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Horacio. Gloria Cecilia Díaz. Editorial Anaya (Recomendado: 9-11 años)

5 Nov

oyenmeconlosojos

Al cabo de un rato, ya limpio y abrigado, se sentó junto a su madre en una silla de la cocina. Ella le dio una taza de leche caliente con azúcar y canela.
-Mamá… ¿alguna vez te dio miedo mi sordera? –le preguntó Horacio con sus manos.
-No, hijo. Al principio, tristeza, mucha tristeza. A lo mejor la tristeza también es miedo… -le contestó ella también con las manos.
-¿Y ahora?
-¿Ahora? ¿Por qué habría de estar triste ahora si vas por la vida como cualquier niño? Digamos que en algunas cosas les llevas ventaja a algunos niños, porque ves cosas que ellos no ven. ¿Sabes? Siempre que a uno le falta algo, tiene que luchar más para alcanzar lo que quiere. En el pueblo donde viví cuando era niña había una mujer que lavaba la ropa de la gente rica, de eso vivía. Era muy pobre; recuerdo que iba descalza. Aquella mujer tuvo dos hijos; el menor nació sin brazos. Los crió sola a los dos, porque su marido se fue un día sin despedirse siquiera.
-¿Le…da…ba…mie…do…del…ni…ño…sin…bra…zos? –preguntó Horacio.
-Tal vez, hijo; no lo había pensado. Los niños crecieron. El mayor empezó a ir a la escuela y, cuando el pequeño debía empezar sus estudios, la pobre madre se presentó con él ante el director, pero este no quiso admitirlo.
Horacio miró a su madre espantado.
-¿Sabes qué hizo el niño, Horacio? Se quitó los zapatos, tomó con la boca una hoja de papel y un lápiz del escritorio del director, los tiró al suelo y, mientras con un pie tenía la hoja, con el otro escribía su nombre y apellidos con una letra clara y uniforme.
El director se puso rojo como un tomate, y su secretaria y la profesora de ciencias naturales, que estaban allí presentes, lo miraron como diciéndole: “Debería darle vergüenza, señor director”.
-¿Lo…ad…mi…tió…en…ton…ces?
-No tuvo más remedio. La madre contó lo sucedido a medio pueblo. Ya puedes imaginar cómo se sentía de orgullosa. El niño sin brazos aprendió rapidísimo a leer y a escribir. Pero había algo que aún hacía mejor: dibujar. Había comenzado desde muy pequeño. La lavandera contó que una vez, al volver ella y su hijo mayor de lavar la ropa en el río, se encontró las paredes de la casa, que habían pintado recientemente con cal, llena de dibujos al carbón. Había caballos galopando por el cielo, una flor gigantesca en cuyo centro había un pueblo y un árbol que hacía del sol. Se puso furiosa y llamó a gritos a su hijo pequeño. Ella lo había visto utilizar trozos de carbón de la cocina para dibujar en el suelo todo lo que se le ocurría.
Sin embargo, le parecía increíble que los dibujos tan hermosos que había en las paredes los hubiera hecho él. A la vez, estaba furiosa al ver que las paredes blancas de su casa, de las que se sentía tan orgullosa, ya no eran blancas. El niño llegó del patio, la lavandera miró los pies y vio que estaban negros de carbón.
-Mamá, las paredes eran como una inmensa hoja de papel…-le dijo el niño.
La madre no supo qué decir y se echó a llorar.
-¿Lloraba por lo de las paredes? –preguntó Horacio con sus manos.
-No, hijo, lloraba de emoción. Ella, que no sabía ni leer ni escribir, sabía que esos dibujos que su hijo había hecho eran el comienzo de algo. Sólo los caballos de verdad eran tan hermosos como los que su hijo había pintado. Y la flor, ¿no era el mundo como una flor que albergaba los pueblos? Y el sol, ¿no era acaso la fuente de vida de la que nacían los árboles?
-Qué…pa…só…des…pués? –preguntó Horacio.
-El niño creció y siguió pintando. Muchos años después, mi madre me contó que había ido a estudiar a la universidad. Más tarde, los perdimos de vista.
-Para ese niño los pies eran también sus brazos… -dijo Horacio con sus manos-. Como mis ojos son mis oídos, y mis manos, mi voz…
-Así es, hijo.
-Pero… ¿sabes, mamá? A veces me da rabia ser sordo. Me da rabia no oír tu voz ni la de papá, ni la de Claudio, ni la de Banu, ni los maullidos de Raimundo, ni los gritos de la gente en el estadio cuando voy a ver los partidos de fútbol…
-Mi voz, la de tu padre y la de tus hermanos están aquí –dijo la madre señalando el corazón de Horacio.

Gloria Cecilia Díaz. Óyeme con los ojos. Editorial Anaya

RECURSOS
Propuestas para mediadoras y para mediadores
Texto

Horacio es sordo. Por eso, el libro de donde está sacado este texto se llama: Óyeme con los ojos. Las personas que no pueden oír necesitan comunicarse. Por eso existe una lengua especial, una lengua de signos, que deben conocer quienes hablen con ellos o ellas. Las personas con sordera.

Aquí tienes, en la dirección que te damos, cómo es la lengua de signos que emplean los sordos y también los sordomudos. Hay muchas personas que tienen esas dos carencias o ausencias. No pueden oír y tampoco hablar.

Gracias a esos signos, que se pueden aprender, llegan a tener la posibilidad de comunicarse con otras personas. Son estos signos (aparecen más en la página, por si quieres conocerlos o incluso aprenderlos).

Palabra magica
Hoy la palabra mágica es la palabra voz. Esa maravilla de la naturaleza que tenemos para hablar, cantar, sentir, ayudar, reír, comprender y todas esas cosas que puedes añadir, hasta hacer un fabuloso diccionario. Protege tu voz. Cuídala. Es un don que nos hace ser tan felices como esos niños que has visto. Suponemos que puede que te suceda lo mismo que a nosotros, cuando vemos la risa de esos niños que oyen, por primera vez, a su madre o a su padre.

Son lágrimas de alegría, porque se ha producido la magia de la voz.

Cuentame

¿Conoces a alguien que, como Horacio, tenga alguna discapacidad? ¿Crees que la sociedad, el mundo que nos rodea, valora y considera a esas personas con discapacidad? ¿Crees que podríamos hacer más cosas por ellas o por ellos? Seguro que te has fijado en algo que te llamó la atención. Piensa un rato y dinos cómo podríamos considerar mejor a las personas ciegas, sordas, mudas o con alguna de las muchas discapacidades que el ser humano puede tener. En la página que te mostramos a continuación, nos hablan de la importancia que tiene la información a la sociedad. Conocer la realidad es algo imprescindible. Puede ayudar a los enfermos y, por supuesto, a nosotras o a nosotros, también.

Has visto a personas discapacitadas y a las que viven con ellas o con ellos. ¿Crees que podríamos trabajar, para que la sociedad admita y colabore con esas personas?

Esperamos, con muchas ganas, las posibles respuestas. Tu colaboración también es muy importante.
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Gloria Cecilia Díaz
Nació el 21 de septiembre de 1951 en Carlacá (Colombia).
Estudió Lenguas Modernas en la Universidad del Quindío, Armeni (Colombia) y se doctoró en Letras por la Universidad de la Sorbona (Francia). Fue Profesora de Literatura en su país hasta 1982. Ha trabajado como redactora en editoriales,  ha sido corresponsal, traductora y correctora de textos para la Unesco. Es autora de textos de Lengua Española para enseñanza primaria y secundaria, y su obra literaria comprende novela, cuento y poesía. Ha recibido numerosos premios.

Nuestro observatorio
Más datos biográficos y curiosidades sobre la autora en Imaginaria.

Bibliografía

Ofrecemos, a continuación, una selección de libros de Gloria Cecilia Díaz tomada de Canal Lector.

Un indio ciego. Ricardo Gómez Gil. Editorial SM (Recomendado: 11-14 años)

5 Mar

ojo de nube

Un crow ciego era un obstáculo para la tribu, cuando tenía que viajar desde las montañas hacia las praderas, o al revés.                            Tampoco era útil para el poblado un ciego crow cuando la supervivencia diaria dependía de la caza, de la pesca y de la recolección. Ni cuando había que escapar de las amenazas de animales que corrían o se arrastraban por la tierra. O cuando tenían que defenderse de los ataques de otras tribus…
Por eso, entre los crow nadie censuraba al padre o al hijo que abandonaba a un ciego, si este representaba un obstáculo para la vida de la comunidad. Y la persona ciega, cuando era mayor, aceptaba con resignación volver con el Gran Espíritu, porque sabía que ya era un estorbo para la vida de los demás.
Pero la madre de Cazador Silencioso, que había vivido con su hijo durante esas dos semanas y que había sentido cómo su alma se alojaba en su pequeño cuerpo, no quería abandonar a su hijo, a pesar de las advertencias de la abuela Luz Dorada.
Al repetirle que ese niño era un problema para la familia y el resto de la tribu, Abeto Floreciente respondió con energía a su madre:
-Madre, no insistas. ¡Yo seré sus ojos!
Al regresar Arco Certero a la noche siguiente y enterarse de que su hijo era ciego y que no podría cazar con él ni en las praderas ni en las montañas, sintió una tristeza tal que no dijo una sola palabra y se encerró en su tipi.
Pero su mujer envió a sus hijas y a su hijo al cuidado de la abuela y pasó la noche con su marido, consolándole y susurrándole al oído mientras le acariciaba:
-No te preocupes, querido, porque yo seré sus ojos.
A la mañana siguiente, Abeto Floreciente comunicó a su madre, a sus hijas y al resto de las mujeres de la tribu que su hijo se quedaría con ella y que a partir de ese momento el niño se llamaría Ojo de Nube.
Pasaron las semanas y, a excepción de su ceguera, Ojo de Nube creció como un niño sano.
Cuando lloraba, lo hacía con energía. Cuando dormía, lo hacía con placidez. Y las horas en que estaba despierto, producía un ronroneo que parecía una canción: gau-gaugau-gau
Mientras Abeto Floreciente realizaba la recolección en el bosque con otras mujeres, hablaba a su hijo y le contaba cómo era el mundo que esos ojos nunca podrían contemplar:
-Hemos venido a buscar piñas maduras, de las que caen del árbol al suelo antes de que broten las nuevas. Debemos llegar antes de que lo hagan las ardillas. Las mejores son las piñas que comienzan a cuartearse y que mantienen la capa de resina. Acabarán de abrirse los próximos días al lado de nuestros fuegos y luego podremos romper la cáscara y guardar los piñones.
Por las noches, cuando su marido y sus hijas dormían, la madre se acurrucaba junto al niño y le susurraba al oído:
-Al llegar la próxima luna llena tendremos que abandonar las montañas e ir hacia las praderas porque llegará el invierno, la nieve lo cubrirá todo y los grandes animales del bosque bajarán al arroyo para buscar el alimento que les corresponde.
O le contaba alguna antigua leyenda:
-Eso que oyes es el Viento del Norte, que dentro de poco se hará más y más gordo y que vendrá cargado con sacos llenos de nieve. Hace muchos, muchos años, el Viento del Norte llevaba la nieve solo de la cima de una montaña a la cima de otra montaña, viajando con su saco cargado entre barrancos y ríos, sin dejar caer un solo copo, pero una vez se encontró con el Gran Espíritu, que le preguntó si podría darle un poco de esa nieve…
Abeto Floreciente no se separaba de su hijo en ningún momento. Lo llevaba al pecho o a la espalda, se acurrucaba en el lecho contra él para contarle los sucesos del día, o cuidaba del fuego con él en el regazo. Cierva blanca y Montaña Plateada lo comprendían, porque la madre debía ser los ojos del pequeño.
Arco Certero, cuando estaba a solas, movía la cabeza y se lamentaba pensando que su hijo sería muy infeliz. Y se entristecía pensando que nunca podría cazar con él en las montañas ni en las grandes praderas.
Ojo de Nube escuchaba a veces a su madre en silencio. También en silencio dejaba que ella posase sobre su pequeño pecho una hoja de tejo, una cinta de cuero o una pluma de pájaro, para que conociera en su piel las cosas que sus ojos no podrían ver. Pero otras veces parecía responder con maullidos que semejaban canciones: Mau-gau-maugau-gaugau
Llegó la quinta luna llena y, con ella, los primeros vientos fríos. Repletos los sacos de frutos y semillas y secadas las carnes de los animales cazados, los crow recogieron sus pieles, sus tipis y los palos que sostenían las tiendas, preparándose para el viaje.
Antes de partir, cada familia dejó en el centro de donde había plantado su tipi un puñado de frutos y semillas y una ofrenda de carne y de pescado, como agradecimiento a la Madre Tierra por haberles dejado utilizar su suelo y tomar su agua.
También agradecieron al Gran Espíritu del Bosque que les hubiera permitido recolectar frutos, recoger resinas o quemar leña.
Y dieron las gracias al Gran Espíritu porque los peces se hubieran dejado pescar y los ciervos se hubieran dejado cazar.
Por último, en una danza en la que participaron de ancianos a niños, se alegraron por haber pasado en las montañas cinco lunas más, deseando estar de regreso cuando las nieves se hubiesen retirado y los grandes animales del bosque se hubieran saciado de la comida que les correspondía.
Después de todo eso, el pequeño grupo de indios crow emprendió su viaje anual hacia las grandes praderas.

Ricardo Gómez Gil. Ojo de Nube. Editorial SM

Propuestas para mediadoras y para mediadores
Texto
Unos lectores nos presentan el libro del que hemos tomado el texto que acabas de leer.

Además, nos vamos a situar, de maravilla, viendo cosas de ese mundo en que vivía el protagonista de la historia: Ojo de nube. Estas son las casas de los indios crow.

Esta es una página informativa que ofrece desde el número de personas que caben en un tipi, el lugar donde se encuentran, el dinero que cuesta pasar una noche allí, los paisajes que puedes contemplar, las ciudades más próximas al asentamiento de los tipis, las actividades en la Naturaleza que recomiendan, la comida que puedes tomar y todo un completo servicio para visitar y vivir en un lugar mágico. Cuéntalo a tus mayores y a ver si se animan y hay dinero para conseguir ir allí. ¿Te imaginas? Bueno, por probar, no se pierde nada.

Palabra magica

Hoy la palabra mágica es tribu. Lo primero que haremos es saber qué dice el diccionario como definición de esta palabra. Así, podremos acercarnos a las diferentes tribus que vamos a conocer, gracias a internet.

Una tribu es un grupo humano, de diferente número de personas. Integran la tribu personas que tienen unas características comunes, que suelen formar pandillas, con los mismos gustos y aficiones. Vemos en la página siguiente, algunas tribus de indios norteamericanos, en el pasado siglo XX.

Y en las próximas páginas, verás que aparecen nuevas tribus. Las que ya en el siglo pasado se denominaban tribus urbanas. Son grupos de gente, casi siempre jóvenes y adolescentes, que se visten de forma parecida, viven en ciudades, normalmente muy pobladas, donde pretenden encontrar nuevas vías de expresión, porque las que ven no les parecen adecuadas.

Cuentame
Solo una pregunta antes: ¿conoces algún Ojo de nube? Es decir: ¿tienes, en tu familia, amigas o amigos, vecinos, algún niño que esté o haya estado ciego? ¿Y con alguna otra discapacidad? ¿Qué le dices a ese niño o a esa niña, a quien le falta el sentido de la vista o algún otro? ¿Sabes que en nuestro mundo actual existen organizaciones que se dedican a la ayuda de gente que tiene alguna discapacidad? Cuéntanos qué se hace en tu centro escolar, en tu barrio o pueblo, para ayudar a la gente que tiene algún problema físico o psíquico, mental. ¿Conoces estas asociaciones,  grupos de trabajo, personas, que se dedican a ayudar a la gente? Aquí tienes unas cuantas.

Si puedes y te interesa, no lo dudes. Contacta con personas que ayudan a la gente que lo necesita. Es probable que te haga falta hablar con los mayores que tienen la responsabilidad de tu vida. Habla con ellos y plantéales tus reflexiones. Hay mucha gente que nos necesita y podemos echar una mano. Mejoremos su vida, en la medida en que podamos. Que tengas y tengan suerte. Ese es nuestro deseo.
Autor
Ricardo Gómez Gil
Nace en Segovia en 1954. Estudia Matemáticas y fue profesor de esta asignatura durante más de veinte años. Su incursión en el mundo de la literatura se produce a mediados de los años noventa  del siglo pasado. Desde entonces ha cultivado distintos géneros: poesía, novela y relato corto, y ha recibido numerosos premios y menciones.
Nuestro observatorio
Se pueden consultar más datos biográficos sobre Ricardo Gómez en su página web.


Bibliografía

Ofrecemos, a continuación, una selección de libros del autor tomada de Canal Lector.