir del todo el curso de vuestras palabras, pero lo cierto es que parece peligroso –admitió Potilla frunciendo el ceño.
Arthur observó, aliviado, que se alejaba de la puerta.
-¿Qué tal si te haces invisible? Sólo durante una hora más o menos.
El hada negó con la cabeza.
-Ya os he dicho que eso me costaría toda mi fuerza. Las hadas nos tornamos invisibles a lo sumo durante un instante… Hasta que ha pasado algún idiota, como vos por ejemplo.
-Hmm… -gruñó Arthur-. Entonces se me ocurre otra idea. Actuaremos como si fueras una muñeca.
-¿Os referís a uno de esos objetos sin vida y de sonrisa estúpida?
-Exacto. Tú limítate a mantenerte muy tiesa, yo te sentaré encima de mi brazo y podrás contemplar todo con absoluta tranquilidad. Y si después sigues deseando corretear por aquí tal como eres, allá tú. Pero hasta entonces, fingirás ser mi muñeca. ¿De acuerdo?
Potilla lo miró meditabunda. Después asintió.
-Que así sea, maese Arthur. Ofrecedme vuestro brazo. No parecéis tan estúpido como creía.
Y de golpe se quedó sentada hierática (11), como si el hada Potilla hubiera sido producto de su imaginación.

Vocabulario: (1) Rebullía: se movía. (2) Aguardó: esperó. (3) Amedrentado: atemorizado. (4) De hito en hito: con la vista fija, sin distraerse. (5) Se irguió: se levantó. (6) Balbuceó: habló con dificultad. (7) Zarcillo: arete, aro. (8) Escudriñó: examinó. (9) Se irguió: se levantó. (10) Demanda: petición. (11) Hierática: muy quieta, seria

Cornelia Funke. Potilla y el ladrón de gorros.  Ed. Siruela

Propuestas para mediadoras y para mediadores.

RECURSOS

Texto

 Hay cosas difíciles de imaginar. Casi increíbles. Seguro que has ido alguna vez a casa de una abuela, de un tío, de unos primos o de una amiga que vive muy cerca de tu casa. O de un amigo. Eso es más que posible. Hasta ahí, normal. Es algo que sucede muy a menudo.

Pero todo se le empieza a complicar a Arthur. El calcetín que llevaba debajo del jersey, empezó a rebullir, sí, a moverse, como si estuviera vivo. ¿Qué estaba pasando ahí? Sólo tienes que hacer una cosa, al leer este texto de Cornelia Funke: imaginar que te sucede a ti. La situación de que un calcetín que llevabas empieza a moverse, te deja escalofriado. ¿Qué pasa? ¿Qué llevo dentro? ¿Será un bicho horrible? ¿Será que hay una mano invisible, que me está recorriendo por dentro sin yo saberlo? En la literatura, puede pasar de todo. Pero ¿y en la realidad? Aquí tienes unos libros donde hay misterio, fantasía, fantasmas y otras cosas que quizá te gusten. Este es de la autora del texto que has leído. Se llama El caballero fantasma y también lo ha publicado la editorial Siruela.

Y es que a Arthur le pasó de todo. Esperemos que en tus imaginaciones no entre nadie que te dé un mordisco como el que le dio Potilla. Sí con sus “dientecitos”, sólo que agudos. ¡Y sangraba! Pero quedaba lo peor. Potilla quería bajar a ver a tía Elsbeth y eso no podía ser. A Arthur le hubieran dado los siete males. ¡No le faltaba más que eso! La proposición de que se hiciera invisible, no estaba mal pensada, pero no pudo ser. Potilla ni se hacía invisible, ni quería actuar como si fuese una muñeca ni nada. Pero al fin, después de muchas palabras, Potilla admitió ser la muñeca de Arthur y se quedó sentada y muy quieta. A lo mejor, Arthur se imaginaba a las hadas como éstas.

Bastante lejos estas hadas de Potilla. ¿Verdad?

Palabra magica

Hoy la palabra mágica es imaginación. A pesar de ver a Potilla, de hablar con ella, de observarla sentada, de decirle que su tío podría entregarla a una institución científica, si bajaba con él, o sus primos llevarla al zoo, para cambiarla por unos videojuegos, Arthur pensaba, al verla sentada quieta, que Potilla podía haber sido producto de su imaginación.

Con la imaginación podemos pensar, representar cosas reales o fantásticas, las podemos escribir, leer, dibujar, fotografiar… Y tantas cosas. Aquí tienes un ejemplo de ilustración

Cuentame

Pues ahora te toca a ti disfrutar con tu imaginación. ¿Recuerdas qué imaginaste la última vez? ¿Quién eras? ¿En qué pensaste? ¿Por qué crees que se te ocurrió eso que imaginaste? ¿Piensas que se relacionaba con alguna cosa que te llamó mucho la atención? ¿Soñaste mientras dormías, antes o después, algo relacionado con lo que imaginaste? ¿Jugabas a algo? ¿Fue algo bueno, agradable, divertido o fue muy tenebroso? ¿Era real o era solamente una idea?

Si te gustan los libros de imaginación, aquí te proponemos unos cuantos. Seguro que en la biblioteca los puedes encontrar. A propósito: ¿cuándo fuiste por última vez? ¿Qué buscabas? ¿Con quién estuviste? A ver si recuerdas cómo se llamaba la bibliotecaria o el bibliotecario.

En este libro, conocerás a Héctor y Bijou, que continúan atrapados en el mundo fantástico del Agujero. Un mundo imaginario, gobernado por un despiadado rey se encuentran atrapados dos niños, Héctor y su compañera de curso Bijou. El libro se llama La princesa y el traidor. Es de Andreu Martín y Jaume Ribera y está editado por Anaya.

O este otro, de Roberto Pavanello, en editorial Montena, Bat Pat. El secreto del alquimista.

Autor

Cornelia Funke

Nació el 10 de diciembre de 1958 en Dorsten, una pequeña ciudad de Westfalia (Alemania).
Desde el año 2005 vive en Los Ángeles (USA) en una casa blanca de madera con sus dos hijos y una perra.
Le gusta mucho leer, ir al cine, dibujar y dar largos paseos con su familia y su perra. De pequeña le gustó leer a Tom Sawyer, los hermanos Corazón de León, Narnia…De pequeña quería ser astronauta, también piloto de aviones e incluso quiso irse con los indios.
Los nombres de los personajes de sus libros se le ocurren consultando las guías de teléfonos, diccionarios de nombres y en otros casos se los inventa. Su ordenador tiene también nombre, el actual que es de 2011 se llama Jack

Nuestro observatorio

Más datos sobre Cornelia Funke en su página web y en la entrevista realizada por Canal Lector

BIbliografía 

Ofrecemos, a continuación, una selección de libros de la autora  tomada de  Canal Lector

El rastro de “El Caracol”. Wolfgang Ecke. Ed. Espasa-Calpe

16 May

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En el gremio (1) de ladrones de la gran ciudad había uno que tenía un mote especial: le llamaban El Caracol.  Y no porque fuera lento de ideas o movimientos, sino única y exclusivamente, porque tenía por costumbre ponerse a comer con toda tranquilidad en las viviendas en las que entraba a robar.
En unos casos lo que encontraba y en otros su propia cena, que siempre llevaba consigo.
Yo ya me había encontrado con El Caracol en este o aquel restaurante porque los dos compartíamos una misma pasión: la buena comida.
En esta ocasión lo encontré en La Sartén, en el momento en que se disponía a hacerle los honores a una brocheta de solomillo.
Me quedé tan sorprendido como una gallina que de pronto hubiera puesto un huevo rectangular. En toda la ciudad no se hablaba más que del robo en la villa Shöffler de la noche anterior. El ladrón no se había limitado a llevarse varios valiosos lienzos tras cortarlos para separarlos de sus respectivos arcos, sino que se había servido a gusto en la cocina.
La policía había deducido de los restos que quedaron sobre la mesa que el asaltante había estado comiendo un mínimo de dos horas.
Nadie lo había puesto en duda, era la huella de El Caracol.
El inspector Schulz me había informado hacía una hora y cuarto de una última novedad: el doctor Schöffler acababa de darse cuenta de que el ladrón se había llevado también una valiosa figura de oro y piedras preciosas.
Ferdinand Huf, nombre civil de El Caracol, se llevó una alegría cuando me senté a su mesa.
-¡Le recomiendo la brocheta de solomillo! –me dijo.
-¡Hubiese jurado que estaría usted recluido(2)!
-¿Lo dice por lo de anoche?
Asentí y él sonrió.
-Así es, estuve recluido… temporalmente. Pero mi coartada es perfecta.
-¡Qué suerte para usted! –exclamé, y pedí pechuga de pavo rellena con ocho guarniciones (3) diferentes.
-Estuve en el hospital con mi anciana madre. La enfermera de servicio puede testificarlo.
-¿Toda la noche?
-Hasta las tres de la mañana. Mamá lo quiso así porque no podía dormir.
-¡Voto al chápiro! Y la policía se lo ha creído…
El Caracol mordió un trozo de carne de la brocheta.
-No tuvieron más remedio. Además, han puesto mi casa patas arriba. Nada de cuadros, nada de figuras de oro…
Asentí.
-Así que alguien se ha hecho pasar por El Caracol. ¿No es eso?
-Eso es.
La brocheta de solomillo le estaba sabiendo a gloria.
Le invité a un café solo.
Y esa misma noche tuve un sueño muy divertido.
Al despertarme llamé al inspector Schulz, quien me contestó con un enorme bostezo.
-Oiga usted, cansado empleado público, acabo de soñar que, a pesar de los pesares, el ladrón es el Caracol. Vuelva usted a comprobar su coartada, ¡pero con lupa!
-¿Cómo se le ocurre a usted tal cosa? –preguntó Schulz repentinamente espabilado.
-Ayer por la noche, en La Sartén, me contó por descuido más de lo que debería haber contado. Fíjese…
Pregunta: ¿A qué descuido se refería Balduino Piff?

(Solución: El Caracol mencionó la figura de oro en su conversación con Balduino Piff, pero el robo de la misma acababa de ser denunciado por el doctor Shöffler. ¿Quién entonces podía saber que la figura había sido robada… sino el ladrón?)

1 gremio: conjunto de personas que tienen el mismo oficio.  2 recluir: encerrar a alguien en la cárcel. 3 guarnición: verduras u otros alimentos que se sirven para acompañar a la carne o al pescado.

Wolfgang Ecke.  El rastro de “El Caracol” y otras historias policiacas. Ed. Espasa-Calpe.

Propuestas para mediadoras y para mediadores.

RECURSOS

Texto

Ha llegado el misterio, la intriga, la duda, el ¿quién será?, ¿cómo descubrir?… Es el momento perfecto de investigar, de buscar, de relacionar, de explorar, de examinar, de averiguar, de atar cabos sueltos… Si te gustan esas palabras, tú puedes ser detective profesional. Está claro que conoces bien un género de la literatura universal: la novela policíaca.

Parece evidente que has leído libros o páginas en internet o has visto alguna película sobre investigadores famosos. Hay uno que sobresale: el inspector Sherlock Holmes. Con su inseparable colaborador, el doctor Watson. Hoy te vas a aproximar, en esta lectura, al inspector Shulz otro sagaz investigador y a Balduino Piff, un hombre muy, muy observador, que lo ayudaba. Alguien que, gracias a su instinto, consiguió la clave para resolver este difícil enigma. Pensad que, detrás de todo ello estaba un ladrón como ninguno: El Caracol.

Hay muchas ocasiones donde también la suerte es muy importante para quienes investigan. En este asunto, no se trata de la desaparición de alguien, como sucede, por ejemplo, en el libro El joven Sherlock Holmes, con El caso de la joven desaparecida, de Shane Peacock, en editorial Almadraba.

Aquí el ladrón se había llevado una valiosa figura de oro y piedras preciosas. La cuestión era: ¿dónde estaría esa preciada figura? Y ahí aparece la suerte: Curiosamente, El Caracol y Balduino Piff coincidían en algo: el gusto por la comida.

Y fue en un restaurante, donde coincidieron, el lugar en que El Caracol cometió su gran error. Y ese error no se le escapó a Balduino. Gracias a ello, se puso rápidamente en contacto con la policía, con su amigo el inspector Schulz y consiguieron lo que tanto buscaban.

Palabra magica

La palabra mágica hoy es coartada. Seguro que todos nos hemos inventado una coartada, como El Caracol, cuando hemos hecho algo que sabemos que no está bien, pero no queremos que nadie se entere.

Quizá convenga aportar unos sinónimos de coartada, para utilizarlos, según convenga, en determinadas frases. Otorgaremos un número de puntos, cuando se usen las palabras adecuadas. Así, esta actividad de vocabulario se convertirá en un juego para el colectivo.

El listado de palabras para utilizar es el siguiente (en negra, las palabras sinónimas, cuyo significado es igual o parecido):

Coartada      Excusa       Confesión      Susto     Alegría     Defensa

Las palabras coartada, excusa, defensa, tendrán 5, 10 y 15 puntos. El resto, serán: Confesión, 20 puntos; Susto, 11 puntos; Alegría, 6 puntos.

Las frases son:

El Caracol le dijo a Balduino Piff que tenía una coartada.
El Caracol le dijo a Balduino que iba a hacer una confesión.
El Caracol le dijo a Balduino que le dio un susto terrible.
El Caracol le dijo a Balduino que le dio mucha alegría robar allí.
El Caracol le dijo a Balduino que tenía buena defensa.
El Caracol le dijo a Balduino que tenía una buena excusa

Si el resultado es 30 puntos, se dará la enhorabuena. Si no fuera así, tendremos que utilizar el diccionario y comprobar las distintas definiciones.

Cuentame

Siempre recordamos a los grandes detectives, esos que han conseguido descubrir casos muy complicados. Pero ¿y de los malhechores, de los bandidos, de los ladrones, de los delincuentes?
El Caracol quería ser tan famoso como Schulz o Balduino Pif.
Vamos a darle esa oportunidad recordando, de alguna película o de algún libro o de alguna página de internet, el nombre de un famoso o famosa delincuente, para que El Caracol se sienta tranquilo y no haga más fechorías. Pueden ser ladrones reales o imaginarios, como Fantomas, Robin Hood o los cuarenta ladrones, con Alí Babá.
Y también puedes inventar tú uno: el que robó la pizarra electrónica que había en clase. ¿Cómo lo conseguiría, con lo grande que es? ¿Cómo sería posible que la sacara del centro, sin que nadie se diera cuenta? ¿Dónde podría haberla vendido? ¿Cuánto dinero pagarían por una pizarra electrónica tan fantástica? Seguro que no era ninguna compañera ni compañero. Pero ¿cómo lo consiguió? ¿Sería un pariente o amigo de El Caracol?

Autor

Wolfgang Ecke

Nació el 24 de noviembre de 1927 en Radebeul (Alemania). Murió el 24 de octubre de 1983 en Ausburg (Alemania) en un accidente de coche cuando intentó evitar chocar con una vaca que se cruzaba en la carretera.
Comenzó a estudiar Música y Teatro en la Universidad de Dresde pero no acabó sus estudios.
Fue un colaborador habitual de la radio donde elaboraba guiones diversos que le servirían después para sus publicaciones.
Escribió numerosos libros para niños y jóvenes del género policíaco y también obras de teatro.
Su nombre es sinónimo de lectura de intriga, aventura policiaca y de emoción.

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