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Marcovaldo en el supermercado. (Segunda parte). Italo Calvino. Libros del Zorro Rojo (Recomendado: 16-18 años)

28 May

Marcovaldo

Marcovaldo se esforzaba en no dejar rastro, recorría un camino en zigzag por las secciones, siguiendo ora a atareadas criaditas, ora a damas emperifolladas. Y conforme una u otra alargaba la mano para tomar una calabaza amarilla y olorosa o una caja de queso en porciones, él las imitaba. Los altavoces difundían musiquillas alegres: los consumidores se movían o paraban siguiendo el ritmo, y en el momento preciso tendían el brazo, se hacían con un artículo y lo metían en su cesta, siempre al compás de la música.
El carrito de Marcovaldo estaba ahora repleto de mercancía; sus pasos lo llevaban a adentrarse en secciones menos frecuentadas; los productos de nombre cada vez menos descifrable venían en cajas con figuras que no aclaraban si se trataba de abono para lechuga o de semilla de lechuga o de lechuga propiamente dicha o de veneno para la oruga de la lechuga o de cebo para atraer a los pájaros que se comen esos gusanos o quizá de condimento para la ensalada o para los pajaritos fritos. Por si acaso, Marcovaldo se llevaba dos o tres cajas.
De esta suerte andaba entre dos altos setos de mostradores. De pronto, el pasillo se acababa y venía un largo espacio vacío y desierto con luces de neón que hacían brillar los azulejos.
Marcovaldo se encontraba allí, solo con su carro de productos, y al fondo de aquel espacio vacío estaba la salida, con la caja. Su primer impulso fue lanzarse de cabeza empujando el carrito como un tanque y escapar del supermercado con el botín antes de que la cajera pudiese dar la alarma. Pero en aquel momento por otro pasillo próximo asomó un carrito más cargado aún que el suyo, y quien lo empujaba era su mujer, Domitila. Y, por otra parte, asomaba un tercero y Filippetto que empujaba sacando fuerzas de flaqueza.
Era aquel un punto en que los pasillos de muchas secciones convergían, y de cada embocadura salía un hijo de Marcovaldo, todos empujando sus carricoches cargados como buques mercantes. Todos habían tenido la misma idea y ahora, al volverse a encontrar, advertían que habían reunido un completo muestrario de las existencias del supermercado.
-Papá, ¿entonces somos ricos? –preguntó Michelino-. ¿Habrá como para comer un año?
-¡Atrás! ¡Aprisa! ¡Alejaos de la caja! –exclamó Marcovaldo dando media vuelta y escondiéndose, él y su carga, detrás de los mostradores; y emprendió una carrera doblado en dos como bajo el fuego del enemigo, volviendo a perderse por las secciones. Un estruendo resonaba a sus espaldas, se dio la vuelta y vio a toda la familia que, empujando sus vagones como un tren, galopaba pisándole los talones.
-¡Nos va a costar una millonada!
El supermercado era espacioso e intrincado como un laberinto: había para dar vueltas horas y horas. Con todas esas provisiones, Marcovaldo y los suyos habrían tenido para pasar todo el invierno sin salir de allí. Pero los altavoces ya habían interrumpido su musiquilla y decían:
-¡Atención! ¡Dentro de un cuarto de hora cierra el supermercado! ¡Sírvanse pasar por caja!
Había llegado la hora de deshacerse de la carga: ahora o nunca. A la llamada del altavoz el tropel de clientes caía preso de una furia frenética, como si se tratase de los últimos minutos del último supermercado en el mundo entero, una furia no se sabe si de llevarse todo lo que había o de dejarlo todo, en fin, una de empujones en torno a los mostradores y Marcovaldo, con Domitila y sus hijos, aprovechaba para reponer la mercancía en los anaqueles o para deslizarla en los carritos de otras personas. Las restituciones se hacían un tanto al buen tuntún: el papel matamoscas en el mostrador del jamón, un repollo entre las tartas. No se dieron cuenta de que una señora en lugar del carrito empujaba un cochecito con un bebé: le endosaron una botella de vino.
Eso de privarse de las cosas sin haberla ni siquiera catado era un sufrimiento como para que se saltaran las lágrimas. No es de extrañar que, justo cuando dejaban un tarro de mayonesa, les viniera a la mano un racimo de plátanos y se lo quedaran; o un pollo asado en lugar de un escobón de nailon; con ese sistema sus carritos, al compás que se vaciaban, se volvían a llenar.
La familia con sus provisiones subía y bajaba por las escaleras mecánicas y en cada piso, en cualquier parte, desembocaba en pasillos obligatorios, donde una cajera centinela apuntaba con una máquina calculadora crepitante como una ametralladora contra los que hacían ademán de salir. El deambular de Marcovaldo y familia se parecía cada vez más al de animales enjaulados o al de reclusos en una luminosa prisión de muros con paneles de colores.
Arribaron a un lugar en el que los paneles de la pared estaban desmontados, donde había una escalera de mano apoyada, martillos, herramientas de carpintero y de albañil. Una empresa estaba construyendo una ampliación del supermercado. Cumplido su horario de trabajo, los obreros se habían marchado dejando las cosas de cualquier modo. Marcovaldo, provisiones al frente, se coló por el agujero de la pared. Al otro lado reinaba la oscuridad; él siguió adelante. Y la familia, con los carritos, detrás de él.
Las ruedas de los carritos rebotaban por un suelo como desempedrado, a trechos arenoso, luego por un piso de tablas mal ajustadas. Marcovaldo avanzaba balanceándose por una tabla, los otros seguían. De pronto vieron delante y detrás y arriba y abajo un montón de luces sembradas a lo lejos y alrededor el vacío.
Se hallaban en el armazón de tablones de un andamiaje, a la altura de una casa de siete pisos. La ciudad se extendía a sus pies con un centellear luminoso de ventanas y rótulos y chispazos eléctricos de los troles de los tranvías; más arriba aparecía el cielo tachonado de estrellas y de luces rojas de antenas de las emisoras de radio. El andamiaje temblaba bajo el peso de tamaña cantidad de mercancía en equilibrio. Michelino dijo:
-¡Tengo miedo!
De la oscuridad salió una sombra. Era una boca enorme, sin dientes, que se abría avanzando sobre un interminable cuello metálico: una grúa. Bajaba hacia ellos, se detenía a su altura, la quijada inferior sobre el borde del andamio. Marcovaldo inclinó el carrito, vació su mercancía en las fauces del hierro, y siguió adelante. Domitilla hizo lo mismo. Los chicos imitaron a sus padres. La grúa cerró sus fauces sobre todo aquel botín del supermercado y con un graznador movimiento de poleas echó la cabeza atrás, alejándose. Abajo se encendían y giraban los letreros luminosos de mil colores que invitaban a comprar los productos en venta en el gran supermercado.

Italo Calvino. Marcovaldo. Libros del Zorro Rojo

Propuestas para mediadoras y para mediadores.
Texto

Vamos a hablar de una palabra. La habrás oído en muchas ocasiones. Sabes, por tanto, lo que significa. Es la palabra obsoleto. Su significado es (siempre según el diccionario de la RAE): pasado de moda, antiguo, en desuso. De esa palabra tenemos obsolescente: que está volviéndose obsoleto. Es una palabra que vas a leer ahora, en la dirección que te proponemos.

Pero hay dos palabras que sobrevuelan, sobre casi todo lo que tiene que ver con la compra y la venta de productos en los comercios. Quizá mejor diremos, como en el caso de Marcovaldo y familia, en los supermercados, también llamados “grandes superficies”. Esas dos palabras-clave son: el verbo consumir y el sustantivo moda. Te proponemos un juego del español, de nuestro idioma, con la palabra moda. Quizá sepas también usos de esa palabra en inglés, francés, alemán, chino u otros idiomas. Pero hoy el juego consiste en relacionar correctamente números y letras. Frases con la palabra moda y los significados que tiene:

1 Pasar de moda.
2 Estar de moda.
3 Entrar en la moda.
4 Ponerse de moda.
5 Ir a la moda.

A Vestirse según las tendencias que gustan a un público determinado y mayoritario.
B Considerar algo antiguo y obsoleto.
C Realizar algo que gusta, puntualmente, a un público variado y abundante.
D Observar una tendencia que gusta mayoritariamente y adoptarla.
E Fenómeno, situación, actitud, modelo que antes no era común y del gusto de la mayoría y, sin embargo, pasa a serlo, por determinadas circunstancias. “Se ha puesto de moda el chicle de sandía”.

(La solución es:  1-b;  2-d; 3-c; 4-e;  5-d)

Palabra magica
Hoy la palabra mágica es venta. En un mundo como el actual, abarrotado de productos que se venden, hay una palabra fundamental, que ayuda a vender un producto. Y esa palabra es publicidad. Se habla ahora, por la importancia que tiene, del poder de la publicidad. Visita la página siguiente, donde encontrarás informaciones muy interesantes sobre el fenómeno de la publicidad

Ya has visto lo que se utiliza, frecuentemente, como técnica publicitaria: la PLV. Son las siglas de: Publicidad en el Lugar de Venta. Ahí podemos encontrar desde el stand propiamente dicho, expositores, carteles, pantallas digitales y toda clase de elementos que permitan mejorar la venta del producto, que hagan buena publicidad.

Lo más difícil, hoy en día, es superar a la competencia. Es decir: ganar en la rivalidad entre dos o más empresas que ofrecen el mismo o muy parecido producto para vender.
Cuentame

Pues hoy te toca a ti vendernos tu producto. Es una decisión enormemente personal. Tienes que pensar, primero, qué producto es el que vas a publicitar y por qué te interesa venderlo. Como pasos que puedes seguir, te recomendamos:

1º Haz primero un análisis de los métodos de publicidad que usan los productos que te interesan.
2º ¿A quién vas a dirigir tu producto? Elige, primero, la franja de edad a quien va dirigido: ¿es un producto para niños y niñas, jóvenes, adultos?
3º ¿En qué lugar crees que se podría publicitar tu producto, para obtener un importante resultado en las ventas? Numera de la a) a la g), según tu criterio, el medio que elegirías:

  1. En la televisión, en el horario estrella.
  2. En internet.
  3. En la prensa diaria.
  4. En el cine, antes de una película.
  5. En la PLV de un gran almacén.
  6. En los buzones de las casas importantes de tu ciudad.
  7. En las tiendas de las ciudades, donde se comercialice tu producto.

Bien. Ya sabemos una serie de técnicas que usan los fabricantes de distintos productos y, otras, las de los vendedores. Hemos ido también a los lugares que se consideran más idóneos, para vender los productos. Hasta hemos analizado cuándo promocionarlos y dónde hacerlo. Toda una serie de cosas que hay que hacer para vender mejor. Y ahora, nos vamos al otro lado del “río” de las ventas, a la otra orilla.

Entramos en el mundo de las compradoras y de los compradores de productos. Ese lugar al que vamos habitualmente, casi sin pensarlo. Y nos hacemos, por ello, una serie de frases, para saber si somos lo suficientemente libres en nuestras decisiones o, por el contrario, estamos presos de quienes venden y de sus fórmulas de venta. Es decir, esclavos del consumismo feroz. Son frases, las que ahora vas a ver, con las que tienes que estar de acuerdo, o no; pero tu sola o tu solo. Suma los números de las frases con las que estás de acuerdo. Es lo que tú haces. Al final, sabrás el grado de libertad que tienes o el grado de consumista que eres.

1. Cuando salgo de casa, voy a pasar un rato con alguien, porque tenemos tiempo para charlar. Y mi vicio es ir a un concierto. Si es de los Rolling Stones y tengo dinero, mejor que mejor. Son geniales.
2. Cuando salgo de casa, voy al gran almacén, a ver qué hay que me pueda comprar.
3. Suelo comprar algo que no necesito, cuando está a buen precio y me mola mucho. A mí me gusta comprar.
4. Creo que para comprar, lo que sea, siempre se puede conseguir dinero.
5. Tengo varios sitios fantásticos para comprar. Son mis preferidos y me tratan genial.
6. Me conocen ya los dependientes porque yo, en eso, no fallo nunca.

Si, por casualidad, sólo consideras que hay una frase con la que estás de acuerdo, es decir, responde a lo que piensas y dices, ¡enhorabuena! Es la número 1. O sea, tu número.
Autor
Italo Calvino

Nació el 15 de octubre de 1923 en Santiago de las Vegas (Cuba) y murió el 19 de septiembre de 1985 en Siena (Italia).
Sus padres eran italianos, y se marcharon pronto a Italia donde inició su formación.
Tuvo que abandonar sus estudios por el comienzo de la segunda guerra mundial. Se afilió al Partido comunista italiano que abandonaría posteriormente. Después de la guerra estudia Literatura en la Universidad de Turín. Muy interesado por denunciar y analizar todos los temas contemporáneos, entre otros: la soledad, el miedo, la alienación urbana, utilizando un lenguaje irónico. En sus libros hay mezcla de realidad y fantasía.

Nuestro observatorio

Se pueden consultar más datos biográficos en Wikipedia

Bibliografía
Ofrecemos, a continuación, una relación de libros tomada de Canal Lector

 

La bestia en la cueva (Segunda parte). Howard Phillips Lovecraft. Editorial Juventud (Recomendado 16-18 años)

14 May

cuentosdemonstruos

Así ocupé mi terrible vigilia (1), con grotescas conjeturas sobre las alteraciones que podría haberle producido la vida en la caverna a aquel enigmático animal. Recordé, por ejemplo, la terrible apariencia que la imaginación popular atribuía a los tuberculosos que habían muerto allí tras una larga permanencia en las profundidades. Entonces recordé sobresaltado que, aunque llegase a derrotar a mi enemigo, jamás podría averiguar cuál era su forma y aspecto, ya que mi antorcha se había extinguido hacía tiempo y yo estaba por completo desprovisto de cerillas. La tensión se hizo entonces tremenda. Mi fantasía dislocada hacía surgir formas terribles y terroríficas en medio de la oscuridad que me rodeaba y que parecía verdaderamente apretarse en torno a mi cuerpo. A punto estuve de dejar escapar un agudo grito, aunque aquella hubiera sido la mayor de las temeridades, y si no lo hice fue porque me faltaron el aire o la voz. Me sentía petrificado, clavado al lugar en donde me encontraba. Dudaba de que mi mano derecha pudiera lanzar la piedra contra la cosa que se acercaba cuando llegase el momento.

Aquel decidido “pat, pat” de las pisadas estaba ya casi al alcance de mi mano; luego, más cerca. Podía incluso escuchar la trabajosa respiración del animal y, aunque paralizado por el terror, comprendí que debía de haber recorrido una considerable distancia a juzgar por lo fatigado que estaba.

De pronto se rompió el hechizo. Guiada por mi sentido del oído mi mano lanzó con todas sus fuerzas la piedra afilada hacia el punto en la oscuridad de donde procedía aquella respiración tan intensa y creo que alcanzó su objetivo, porque escuché cómo la cosa saltaba y volvía a caer a cierta distancia y allí pareció detenerse.

Después de reajustar mi puntería, descargué un segundo proyectil, con mayor efectividad esta vez, pues oí caer la criatura, vencida por completo, y estaba seguro de que la había dejado inmóvil en el suelo. Casi agobiado por el alivio que me invadió, me apoyé en la pared. La respiración de la bestia se seguía oyendo en forma de jadeantes y pesadas exhalaciones (2), por eso supuse que no había hecho más que dejarla malherida. Y entonces perdí todo deseo de examinarla.

Finalmente, sentía un miedo tan intenso e irracional, que ni me acerqué al cuerpo yacente (3) ni quise seguir arrojándole piedras para acabar con él. En lugar de esto, decidí echar a correr a toda velocidad por el trayecto por el que creía que había llegado hasta allí. Y de pronto escuché un sonido, o más bien una sucesión de sonidos que al momento se habían convertido en agudos chasquidos metálicos. Esta vez sí que no había duda de que era el guía. Entonces grité, aullé, reí incluso de alegría al contemplar en el techo abovedado el débil fulgor de una antorcha que se acercaba. Corrí al encuentro del resplandor y, antes de que pudiese comprender lo que había ocurrido, me hallaba postrado a los pies del guía y besaba sus botas mientras balbuceaba, sin el menor pudor ni vergüenza, explicaciones sin sentido, como un idiota. Contaba con frenesí mi terrible historia a la vez que abrumaba a quien me escuchaba con exageradas expresiones de gratitud.

Volví por último a mi estado normal de conciencia. El guía había advertido mi ausencia cuando ya regresaba el grupo a la entrada de la caverna y, guiado por su propio sentido de la orientación, se había dedicado a explorar a conciencia los pasadizos laterales que se extendían más allá del lugar en que habíamos hablado juntos. Hasta que localizó mi posición tras una búsqueda de más de tres horas.

Después de que me contó esto, yo, acaso envalentonado por su antorcha y por su compañía, me puse a pensar en la extraña bestia a la que había herido en la oscuridad, a poca distancia de allí, y le sugerí que, con la ayuda de la antorcha, averiguásemos qué clase de criatura había sido mi víctima. Así que volví sobre mis pasos hasta el escenario de la terrible experiencia.

Pronto descubrimos ambos en el suelo un objeto blanco, más blanco incluso que la reluciente piedra caliza. Nos acercamos con cautela y dejamos escapar una simultánea exclamación de asombro. Porque aquel era el más extraño de los monstruos que ninguno de los dos había contemplado en toda nuestra vida.

Resultó tratarse de un mono antropoide (4) de grandes proporciones, escapado quizá de algún zoológico ambulante: su pelaje era blanco como la nieve, cosa que sin duda se debía a la calcinadora acción de una prolongada permanencia en el interior de los negros confines de las cavernas, y era sorprendentemente escaso y escaseaba en casi todo el cuerpo, salvo en la cabeza, donde era tan abundante y tan largo que le caía sobre los hombros. Tenía la cara vuelta del lado opuesto a donde estábamos, pues la criatura yacía en el suelo directamente sobre ella. La inclinación de sus pies y manos era algo peculiar y explicaba por qué la bestia avanzaba a veces a cuatro patas y a veces solo a dos, como había yo apreciado en la oscuridad. De las puntas de sus dedos salían unas uñas largas como de rata. Pero sus pies no eran prensiles (5), como cabía suponer. Eso lo atribuí a su larga residencia en la caverna que, como ya he dicho, parecía también la causa evidente de su absoluta blancura casi ultraterrena. Y parecía carecer de cola.

Su respiración se había debilitado mucho. Cuando el guía sacó su pistola con intención de dar a la criatura el tiro de gracia para rematarlo, de pronto un extraño e inesperado gemido hizo que el arma se le cayera de las manos. No resulta fácil describir la naturaleza de aquel sonido, pues no tenía el tono de ninguna especie conocida de simios. Yo me preguntaba si aquella especie de estertor (6) no sería sino resultado del silencio que durante tanto tiempo había mantenido, roto ahora por la repentina presencia de la luz que traía la antorcha. Lo cierto es que aquel inquietante gemido que se parecía a un intenso parloteo indescifrable aún continuaba oyéndose, aunque cada vez más débil. De pronto, un fugaz espasmo de energía brotó del cuerpo del animal. Sus garras hicieron un movimiento convulsivo y sus brazos y piernas se contrajeron. Con aquella convulsión, el cuerpo rodó sobre sí mismo, de modo que la cara quedó vuelta hacia nosotros.

Yo me quedé en ese instante tan petrificado de espanto ante aquella mirada que no me percibí de nada más. Eran negros aquellos ojos, de una negrura profunda que contrastaba con la extrema blancura de la piel y el cabello. Como los de otras especies cavernícolas, estaban profundamente hundidos en sus órbitas y completamente desprovistos de iris. Cuando los pude mirar con más atención, vi que asomaban de un rostro menos prominente que el de los monos corrientes, y mucho menos velludo. También la nariz era prominente.

Mientras el guía y yo contemplábamos aquella enigmática visión que se mostraba a nuestros ojos bajo la luz de la tea, sus gruesos labios se abrieron y debajo de ellos brotaron varios sonidos, después de los cuales aquella criatura se sumió en el descanso de la muerte.

El guía se aferró a la manga de mi chaqueta y tembló con tal violencia que la luz se estremeció convulsivamente, proyectando en la pared fantasmagóricas sombras en movimiento. Yo no me moví; me había quedado rígido, con los ojos llenos de horror y fijos en el suelo.

El miedo me había abandonado ya. En su lugar se fueron sucediendo los sentimientos de asombro, de compasión y respeto. Los sonidos que había murmurado aquella criatura abatida que yacía entre las rocas calizas nos revelaron la evidencia más tremenda que podíamos imaginar: la criatura que yo había matado, aquella extraña bestia de la cueva maldita, era, o lo había sido alguna vez, ¡¡¡ un ser humano !!!

NOTAS

(1)Vigilia: acción de estar despierto.
(2)Exhalaciones: suspiros, quejas.
(3)Yacente: echado, tendido.
(4)Antropoide: mono que se parece al humano.
(5)Prensiles: que se cerraban para poder agarrar.
(6)Estertor: respiración fatigosa.

Howard Phillips Lovecraft y otros. Edición y selección de Seve Calleja. Cuentos de monstruos. Editorial Juventud

RECURSOS

Propuestas para mediadoras y para mediadores.

Texto

Nuestro autor, hoy, nos plantea las dos palabras que marcan un estilo de novela. La novela gótica. Podemos oír, en la página de la UNED, dedicada a dos distinciones, lo siguiente: el terror despierta las facultades. Sin embargo, el horror produce el efecto contrario. Las paraliza. En nuestro texto, parece que Lovecraft escribe sobre esta diferenciación: “La horrible suposición que se había ido abriendo camino en mi ánimo poco a poco era ahora una terrible certeza. Es decir: horrible (que causa horror) pasa a terrible (que causa terror). De una suposición a una certeza. El protagonista pasa por todos los estados anímicos, no perdiendo, por voluntad propia y a pesar de todos los inconvenientes que van surgiendo (hasta se extingue su antorcha que le alumbraba) la lucha por la existencia: “Sin rendirme” –dice. Y un poco más adelante: “Pero el instinto de conservación, que nunca duerme del todo…” y decidí vender mi vida lo más cara posible ante quien me atacara.

Dentro de la terrible situación por la que está pasando, lo que nunca abandona es la lógica, su lógica, aplicada a las más extrañas e inesperadas situaciones: horrendas pisadas de zarpas, qué especie animal sería la que iba por él y un largo etcétera.
Palabra magica

Hoy la palabra mágica es miedo. Sí, quizá lo hayas pasado alguna vez. El miedo, en los humanos, es una «perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo real o imaginario». Es la definición que da el diccionario de la RAE.

El autor nos lo dice de forma clara y rotunda: “finalmente, sentía un miedo tan intenso e irracional…” Sabía que no disponía de una razón para el temor. ¿Será, quizá, ese sentimiento irracional, es decir, que no tiene una razón en la que fundarse, el que aparece en diferentes tipos de seres animales?

Veamos, si no, el siguiente video, que desmonta determinados conceptos que tenemos, en los dos animales protagonistas. Pensemos sólo antes en lo siguiente: ¿Cómo concebimos la relación que existe entre los perros y los gatos? ¿Cuáles de las siguientes palabras utilizaríamos, para definir esa relación perro-gato?

Amistad.  Enemistad.  Juego.  Miedo.  Ayuda.  Ignorancia

Fíjate ahora en la película de esa relación, a ver si coincide con tu pensamiento o es más lo contrario de lo que pensabas.

Cuentame

Seguro que tienes en tu mente y recuerdas historias. Muchas historias de miedo, auténtico miedo. Hoy es tu oportunidad. ¿Se podría hacer una película de tu historia? ¿Crees que habría gente que tuviera que salir del cine agarrándose a un amigo o a una amiga, para poder llegar al autobús o al metro que te lleva a casa? Todo es posible. Puede que sea tu primera experiencia como guionista de películas de cine. Aquí tienes algunas indicaciones de cómo se puede realizar un guión.: Paso a paso, Carlos Bianchi y su propuesta, y un concurso de guiones

Autor

Howard Phillips Lovecraft

Nació el 20 de agosto de 1890 en Providence (Estados Unidos) y murió el 15 de marzo de 1937 en la misma ciudad.
Recitaba poesía a los dos años, leyó a los tres y empezó a escribir a los seis años de edad. Debido a su mala salud, no asistió al colegio hasta los ocho años y lo abandonó al poco tiempo. Fue una persona solitaria que dedicaba su tiempo a la lectura, la astronomía y a cartearse con otros aficionados a la literatura. Innovó el género de terror al acercarlo a la ciencia-ficción.

Nuestro observatorio

Se pueden consultar más datos biográficos en la página de español dedicada al autor.

Bibliografía
Ofrecemos, a continuación, una relación de libros tomada de Canal Lector.

La bestia en la cueva (Primera parte). Howard Phillips Lovecraft. Editorial Juventud (Recomendado: 16-18 años)

7 May

cuentosdemonstruos

Este es uno de los primeros relatos del autor, escrito a los quince años de edad como imitación del género gótico, en el que se iniciaba. Sus cuentos nos hablan de espíritus malignos y mundos oníricos, poblados de bestias y seres extraños, pesadillas, muerte y locura, porque quieren expresar la soledad y la pequeñez del ser humano frente a un universo infinito y hostil.

La horrible suposición que se había ido abriendo camino en mi ánimo poco a poco era ahora una terrible certeza. Estaba perdido por completo, perdido sin esperanza en aquel inmenso y laberíntico recinto de la caverna de Mamut. Dirigiese a donde dirigiese mi vista, por más que la forzara, no lograba encontrar ningún objeto que me sirviese de punto de referencia para alcanzar el camino de salida. No podía albergar la menor esperanza de volver a contemplar ya nunca más la bendita luz del día, ni de pasear por los valles y las colinas del hermoso mundo exterior.

La esperanza se me había desvanecido. A pesar de todo, educado como estaba por una vida entregada por entero de estudios filosóficos, sentí una cierta satisfacción de estar comportándome sin apasionamiento como lo hacía. Había leído con frecuencia la angustia y la obsesión en que caían las víctimas de situaciones similares a la mía, y sin embargo no experimenté nada de todo eso, es más, logré permanecer tranquilo en cuanto comprendí que estaba perdido.

Y tampoco me hizo perder la compostura un solo instante la idea de que era muy probable que hubiese vagado hasta más allá de los límites en los que seguramente me buscarían. Si tenía que morir, pensé, aquella caverna tan terrible como majestuosa sería un sepulcro mejor que el que pudieran ofrecerme en cualquier cementerio; así que había en esta reflexión una dosis mayor de tranquilidad que de desesperación.

Mi destino final sería perecer de hambre, estaba seguro de ello. Sabía que algunos se habían vuelto locos en circunstancias como esta, pero yo no pensaba acabar así. El único causante de mi desgracia era yo por haberme separado del grupo de visitantes sin que el guía lo advirtiera. Y, después de vagar durante una hora aproximadamente por las galerías prohibidas de la caverna, me sentí incapaz de volver atrás por los mismos vericuetos tortuosos que había seguido desde que abandoné a mis compañeros.

Mi antorcha comenzaba a extinguirse, pronto me hallaría en la oscuridad más absoluta en las entrañas de la tierra. Y, mientras me encontraba bajo la luz mortecina y evanescente que aún daba, medité sobre las circunstancias exactas en las que se produciría mi próximo final. Recordé los relatos que había escuchado acerca de la colonia de tuberculosos que establecieron su residencia en estas mismas grutas inmensas con la esperanza de encontrar la salud en el aire sano del mundo subterráneo, cuya temperatura era uniforme y en cuya quietud se sentía una apacible sensación, y que, en vez de la salud, habían encontrado una muerte horrible.

Al pasar junto a ellas en el grupo de visitantes, había visto las tristes ruinas de sus viviendas rudimentarias; y me había preguntado qué clase de influencia podía ejercer sobre alguien tan sano y vigoroso como yo una estancia prolongada en esta caverna inmensa y silenciosa. Y, mira por dónde, me dije, ahora había llegado la oportunidad de comprobarlo, suponiendo que la necesidad de alimentos no apresuraba mi fallecimiento.

Sin rendirme, y mientras se desvanecían en la oscuridad los últimos destellos espasmódicos de mi antorcha, resolví no dejar piedra sin remover, ni despreciar ningún medio de posible fuga, de modo que, haciendo toda la fuerza que pude con mis pulmones, proferí una serie de fuertes gritos, con la esperanza de que mi berrido atrajese la atención del guía. Sin embargo, mientras gritaba desgañitándome, pensé que mis llamadas no tenían objeto y que mi voz, aunque sonara amplificada por los muros de aquel negro laberinto que me rodeaba, no alcanzaría a más oídos que a los míos propios.

Y sin embargo, de repente me sobresalté al imaginar –porque seguro que no era más que cosa de mi imaginación- que se escuchaba un suave ruido de pasos que se aproximaban por el rocoso pavimento de la caverna. ¿Y si en realidad estaba a punto de recuperar por fin la libertad? ¿Y si habían sido inútiles todas mis horribles aprensiones? ¿Se habría dado cuenta el guía de mi ausencia en el grupo y habría seguido mi rastro por el laberinto de piedra caliza?

Alentado por tantas halagüeñas dudas como me afloraban en la imaginación, me sentí dispuesto a volver a pedir socorro a gritos para que me encontraran lo antes posible. Pero mi gozo se vio de repente convertido en horror: mi oído, que siempre había sido muy fino y que estaba ahora mucho más agudizado gracias al largo y completo silencio de la caverna, me trajo a la mente la sensación inesperada y angustiosa de que aquellos pasos no eran los de ningún ser humano. De haber sido los pasos del guía, que sé que llevaba botas, hubieran sonado como una serie de golpes agudos y cortantes en la quietud ultraterrena de aquel lugar. En cambio, estos impactos parecían más blandos y cautelosos, como causados por las garras de un felino. Además, al escuchar con más atención, me pareció distinguir las pisadas de cuatro patas en lugar de dos pies.

Quedé entonces convencido de que mis gritos habían despertado y atraído a alguna bestia feroz, quizá a un puma que se hubiera extraviado accidentalmente en el interior de la caverna. Y consideré que tal vez el Todopoderoso hubiera elegido para mí una muerte más rápida y piadosa que la que hubiera padecido por hambre. Pero el instinto de conservación, que nunca duerme del todo, se agitó en mí, y, aunque la posibilidad de escapar del peligro que se aproximaba era inútil y solo conseguiría prolongarme más el sufrimiento, decidí vender mi vida lo más cara posible ante quien me atacara.

Por extraño que parezca, solo podía atribuir al visitante que fuera intenciones hostiles. Así pues, me quedé muy quieto, con la esperanza de que la bestia o lo que fuera, al no escuchar ningún sonido que le diera la pista de dónde estaba, perdiese el rumbo, lo mismo que me había sucedido a mí, y pasase de largo a mi lado. Pero no, no iba a tener tanta suerte: aquellos extraños pasos avanzaban sin titubear. Era más que evidente que el animal había sentido mi olor, que sin duda podía olfatear a gran distancia en una atmósfera tan poco contaminada de otros aromas como la caverna.

Me di cuenta, por tanto, de que debía estar armado para defenderme de un misterioso e invisible ataque en la oscuridad y tanteé a mi alrededor en busca de los mayores fragmentos de roca que pudiera palpar entre los esparcidos por todas partes en el suelo. Y, tomando uno en cada mano, esperé con resignación la inevitable presencia.

Mientras tanto, las horrendas pisadas de las zarpas se aproximaban. La verdad es que resultaba bastante extraña la conducta de aquella criatura, porque, la mayor parte del tiempo, las pisadas parecían ser las de un cuadrúpedo que caminara con una singular falta de concordancia entre las patas anteriores y posteriores, y sin embargo, a ratos, me parecía que solo eran dos patas las que se acercaban. Y me preguntaba cuál sería la especie de animal que venía a enfrentarse conmigo. Debía de tratarse de alguna bestia desafortunada que había pagado cara como yo la curiosidad que la había llevado a investigar una de las entradas de la gruta y le reservaba un confinamiento de por vida en su interior. Seguramente había podido sobrevivir a base de los peces ciegos, los murciélagos y las ratas de la caverna, arrastrados a su interior en cada crecida del Río Verde, que comunica cualquiera sabe por dónde con las aguas subterráneas.

Howard Phillips Lovecraft y otros. Edición y selección de Seve Calleja. Cuentos de monstruos. Editorial Juventud

Moni pinta una obra de arte. Michael Ende. Editorial Everest (Recomendado 9-11 años)

30 Abr

mejorescuentosdemende

Moni y yo somos los mejores amigos que uno se pueda imaginar. Aunque ella solo tiene seis años y yo soy, aproximadamente, diez veces mayor, esa diferencia no nos importa lo más mínimo.
Cuando viene a visitarme, jugamos juntos y jamás nos peleamos. O simplemente charlamos y exponemos nuestra visión del mundo y de la vida, algo sobre lo que siempre tenemos la misma opinión. O nos leemos el uno al otro nuestros libros favoritos, sin importarnos para nada que Moni aún no sepa leer, pues su libro favorito se lo sabe de memoria y yo también. Sentimos un gran respeto mutuo: yo por ella, por las ocurrencias tan extraordinarias que tiene, y ella por mí, porque sé apreciar sus ocurrencias.
A veces nos hacemos pequeños regalos sin que haya ningún motivo especial para ello, como un cumpleaños, las Navidades o algo parecido. Ya se sabe que los pequeños regalos hacen perdurar una amistad, y nosotros a eso le damos mucha importancia.
Hace poco, por ejemplo, le regalé a Moni una caja de acuarelas con muchos y muy bonitos colores, papel y un pincel.
-En agradecimiento –me dijo-, yo también te voy a regalar algo. Voy a pintarte ahora mismo un bonito cuadro.
-¡Oh! –contesté-, ¿de verdad? ¡Eso es muy amable por tu parte!
-¿Qué clase de cuadro te gustaría? –quiso saber.
Lo estuve pensando y al final le dije:
-Lo que más me gustaría sería que fuera una sorpresa, algo que a ti misma se te ocurriera.
-Vale –dijo, e inmediatamente puso manos a la obra.
De tanto empeño como estaba poniendo, la punta de la lengua le llegaba hasta los agujeros de la nariz, y yo la miraba intrigado. Sentía muchísima curiosidad por ver qué era lo que se le había ocurrido esta vez.
Al cabo de un ratito, parecía que la obra ya estaba acabada. Moni ladeó la cabeza, dio con el pincel unos pequeños retoques aquí y allá para mejorarla y, finalmente, pasó el cuadro hasta mi lado de la mesa.
-¿Qué? –preguntó expectante- (1). ¿Qué te parece?
-¡Extraordinario! –contesté-. ¡Muchas gracias!
-¿Sabes qué es, no?
-Naturalmente –me apresuré a asegurar-. ¡Es un conejo de pascua!
-¡Qué tontería! –exclamó Moni un pelín indignada-. ¿Cómo va a ser un conejo de pascua si estamos en pleno verano?
-Yo creía –murmuré tímidamente- que esas dos puntas que sobresalen a lo mejor podían ser las orejas…
Moni sacudió la cabeza.
-¡Pues no, son mis coletas! Es un autorretrato mío- ¿Es que no lo ves?
-Debe de ser por mis gafas –me disculpé limpiando los cristales con un pañuelo.
Me las volví a poner y observé la pintura con más detenimiento.
-¡Naturalmente! ¡Ahora sí que lo veo bien! –dije-. ¡Un autorretrato, por cierto, con un parecido extraordinario! Ahora sí que te reconozco inmediatamente. Perdóname, por favor.
-He pensado –opinó Moni- que quizá fuera mejor que una foto…
-Mucho mejor –corroboré.
-Al fin y al cabo, una foto la tiene cualquiera –siguió diciendo.
-En efecto, no es nada extraordinario –admití-. Sin embargo, el autorretrato de un artista no lo tiene casi nadie… Quizá solo una persona entre un millón. Es algo verdaderamente singular. Muchísimas gracias otra vez.
Estuvimos observando juntos el cuadro durante un rato.
-Si tienes algo que objetar –dijo generosamente-, no tienes más que decírmelo.
-¡En absoluto! –aseguré-. ¿Cómo iba a tenerlo? Aunque ya que tú misma lo dices…, me preocupa un poquito que en el cuadro estás como flotando en el aire. ¿No podrías pintar debajo una cama en la que acostarte para que estuvieras más cómoda? Es simplemente una idea.
Sin decir una palabra se volvió a poner delante del cuadro, cogió de nuevo el pincel y, con pintura marrón, pintó alrededor de su autorretrato una enorme cama de madera. En cada una de sus esquinas tenía una columna y encima de ellas, un baldaquino…(2) Era una cama con dosel (3) tan bonita que ni una reina hubiera podido desear otra más bonita que aquella. Y era tan grande que llenaba toda la hoja.
-¡Caramba! –dije halagador- (4). ¡A eso sí que le llamo yo un mueble noble! (5).
Pero ahora la figura que estaba acostada en la cama resultaba, sin duda, un poco pequeña, raquítica, casi mezquina (6). No lo dije, pero como Moni y yo pensamos a menudo lo mismo, también ella tuvo la misma idea.
-¿No te parece –opinó dubitativa (7)- que ahora quizá debería llevar puesto algo más elegante para que pegue con la cama?
-Para serte sincero, sí –contesté-; una cama tan regia (8) requiere también un regio camisón.
Así que Moni pintó sobre la figura un camisón muy largo y muy amplio, que si mal no interpreté, parecía estar repleto de estrellas doradas. De ella ya solamente asomaba la cabeza con las coletas.
-¿Qué te parece ahora? –preguntó.
-¡Majestuoso! (9) –tuve que admitir-. ¡Verdaderamente magnífico! Aunque sigo algo preocupado por tu salud…
-¿Por mi salud?
-Bueno…, entiéndeme bien… Ahora en verano hace calor suficiente para dormir así, pero ¿qué harás en invierno? Sin ninguna manta, me temo que acabarás cogiendo un terrible resfriado. Deberías pensar en ello ahora que estás a tiempo.
No había cosa que Moni más odiara que estar enferma y tener que tragarse medicinas. Así que cogió enseguida la pintura blanca y pintó sobre su autorretrato, y su lujoso camisón, un grueso y gigantesco edredón de plumas. Ahora ya solo asomaban las puntas de sus coletas.
-Parece suficientemente arropado –dije-. Creo que ahora ya podemos estar tranquilos.
Pero Moni aún no estaba satisfecha; se le había ocurrido otra idea. Con pintura azul oscura, pintó unas pesadas cortinas de terciopelo que colgaban del baldaquino. Tanto ella como el camisón y el edredón había desaparecido detrás.
-¡Pero bueno! –exclamé estupefacto-. ¿Qué pasa ahora?
-Solo he echado las cortinas –explicó Moni-; para eso están, ¿no?
-Es verdad –admití-, ¿de qué sirven unas cortinas si no están echadas? ¡Para eso no necesita uno una cama con dosel!
-Y ahora –prosiguió Moni entusiasmadísima- voy a apagar la luz.
Y pintó todo el cuadro de negro.
-Buenas noches –murmuré instintivamente.
lla me pasó el cuadro terminado, en el que ahora ya solo reinaba la más absoluta oscuridad.
-¿Estás satisfecho por fin? –preguntó.
Miré fijamente, y durante un buen rato, aquella negrura y asentí con la cabeza.
-Es una obra maestra –dije-, sobre todo para el que sepa todo lo que realmente contiene.

(1) Expectante: esperando, mientras observa, con mucho interés.
(2) Baldaquino: Especie de dosel o palio hecho se tela de seda.
(3) Dosel: Colgadura que cubre la cama.
(4) Halagador: muy afectuoso, agradecido.
(5) Noble: muy bello, importante.
(6) Mezquina: sin la importancia que merecía.
(7) Dubitativa: con muchas dudas.
(8) Regia: magnífica, muy importante, excepcional.
(9) Majestuoso: con mucha importancia, fantástico.

Michael Ende. Los mejores cuentos de Michael Ende. Editorial Everest.

Propuestas para mediadoras y para mediadores.
Texto

Este texto de Michael Ende empieza con un canto, una alabanza a la amistad, a esa verdadera relación que es independiente de las edades de los amigos. Aquí tienes unos cuantos amigos verdaderos.

(Estos son los errores que aparecen y que no podemos corregir, porque no nos pertenecen ni el programa ni la página: los que sueñan –no sueñas– nuestros sueños //álbumes y no albunes)

Pregúntate ahora lo siguiente: ¿tengo amigos o amigas de verdad? ¿Podrías escribir, a continuación, los nombres de esas amigas o de esos amigos de verdad?
De las siguientes palabras, señala cuáles tienen que ver con la amistad auténtica:
Ayudar (6 puntos)
Comprender (5 puntos)
Aprovecharse (11 puntos)
Ignorar (13 puntos)
Engañar (15 puntos)
Burlarse (20 puntos)
Compartir (4 puntos)
Participar (2 puntos)

Y ahora, cuenta los puntos que has obtenido, sumando las palabras que tienen relación con la amistad auténtica, la de verdad. Si tu suma de puntos es igual o menor a 17, ¡enhorabuena! Tienes amigas o amigos de verdad. Un consejo que te damos, porque nosotros también los tenemos: cuídalas y cuídalos mucho. No creas que es tan fácil tener esa maravilla que es la amistad de verdad.

Palabra magica
Seguro que hoy no tienes ningún problema para encontrar la palabra mágica. Esa palabra fundamental que tiene una grandísima importancia en el texto. Y es: regalo. ¿Te gusta la palabra regalo? ¿Cuándo usas más esa palabra? ¿Tienes algunas fechas donde dices mucho la palabra regalo? Te pedimos ahora, por favor, una ayuda. Tenemos que regalar algo a una amiga, que tiene once años. Somos mi hermano y yo, que la conocemos hace mucho tiempo. Pero es que ahora, como ya le hemos regalado cosas en años anteriores, no se nos ocurre qué hacer. Sólo te decimos que, cuando pienses en el regalo, no puede ser de mucho dinero, porque mi hermano y yo no tenemos casi nada. ¿Tú crees que es posible regalar algo a Marina, que es como se llama nuestra amiga? Hacemos una cosa, si te parece. Te ponemos la lista que mi hermano y yo hemos hecho y tú nos dices qué te gustaría que te regalaran a ti. Pones primero si eres chica o chico y luego, tu edad exacta. Gracias y esperamos tus sugerencias.
Cuentame
Seguro que a ti, como a Moni, de vez en cuando, te gusta pintar. ¿Qué tipo de cosas te gusta pintar? Quizá pintes la realidad de tu pueblo o de tu ciudad. Quizá esperas a llegar un día a la naturaleza y, allí, te inspires: árboles, montañas, el río que pasa cerca, o las plantas que crecen allí. ¿O tienes una cámara de fotos, con la que consigues fotografiar imágenes maravillosas? Si ves las páginas que te presentamos, encontrarás modelos para pintar, de formas diferentes. 

¡Suerte y te contaremos lo que nos parece tu trabajo! Seguro que eres gran artista.
Mostramos, ahora, una interesante página para mediadoras y para mediadores, referida a los juguetes para niñas y niños de 9 a 12 años. Muy cerca, en la edad, del texto que hemos ofrecido.
Autor
Michael Ende
Nació el 12 de noviembre de 1929, en Garmisch-Partenkirchen, Baviera (Alemania), y murió en Stuttgart (Alemania), el 28 de agosto de 1995.
Su infancia estuvo marcada por el ambiente artístico y bohemio en que se movía su padre, que fue pintor surrealista. Estudió interpretación en la escuela de Otto Falckenburg, en Múnich.
Comenzó a escribir relatos para niños y jóvenes a principios de los años 50. Trabajó en varias cosas: actor, guionista de espectáculos de cabaret y crítico de cine. Sus libros obtuvieron varios premios en Alemania y también internacionales. Algunos han sido llevados al cine: La historia interminable y Momo.  Su obra se enmarca dentro del género fantástico y creó un universo donde estaba presente su deseo de belleza, humanidad y armonía.

Nuestro observatorio
Más datos biográficos de Michael Ende en su web (alemán) y en Imaginaria

Bibliografía
Ofrecemos, a continuación, una selección de libros del autor tomada de Canal Lector

Mil grullas (Segunda parte). Elsa Bornemann. Editorial Anaya (Recomendado: 11-14 años)

23 Abr

nosomosirrompanaya

Ocho de la mañana del seis de agosto en el cielo de Hiroshima. Naomi se ajusta el obi (4) de su kimono (5) y recuerda a su amigo: -¿Qué estará haciendo ahora?
“Ahora”, Toshiro pesca en la isla mientras se pregunta: -¿Qué estará haciendo Naomi?
En el mismo momento, un avión enemigo sobrevuela el cielo de Hiroshima.
En el avión, hombres blancos que pulsan botones y la bomba atómica surca por primera vez un cielo. El cielo de Hiroshima.
Un repentino resplandor ilumina extrañamente la ciudad.
En ella, una mamá amamanta a su hijo por última vez.
Dos viejos trenzan bambúes por última vez.
Una docena de chicos canturrea: Donguri-Koro Koro-Donguri Ko…(6) por última vez.
Cientos de mujeres repiten sus gestos habituales por última vez.
Miles de hombres piensan en mañana por última vez.
Naomi sale para hacer unos recados.
Silenciosa explota la bomba. Hierven, de repente, las aguas del río.
Y medio millón de japoneses, medio millón de seres humanos, se desintegran esa mañana. Y con ellos, desaparecen edificios, árboles, calles, animales, puentes y el pasado de Hiroshima.
Ya, ninguno de los supervivientes podrá volver a reflejarse en el mismo espejo, ni abrir nuevamente la puerta de su casa, ni retomar ningún camino querido.
Nadie será ya quien era.
Hiroshima arrasada por un hongo atómico.
Hiroshima es el sol ese seis de agosto de 1945. Un sol estallando.
En diciembre logró Toshiro averiguar dónde estaba Naomi. ¡Y que aún estaba viva, Dios!
Ella y su familia, internados en el hospital ubicado en una localidad próxima a Hiroshima. Como tantos otros cientos de miles que también habían sobrevivido al horror, aunque el horror estuviera instalado dentro de ellos, en su misma sangre.
Y hacia ese hospital marchó Toshiro una mañana.
El invierno se insinuaba ya, en el aire y el muchacho no sabía si era el frío exterior o su pensamiento lo que le hacía tiritar.
Naomi se hallaba en una cama situada junto a la ventana. De cara al techo. Con los ojos abiertos y la mirada inmóvil. Ya no tenía sus trenzas. Apenas una tenue pelusita oscura.
Sobre su mesilla, unas cuantas grullas de papel desparramadas.
-Voy a morirme, Toshiro… -susurró, cuando su amigo se paró, en silencio, al lado de su cama. –Nunca llegaré a plegar las mil grullas que me hacen falta…
Mil grullas o Semba-Tsuru (7), como se dice en japonés.
Con el corazón encogido, Toshiro contó las que se hallaban dispersas sobre la mesilla. Sólo veinte. Después las juntó cuidadosamente antes de guardarlas en un bolsillo de su chaqueta.
-Te vas a curar, Naomi –le dijo entonces, pero su amiga no le oía ya: se había quedado dormida.
El muchachito salió del hospital, bebiéndose las lágrimas.
Ni la madre, ni el padre, ni los tíos de Toshiro (en cuya casa se encontraban temporalmente) entendieron aquella noche el porqué de la misteriosa desaparición de casi todos los papeles que, hasta ese día, había habido allí.
Hojas de periódico, pedazos de papel para envolver, viejos cuadernos y hasta algunos libros parecían haberse esfumado mágicamente. Pero ya era tarde para preguntar. Todos los mayores se durmieron, sorprendidos.
En la habitación que compartía con sus primos, Toshiro velaba entre las sombras. Esperó hasta que tuvo la certeza de que nadie más que él continuaba despierto. Entonces, se incorporó con sigilo y abrió el armario donde se solían guardar las mantas.
Mordiéndose la punta de la lengua, extrajo la pila de papeles que había recolectado en secreto y volvió a su lecho.
La tijera la llevaba oculta entre sus ropas.
Y así, en el silencio y oscuridad de aquellas horas, Toshiro recortó, primero, novecientos ochenta cuadraditos y, luego, los pegó, uno por uno, hasta completar las mil grullas que ansiaba Naomi, tras sumarles las que ella misma había hecho. Ya amanecía. El muchacho se encontraba pasando hilos a través de las siluetas de papel. Separó en grupos de diez las frágiles grullas del milagro y las colocó para que imitaran el vuelo, suspendidas como estaban de un leve hilo de coser, una encima de la otra.
Con los dedos heridos y el corazón temblando, Toshiro colocó las cien tiras dentro de su furoshiki (8) y partió rumbo al hospital antes de que su familia se despertara. Por primera vez, tomó, sin pedir permiso, la bicicleta de sus primos.
No había tiempo que perder. Imposible recorrer a pie, como el día anterior, los kilómetros que lo separaban del hospital. La vida de Naomi dependía de esas grullas.
Prohibidas las visitas a esta hora –le dijo una enfermera, impidiéndole el acceso a la enorme sala en uno de cuyos extremos estaba la cama de su querida amiga.
Toshiro insistió: -Sólo quiero colgar estas grullas sobre su pecho. Por favor…
Ningún gesto denunció la emoción de la enfermera cuando el chico le mostró las avecitas de papel. Con la misma aparente impasibilidad con que momentos antes le había cerrado el paso, se hizo a un lado y le permitió entrar: -Pero cinco minutos ¿eh?
Naomi dormía. Tratando de no hacer ruido, Toshiro puso una silla sobre la mesita y luego se subió.
Tuvo que estirarse a más no poder para alcanzar el techo. Pero lo alcanzó. Y en un momento estaban las mil grullas pendiendo (9) del mismo; los cien hilos entrelazados, firmemente sujetos con alfileres.
Fue al bajarse de su improvisada escalera cuando advirtió que Naomi lo estaba observando.
Tenía la cabecita echada hacia un lado y una sonrisa en los ojos.
-Son hermosas, Toshi-chan …(10) Gracias…
-Hay un millar. Son tuyas, Naomi. Tuyas –y el muchacho abandonó la sala sin volverse.
En la luminosidad del mediodía que ahora ocupaba todo el recinto, mil grullas empezaron a balancearse impulsadas por el viento que la enfermera dejó entrar, al entreabrir, por unos instantes, la ventana.
Los ojos de Naomi seguían sonriendo.
La niña murió al día siguiente. Un ángel a la intemperie frente a la impiedad de los adultos. ¿Cómo podían mil frágiles avecitas de papel vencer al horror instalado en su sangre?

FEBRERO de 1976
Toshiro Ueda cumplió cuarenta y dos años y vive en Inglaterra. Se casó, tiene tres hijos y es gerente de sucursal de un banco establecido en Londres.
Como es serio y poco comunicativo, ninguno de sus empleados se atreve a preguntarle por qué, entre el aluvión de papeles con importantes informes y mensajes telegráficos que habitualmente se juntan sobre su escritorio, siempre se juntan algunas grullas de origami dispersas al azar.
Grullas seguramente hechas por él, pero en algún momento en que nadie consigue sorprenderlo.
Grullas desplegando alas en las que se descubren las cifras de la máquina de calcular.
rullas surgidas de servilletitas con impresos de los más sofisticados restaurantes…
Grullas y más grullas.
Y los empleados comentan, divertidos, que el gerente debe de creer en aquella superstición japonesa.
-Algún día completará las mil… -cuchichean entre risas-. ¿Se animará entonces a colgarlas sobre su escritorio?
Ninguno sospecha la entrañable relación que esas grullas tienen con la perdida Hiroshima de su niñez. Con su perdido amor primero.

(4) Obi: faja que acompaña al kimono.
(5) Kimono: vestimenta tradicional japonesa, de amplias mangas, larga hasta los pies y que se cruza por delante, sujetándose con una especie de faja llamada obi.
(6) Donguri-Koro: verso de una popular canción infantil japonesa.
(7) Semba-Tsuru: mil grullas. Una creencia popular japonesa asegura que haciendo mil de esas aves –según enseña a realizarlo el origami (nombre del sistema de plegado de papel)- se logra alcanzar larga vida y felicidad.
(8)Furoshiki: tela rectangular que se usa para formar una bolsa, atándola por sus cuatro puntas después de colocar el contenido.
(9) Pendiendo: colgando.
(10) Toshi-chan: diminutivo de Toshiro.

Elsa Bonermann. No somos irrompibles. Editorial Anaya

Propuestas para mediadoras y para mediadores.
Texto

El texto de hoy, Mil grullas, que has leído en dos partes, es tan triste como lo que siempre es una guerra. Se trata del lanzamiento de la primera bomba atómica. El arma más destructora que ha creado el ser humano.

Los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki fueron ataques ordenados por Harry Truman, Presidente de los Estados Unidos, contra el Imperio de Japón. Se efectuaron el 6 y el 9 de agosto de 1945, y pusieron el punto final a la Segunda Guerra Mundial. El arma nuclear Little Boy fue soltada sobre Hiroshima el lunes 6 de agosto de 1945, seguida por la detonación de la bomba Fat Man, el jueves 9 de agosto, sobre Nagasaki. Hasta la fecha, estos bombardeos constituyen los únicos ataques nucleares de la historia.

Nuestra autora no renuncia a contar, en ese escenario terrible de las bombas, una maravillosa historia de amor. Naomi y Toshiro vieron rota esa historia por la espantosa bomba. Estaban muy enamorados. Empezaban una vida en un mundo, donde eran nuevos. Ese mundo no había existido antes para ellos. ¿Qué podían esperar de la vida que empezaban ahora? Lo que pensábamos todos cuando éramos pequeños. ¡Qué bien que ya conozco todo lo que me rodea! Juegos, palabras, paisajes, personas… Y una, sobre todo, con quien era feliz. No se podía pedir más. Era fantástico. Pero pasó lo peor que podía haber pasado. Su vida acabó no en un final feliz, que es lo que a todas y a todos nos habría gustado. No fue así. La verdad es la que cuenta Elsa Bornemann. Toda la vida de tantos cientos, miles de personas acabó aquel fatídico día. Ese que no dependía de unos militares que iban en los aviones. Porque sólo cumplían las órdenes de quienes mandaban. Aquellos tripulantes de los aviones, desde donde se lanzaron las bombas, quizá tampoco pudieron dormir ni si quiera vivir, pensando en lo que habían hecho. Habían acabado con tantos miles de seres humanos.

Elsa Bornemann, con este libro, quiere decirnos a qué conduce la guerra. Pensemos en todo aquello que podamos hacer, para que siempre exista la paz. Trabajemos por ella. Viajemos con las mil grullas.
En la última, cómo hacer una grulla de papel.

Palabra magica
Hoy la palabra mágica es ojos. Sí, después del espanto, del horror y la infinita tristeza, en aquel hospital donde estaba Naomi, que sabía que iba a morir (murió al día siguiente), algo sonreía en la niña: sus ojos. “Los ojos de Naomi seguían sonriendo”.

Quizá fueran aquellos ojos los que conservó, en su mente y en su corazón, Toshiro Ueda, durante toda su vida. Estaba lejos de Japón. Siguió haciendo grullas y más grullas. Siempre hacia esas mil, que colocará en su despacho, mientras su amor sigue vivo, recordando el primero. El de su amada Naomi.

Cuentame
Hemos tenido la inmensa fortuna de no vivir una guerra. ¿Conoces a alguien que haya tenido que sufrir esa experiencia? Por desgracia, en el mundo en que vivimos siguen existiendo las luchas entre seres humanos. En la siguiente página, verás cómo los humanos seguimos luchando. Sin parar. Sin tregua.

Podría ser útil e interesante que, de los periódicos que lees, de los que compramos en papel, en el quiosco o de los que leemos en internet, te hagas un archivo, con las guerras, conflictos bélicos que hay en el momento en que escribes. Si preguntas a alguien mayor que viva en tu casa o que conozcas (por amistades, de las vacaciones, familias de compañeras y compañeros, etc.) podrás saber lo que significa vivir en paz o en una guerra. Hagamos todo lo que esté dentro de nuestras posibilidades, para asegurar la paz, para siempre. Cuéntanos tus acciones.
vNq6
Elsa Bonermann
Nació el 20 de febrero de 1952, en el barrio de Parque de los Patricios, en Buenos Aires (Argentina) y murió el 24 de mayo de 2013 en la misma ciudad.
Escritora vocacional pues ya desde pequeña tenía claro que quería serlo. Licenciada en Letras. Su literatura aunó inteligencia y audacia, aportando una fantasía sin límites, en historias de amor, de miedo o de terror. Escribió cuentos irreverentes, políticamente incorrectos para la época.  Ha recibido varios premios.

Nuestro observatorio

Se pueden consultar más datos biográficos sobre la autora en Imaginaria.

Bibliografía

Ofrecemos, a continuación, una relación de libros tomada también de la página web de Imaginaria.
Otro texto de la autora en Los Fundamentales de Canal Lector, La del once «jota»

Mil grullas (Primera parte). Elsa Bornemann. Editorial Anaya (Recomendado: 11-14 años)

16 Abr

nosomosirrompanaya

Naomi Watanabe y Toshiro Ueda creían que el mundo era nuevo. Como todos los chicos. Porque ellos eran nuevos en el mundo. También, como todos los chicos. Pero el mundo era ya muy viejo entonces, en el año 1945, y otra vez estaba en guerra. Naomi y Toshiro no entendían muy bien lo que estaba pasando.
Desde que ambos recordaban, sus pequeñas vidas en la ciudad japonesa de Hiroshima se habían desarrollado del mismo modo: en un clima de sobresaltos, entre adultos callados y tristes, compartiendo con ellos los escasos granos de arroz que flotaban en la sopa diaria y el miedo que apretaba las reuniones familiares de cada anochecer en torno a las noticias de la radio, que hablaban de luchas y muerte por todas partes.
Sin embargo, creían que el mundo era nuevo y esperaban ansiosos cada día para descubrirlo.
¡Ah… y también se estaban descubriendo el uno al otro!
Se contemplaban de reojo durante la caminata hacia la escuela, cuando suponían que sus miradas levantaban murallas y nadie más que ellos podían transitar ese imaginario senderito de ojos a ojos.
Apenas si habían intercambiado algunas frases. El afecto de los dos no buscaba las palabras. Estaban tan acostumbrados al silencio…
Pero Naomi sabía que quería a ese muchachito delgado, que más de una vez se quedaba sin almorzar por darle a ella la ración de batatas que había traído de su casa.
-No tengo hambre –le mentía Toshiro, cuando veía que la niña apenas si tenía dos o tres galletitas para pasar el mediodía. –Te dejo mi comida –y se iba a corretear con sus compañeros hasta la hora del regreso a las aulas, para que Naomi no tuviera vergüenza de devorar la ración.
Naomi… poblaba el corazón de Toshiro. Se le anudaba en los sueños con sus largas trenzas negras. Le hacía tener ganas de crecer de golpe para poder casarse con ella. Pero ese futuro quedaba tan lejos aún…
El futuro inmediato de aquella primavera de 1945 fue el verano que llegó puntualmente el 21 de junio y anunció las vacaciones escolares.
Y con la misma intensidad con que otras veces habían esperado sus soleadas mañanas, ese año los ensombreció a los dos: ni Naomi ni Toshiro deseaban que empezara. Su comienzo significaba que tendrían que dejar de verse durante un mes y medio inacabable.
A pesar de que sus casas no quedaban demasiado lejos una de la otra, sus familias no se conocían. Ni siquiera tenían, entonces, la posibilidad de encontrarse en alguna visita. Había que esperar pacientemente la reanudación de las clases.
Acabó junio, y Toshiro arrancó contento la hoja del almanaque…
Se fue julio, y Naomi arrancó contenta la hoja del almanaque…
Y aunque no lo supieran: ¡Por fin llegó agosto! –pensaron los dos al mismo tiempo.
Fue justamente el primero de ese mes cuando Toshiro viajó, junto con sus padres, hacia la aldea de Miyashima. (1) Iban a pasar una semana. Allí vivían los abuelos, dos ceramistas que veían apilarse vasijas en todos los rincones de su local.
Ya no vendían nada. No obstante, sus manos viejas seguían modelando la arcilla con la misma dedicación de otras épocas. –Para cuando termine la guerra… -decía el abuelo. Todo acaba algún día… -comentaba la abuela por lo bajo. Y Toshiro sentía que la paz debía de ser algo muy hermoso, porque los ojos de su madre parecían aclararse fugazmente cada vez que se referían al fin de la guerra, tal como a él se le aclaraban los suyos cuando recordaba a Naomi.
¿Y Naomi?
El primero de agosto se despertó inquieta; acababa de soñar que caminaba sobre la nieve. Sola. Descalza. Ni casas ni árboles a su alrededor. Un desierto helado y ella atravesándolo.
Abandonó el tatami (2), se deslizó de puntillas entre sus dormidos hermanos y abrió la ventana de la habitación. ¡Qué alivio! Una cálida madrugada le rozó las mejillas. Ella le devolvió un suspiro.
El dos y el tres de agosto escribió, trabajosamente, sus primeros haikus (3):

Lento se apaga
El verano.
Enciendo
Lámpara y sonrisas.

Pronto
florecerán los crisantemos.
Espera,
corazón.

Después, lió en rollitos ambos papeles y los guardó dentro de una cajita de laca en la que escondía sus pequeños tesoros de la curiosidad de sus hermanos.
El cuatro y el cinco de agosto se los pasó ayudando a su madre y a las tías. ¡Era tanta la ropa para remendar!
Sin embargo, esa tarea no le disgustaba. Naomi siempre sabía hallar el modo de convertir en un juego entretenido lo que quizá resultaba aburridísimo para otras chicas. Cuando cosía, por ejemplo, imaginaba que con cada doscientas veintidós puntadas podía sujetar un deseo para que se cumpliese.
La aguja iba y venía, laboriosa. Así, quedó en el pantalón de su hermano menor el ruego de que finalizara enseguida esa espantosa guerra, y en los puños de la camisa de su papá el anhelo de que Toshiro no la olvidara nunca…
Y los deseos se cumplieron.
Pero el mundo tenía sus propios planes…

(1) Miyashima: pequeña isla situada en las proximidades de la ciudad de Hiroshima.
(2) Tatami: estera que se coloca sobre el suelo, en las casas japonesas tradicionales.
(3) Haiku o haikai: breve poema de dieciséis sílabas, típico de la poesía japonesa.

Elsa Bonermann.No somos irrompibles. Editorial Anaya

El misterio de la risa (Segunda parte). Pilar Mateos. Editorial Anaya (Recomendado: 7-9 años)

26 Mar

pequenodaviron

¡La risa! Los dos hermanos se miraron con asombro. Jamás habían oído esa palabra. Los davirones no se ríen nunca, y eso es lo único que les falta para ser enteramente felices. Por lo demás, reúnen todas las condiciones de la gente feliz. Son muy generosos y no dejan de jugar aunque se hagan viejos. Son emprendedores (1) y activos a ratos, y muy perezosones (2) en otros momentos. Están convencidos de que todo el mundo dice la verdad y tiene buenas intenciones.
-¿Y qué es la risa?
La pobre abuela no sabía explicárselo.
-No sé cómo deciros.
-¿Es como el sonido de una campana?
-Casi, pero no.
-¿Es como el sol cuando hace culebrillas en el agua?
-Casi, pero no.
-¿Como la rosaleda en verano?
-Casi, pero no.
Los pequeños davirones se quedaron pensando un buen rato.
-¿Como si tuvieras una caja de música en el corazón?
-Casi, casi –dijo la abuela-, pero no.
Debía ser algo tan fantástico que no había manera de expresarlo con palabras; algo mucho más difícil que decir que zangandungo o que prestidigitador. ¿De qué podrían reírse los niños si era tan complicado?
-Los más simples se ríen de los demás. Los que están alegres se ríen con los demás. Los que son inteligentes se ríen de ellos mismos.
-¿Y nosotros por qué no nos reímos?
-Porque no sabemos –dijo la abuela-. Siempre ha sido así.
De pronto los pequeños davirones se volvieron transparentes, de una transparencia absoluta, que es el no color de la tristeza. Era porque acababan de darse cuenta de que les faltaba algo fundamental en la vida y que sin ello no valía la pena deslizarse por un tobogán, ni contar chistes, ni pegarle a un compañero un monigote en la cola. Por eso los chistes que contaban los davirones resultaban tan sosos y nadie les encontraba la gracia.
-¿Nunca podremos reírnos?
-Siempre ha sido así –insistió la abuela-, y ningún davirón se ha quejado por eso. Después de todo, somos bastante felices.
-Pero yo quiero reírme –dijo Davi davirón.
-¿Y cómo? –replicó su hermano-. Para eso hay que saber.
-Pues que te enseñen.
-¿Quién va a enseñarte? –intervino la abuela-. En Davirondalia no hay nadie que sepa reírse. Ni siquiera Davironorio, el sabio, ha conseguido aprender a sonreír. Y eso que conoce cincuenta y dos maneras distintas de tropezar con una piedra.
-Entonces no será tan sabio –refunfuñó Davi-davirón.
Estaba tan transparente, de pura pena, que a través de él se veían las florecitas de las sábanas, y las puntillas blancas de los almohadones manchadas de helado de menta. Pero enseguida empezó a teñirse de azul cielo, cada vez más intenso. Y era que estaba pensando.
-Iré a la ciudad –dijo en voz alta-. Y buscaré un niño para que me enseñe.
-¡Buena idea! –exclamó su hermano.
Y se había puesto rojo de contento. La abuela, en cambio, iba cobrando, poco a poco, un ligero matiz (3) amarillo, porque estaba un tanto asustada.
-No sé, no sé –musitaba- (4). A ver si te va a pasar algo.
-Pero no dijo:
-De ninguna manera.
Que es lo que hubieran dicho los padres.
-¿Qué me va a pasar?
-Qué sé yo. Que te atropelle un semáforo, o que te pierdas dentro de un buzón de correos. Hay muchas cartas que se pierden.
La abuela davirona jamás había estado en la ciudad, por eso tenía las ideas algo confusas. Pero sabía dónde estaba situada porque había estudiado geografía. Y era capaz de señalar en el mapa todos los pueblos de los alrededores, y el lugar exacto donde se fabricaban las figuras de azúcar.
-¿Está muy lejos la ciudad?
-Muy lejos. Atravesando los bosques de castaños y los siete puentes sobre las autopistas. Dejando atrás la fábrica de figuritas de azúcar. Más allá todavía de la estación del tren.
-¿Cuánto se tarda en llegar?
-Bastante. No llegarías antes de la primavera.
Eso que los davirones, ya sabéis, son muy veloces corriendo; más veloces que las ardillas. Gracias a esa cualidad son los primeros en alcanzar el nogueral, sacándoles bastante ventaja, tan pronto como maduran las nueces.
-Mañana, nada más levantarme, me pondré en camino –dijo Davi-davirón-. Conseguiré llegar antes que la primavera.

(1) Emprendedor: quien comienza algo alguna dificultad o peligro.
(2) Perezosones: muy perezosos. Que les cuesta trabajo hacer algo.
(3) Matiz: rasgo poco perceptible.
(4) Musitar: susurrar, hablar en voz muy baja.

El pequeño Davirón. Pilar Mateos. Editorial Anaya.

Propuestas para mediadoras y para mediadores.
Esta vez, con el texto de Pilar Mateos que hemos seleccionado, introducimos una nueva manera de leer. Son dos lecturas (esta y la primera parte, pero un solo texto, aunque dividido en dos partes. Las edades en las que pensamos que el texto (y el libro completo: El pequeño davirón, editado por Anaya) pueden hacer disfrutar a lectoras y a lectores son los siete a nueve años. No son fijas esas edades, por supuesto, como siempre comentamos. Es el conocimiento de la mediadora o del mediador quien va a adjudicar las edades de lectura. Temas, personajes, situaciones, sensaciones, actitudes, juegos, relaciones familiares, etc., se dan cita en una lectura muy apropiada a las edades comprendidas a partir de 7 años.

Si disponemos del libro (en la biblioteca o porque alguien lo tenga en casa, por ejemplo), podemos hacernos una idea de quiénes eran los davirones, por las ilustraciones de Javier Serrano, gran ilustrador de la literatura infantil y juvenil. Si no es así, podemos plantear una actividad relajante, ingeniosa y que dé rienda suelta a la creatividad de los integrantes del grupo.
Texto
Las posibilidades que este texto ofrece son sumamente interesantes y, sobre todo, muy variadas. Podemos elegir, si nos centramos en la edad intermedia de las recomendadas (7-9), es decir, los ocho años, aspectos y cuestiones como las siguientes:

¿En qué se parecen los davirones a gente como nosotros? ¿Podríamos llamarnos davirones? Qué te parece ese nombre: ¿crees que sería posible que a nuestro grupo de amigos y amigas nos llamaran así? ¿Y a gente de nuestra familia?

Vamos a ver, primero, cómo son los davirones y cómo somos nosotros. A lo mejor, de esta manera, llegaríamos a alguna conclusión. Vete pensando, mientras, qué nombre pondrías a ese tipo de gente a la que tú perteneces. Piensa, por ejemplo, dónde viven los davirones. ¿Se parece al lugar donde vives tú? Y cómo es la casa de los davirones: ¿se parece a la tuya? ¿En qué se diferencian?

Cuéntanos cómo es tu familia. Esa con la que vives. ¿Tienes hermanos o hermanas más pequeños? ¿Y mayores? Cuéntanos un secreto. Prometemos que sólo lo vamos a saber tú y nosotros. ¿Eres tú, acaso, el benjamín o la benjamina de la familia? ¿Qué número haces en la familia, después de los mayores?

Y ahora vemos estos dibujos animados:

¿Os parecéis en algo a Jelly y Jamm, amigos para siempre, en la pandilla de tus amigas y amigos? Cuéntanos a quién elegirías como amiga o amigo para siempre. ¿Por qué? ¿Es porque te llevas muy bien o porque haces un deporte en el que ganáis, cuando vais juntos o juntas? ¿O es porque vivís cerca y podéis salir cuando queráis? O porque…
Palabra magica
Hoy la palabra mágica es buhardilla. Ya sabes: ese lugar al que Davi-davirón no quería subir aquella noche. Él quería dormir con la abuela. Normalmente estaban allí, arriba, porque era más fácil jugar a muchas cosas. Pero aquella noche, no. Ese día tenía miedo y lo que quería era dormir con la abuela. ¿Tienes buhardilla en tu casa? Podías contarnos un poco cómo es tu casa y decirnos dónde prefieres estar.
Y después de ver estas casas con buhardillas, una pregunta secreta: ¿crees que si vivieras en una buhardilla te pasaría lo mismo que a Davi-davirón, que tenía miedo?
Cuentame
Antes de que tú nos cuentes cosas de tus amigas y amigos, te proponemos ir a esta página. A ver si conoces el juego que se propone. Es, para que te vayas haciendo una idea, el juego del amigo invisible o amigo secreto. A lo mejor, te pasas un buen rato, divertido y, como el pequeño davirón, consigues reírte un montón.

Nuestra pregunta es muy fácil para ti. ¿Has jugado, alguna vez al amigo invisible? ¿Has sido tú quien ha recibido algún regalo de alguien? ¿Te imaginabas quién podía ser o te pilló completamente de sorpresa? ¿Conocías mucho a tu amiga o amigo invisible? ¿Te gustó el regalo? ¿Cuándo hicisteis la entrega de regalos? ¿Dónde se hizo?

Ahora, podías hacer memoria y recordar el día en que más te has reído. ¿Por qué fue? ¿Te gustaría pasar un día como aquél, el que te tronchaste de risa? Dínoslo, a ver si conseguimos reírnos nosotros. Y gracias, por hacernos pasar un rato fantástico. ¡Hasta las próximas carcajadas!
vNq6
Pilar Mateos
Nace en Valladolid (España) en 1942.
Estudia en las universidades de Valladolid, Salamanca y Madrid.
Ha realizado guiones para cine, radio y televisión. Desde 1980 se dedica exclusivamente a escribir obras para un público infantil y juvenil.

Nuestro observatorio
Se pueden consultar más datos biográficos en su página web

Bibliografía

Ofrecemos, a continuación, una selección de libros de la autora tomada de Canal Lector y de su web

El misterio de la risa (Primera parte). Pilar Mateos. Editorial Anaya (Recomendado: 7-9 años)

18 Mar

pequenodaviron

Los davironlenses duermen en el interior de los troncos de los árboles. Los escogen de buen tamaño y los tienen muy bien acondicionados, con dos o tres pisos, para que los benjamines no entorpezcan el sueño ligero de los más viejos. Los benjamines suelen dormir en la buhardilla, que es su sitio preferido. Allí pueden organizar guerras de almohadas y jugar al escondite sin que nadie los moleste, y asomarse por arriba, a ver lo que están haciendo los pájaros, si comen o no, y si ya ha nacido la cría rezagada del último huevo.
Esa noche, sin embargo, Davi-davirón no quiso subir a la buhardilla. Dijo que tenía miedo y que quería dormir con la abuela. Y su hermano mayor, que le llevaba un año, puso la misma disculpa.
-Yo tengo miedo –dijo-. Quiero dormir con la abuela.
Y la abuela se apresuró a hacerles un sitio en la cama, porque los tenía muy consentidos y siempre los estaba malcriando. Por si fuera poco, les llevó a escondidas una buena ración de helado de menta que había guardado para el domingo, con lo que se pusieron los dos perdidos de churretes y dejaron las sábanas pringosas. Pero eso no les importó. Los davirones, todo hay que decirlo, son un poco cochinos y no les molesta nada mancharse de barro o de tinta de bolígrafo; mucho menos de helado de menta.
Lo de que tuvieran miedo esa noche era una simple disculpa. Más cierto era que estaban muriéndose de curiosidad y querían preguntarle una cosa a la abuela; a sus padres, no, porque sus padres enseguida les mandaban a buscar la respuesta en el diccionario. Por eso se lo preguntaron a ella.
-¿Es verdad que existen los niños?
Esta abuela davirona era de las más listas del territorio y nunca en su vida había dicho una mentira. Eso que había cumplido ciento setenta años y no le habían faltado oportunidades.
-Es verdad –afirmó-. Los niños existen.
Los dos hermanos se sentaron en la cama, completamente verdes, desde el pelo hasta la cola; porque el color de la curiosidad es verde. Gracias a esa feliz coincidencia no se les notaban los churretes de helado de menta.
-¿Y cómo son?
Las abuelas casi siempre conservan el color original de los davirones, que es canela claro, como ya he dicho, debido a que todo se lo toman con mucha calma, y sólo se alteran cuando alguien les pierde las tijeras de las uñas. Entonces se ponen moradas furiosas.
-Yo los vi un día –dijo tranquilamente- cuando era así, poco mayor que vosotros. Vi tres niños bajando por el río, metidos en una barca.
-¿Tenían ruedas?
-Los que yo vi, no –dijo la abuela.
Se quedó callada un momento y añadió en un susurro.
-Se reían.
-¿Se reían?
Se hizo un silencio tan grande que se oyó rebullir a los pájaros en sus nidos, y el rumor de las hojas creció como una tormenta.
-Y eso qué es?
-Eso es cuando les da la risa-dijo la abuela. (Continuará).

El pequeño Davirón. Pilar Mateos. Editorial Anaya

Propuestas para mediadoras y para mediadores.
Esta vez, con el texto de Pilar Mateos que hemos seleccionado, introducimos una nueva manera de leer. Son dos lecturas (esta y la segunda parte), pero un solo texto, aunque dividido en dos partes. Las edades en las que pensamos que el texto (y el libro completo: El pequeño davirón, editado por Anaya) pueden hacer disfrutar a lectoras y a lectores son los siete a nueve años. No son fijas esas edades, por supuesto, como siempre comentamos. Es el conocimiento de la mediadora o del mediador quien va a adjudicar las edades de lectura. Temas, personajes, situaciones, sensaciones, actitudes, juegos, relaciones familiares, etc., se dan cita en una lectura muy apropiada a las edades a partir de 7 años.

Si disponemos del libro (en la biblioteca o porque alguien lo tenga en casa, por ejemplo), podemos hacernos una idea de quiénes eran los davirones, por las ilustraciones de Javier Serrano, gran ilustrador de la literatura infantil y juvenil. Si no es así, podemos plantear una actividad relajante, ingeniosa y que dé rienda suelta a la creatividad de los integrantes del grupo.

Invierno. Blas de Otero. Ediciones de la Torre (Recomendado: 16-18 años)

12 Mar

blasdeotero

Ahora desciende el sol al sótano,
con cuidado, suavemente.
Ahora van oscureciéndose las escaleras
del cielo. Encenderemos la lámpara
de la luna.
Ahora un sol amarillo resbala sobre el papel
con un cuidado infinito
de no romperlo ni mancharlo.
Ahora son las cinco y veinticinco de la tarde,
una tarde de invierno
en Madrid.

Blas de Otero. Blas de Otero para niños y niñas… y otros seres curiosos. Ediciones de la Torre

Propuesta para mediadoras y mediadores

Texto
Asistimos a un atardecer. Es el momento en que el poeta mueve la cabeza, atiende con sus ojos a lo que hay alrededor. Ese momento del día en que todo parece que se está yendo. Va descendiendo el sol. Va pasando con cuidado, de forma suave, hasta el sótano. No se percibe ningún sonido en la bajada de la escalera. Al tiempo, arriba, en el cielo, cambia el paisaje. El sol se despide, mientras alguien ocupa el lugar del astro rey. Está el poeta “dentro” de ese paso del tiempo. Dice adiós al que era “jefe” todavía, el sol, mientras se iba resbalando “sobre el papel con un cuidado infinito”.
La luz se apaga y se acaba. Hay que encender una luz. Son las cinco y veinticinco de la tarde. ¿Qué luz enciende el poeta? Elige entre estas respuestas:

  1. Es una luz que alumbra la escalera de su casa, a esa hora.
  2. Cuando se van oscureciendo las escaleras del cielo, es cuando vemos esa lámpara, que es la luna.
  3. En invierno, se produce un fenómeno natural: todo el cielo se ilumina a las cinco de la tarde.

(Solución: respuesta número 2).

Palabra magica
Si echas una ojeada, de nuevo, a la poesía de Blas de Otero, te diremos una intuición de lector. Puede que percibas, como nosotros, en los versos que él nos va diciendo, una palabra. Quizá mejor un concepto. Es la luz. Esa del sol, luego de la luna, por la hora que va llegando: las cinco y veinticinco de la tarde.
Y ahora, intenta conectarte a esta página, pero lee lo que en ella pone, con un aviso anterior. Vamos a comprobar que esa intuición inicial no es un absoluto error. Y serás tú quien nos lo diga.  Podrás decirnos si estás o no de acuerdo en que la luz es, en las palabras de Blas de Otero, algo sobre lo que giran sus líneas. Tanto en el poema que hemos leído, como en las páginas de Fidelidad.

Así pues, consideramos hoy luz, como palabra mágica en lo que hemos leído y visto de lo que escribió el poeta.
Cuentame

Hemos dicho que nuestra palabra mágica de hoy es luz. Pero fíjate también en la importancia de algunas palabras. Por ejemplo, los adverbios. Dice la RAE que son palabras invariables, cuya función consiste en complementar la significación del verbo, de un adjetivo, de otro adverbio y de ciertas secuencias. Hay adverbios de lugar, como aquí, delante, lejos; de tiempo, como hoy, mientras, nunca; de modo, etc. Pero vamos a fijarnos en uno concreto, que el poeta usa para que la lectora o el lector se sitúen perfectamente en el pensamiento del poeta. Es un adverbio de tiempo. ¿Sabrías decirnos cuál utiliza Blas de Otero para situarnos correctamente, en el momento que él recuerda cuando escribe? Como pista, te diremos que te fijes en los versos 1, 3, 6 y 9. Y este último, el noveno verso, hay, además del adverbio de tiempo ahora, una mayor precisión del poeta. Ahora son las cinco y veinticinco de la tarde. ¿Te das cuenta de la importancia que el poeta concede al momento presente, el que está viviendo en ese preciso momento? Por eso emplea el adverbio de tiempo: ahora.

Podías, ayudándote de la poesía del maestro Blas de Otero, decirnos algo tan “simple”, tan “sencillo”, como lo que él nos cuenta, poéticamente. Inténtalo. A lo mejor descubres que te encanta escribir. Y más, poesía. Si no lo intentamos alguna vez, nunca lo sabremos. Aquí tienes algunas ideas.

Empezamos. ¿Que está sucediendo a tu lado? ¿Qué hora es? ¿Qué estás viendo? Miras al cielo y descubres cómo está. ¿Está nublado? ¿Tiene pinta de ir a llover? ¿Hay todavía un poquito de sol? ¿Cuánto crees que te queda, antes de que caiga la noche? La hora exacta, como hace el poeta, nos dará una pista definitiva.
Autor
Blas de Otero

Nació el 15 de marzo de 1916 en Bilbao (España) y murió el 30 de junio de 1979 en Majadahonda, Madrid (España).
Sus primeros estudios fueron en su ciudad natal,  los acaba en Madrid pues la familia tuvo que trasladarse por problemas económicos. Comenzó a estudiar Derecho aunque le costó acabar la carrera porque tenía que trabajar para mantener a su familia, al morir el padre. Siente la vocación de escritor desde muy joven. Colaboró con varios medios. Un viaje a París provoca su transformación, y se convierte en un paladín de la libertad. Viajará por toda España para conocer sus gentes y posteriormente también al extranjero, principalmente a los países de la órbita socialista. Fue uno de los representantes de la poesía social de los años 50.

Nuestro observatorio

Más datos biográficos sobre el autor en la página web de su Fundación.

Bibliografía
Libros y otras publicaciones sobre  Blas de Otero recogidos en la página web de la Fundación que lleva su nombre.

Un indio ciego. Ricardo Gómez Gil. Editorial SM (Recomendado: 11-14 años)

5 Mar

ojo de nube

Un crow ciego era un obstáculo para la tribu, cuando tenía que viajar desde las montañas hacia las praderas, o al revés.                            Tampoco era útil para el poblado un ciego crow cuando la supervivencia diaria dependía de la caza, de la pesca y de la recolección. Ni cuando había que escapar de las amenazas de animales que corrían o se arrastraban por la tierra. O cuando tenían que defenderse de los ataques de otras tribus…
Por eso, entre los crow nadie censuraba al padre o al hijo que abandonaba a un ciego, si este representaba un obstáculo para la vida de la comunidad. Y la persona ciega, cuando era mayor, aceptaba con resignación volver con el Gran Espíritu, porque sabía que ya era un estorbo para la vida de los demás.
Pero la madre de Cazador Silencioso, que había vivido con su hijo durante esas dos semanas y que había sentido cómo su alma se alojaba en su pequeño cuerpo, no quería abandonar a su hijo, a pesar de las advertencias de la abuela Luz Dorada.
Al repetirle que ese niño era un problema para la familia y el resto de la tribu, Abeto Floreciente respondió con energía a su madre:
-Madre, no insistas. ¡Yo seré sus ojos!
Al regresar Arco Certero a la noche siguiente y enterarse de que su hijo era ciego y que no podría cazar con él ni en las praderas ni en las montañas, sintió una tristeza tal que no dijo una sola palabra y se encerró en su tipi.
Pero su mujer envió a sus hijas y a su hijo al cuidado de la abuela y pasó la noche con su marido, consolándole y susurrándole al oído mientras le acariciaba:
-No te preocupes, querido, porque yo seré sus ojos.
A la mañana siguiente, Abeto Floreciente comunicó a su madre, a sus hijas y al resto de las mujeres de la tribu que su hijo se quedaría con ella y que a partir de ese momento el niño se llamaría Ojo de Nube.
Pasaron las semanas y, a excepción de su ceguera, Ojo de Nube creció como un niño sano.
Cuando lloraba, lo hacía con energía. Cuando dormía, lo hacía con placidez. Y las horas en que estaba despierto, producía un ronroneo que parecía una canción: gau-gaugau-gau
Mientras Abeto Floreciente realizaba la recolección en el bosque con otras mujeres, hablaba a su hijo y le contaba cómo era el mundo que esos ojos nunca podrían contemplar:
-Hemos venido a buscar piñas maduras, de las que caen del árbol al suelo antes de que broten las nuevas. Debemos llegar antes de que lo hagan las ardillas. Las mejores son las piñas que comienzan a cuartearse y que mantienen la capa de resina. Acabarán de abrirse los próximos días al lado de nuestros fuegos y luego podremos romper la cáscara y guardar los piñones.
Por las noches, cuando su marido y sus hijas dormían, la madre se acurrucaba junto al niño y le susurraba al oído:
-Al llegar la próxima luna llena tendremos que abandonar las montañas e ir hacia las praderas porque llegará el invierno, la nieve lo cubrirá todo y los grandes animales del bosque bajarán al arroyo para buscar el alimento que les corresponde.
O le contaba alguna antigua leyenda:
-Eso que oyes es el Viento del Norte, que dentro de poco se hará más y más gordo y que vendrá cargado con sacos llenos de nieve. Hace muchos, muchos años, el Viento del Norte llevaba la nieve solo de la cima de una montaña a la cima de otra montaña, viajando con su saco cargado entre barrancos y ríos, sin dejar caer un solo copo, pero una vez se encontró con el Gran Espíritu, que le preguntó si podría darle un poco de esa nieve…
Abeto Floreciente no se separaba de su hijo en ningún momento. Lo llevaba al pecho o a la espalda, se acurrucaba en el lecho contra él para contarle los sucesos del día, o cuidaba del fuego con él en el regazo. Cierva blanca y Montaña Plateada lo comprendían, porque la madre debía ser los ojos del pequeño.
Arco Certero, cuando estaba a solas, movía la cabeza y se lamentaba pensando que su hijo sería muy infeliz. Y se entristecía pensando que nunca podría cazar con él en las montañas ni en las grandes praderas.
Ojo de Nube escuchaba a veces a su madre en silencio. También en silencio dejaba que ella posase sobre su pequeño pecho una hoja de tejo, una cinta de cuero o una pluma de pájaro, para que conociera en su piel las cosas que sus ojos no podrían ver. Pero otras veces parecía responder con maullidos que semejaban canciones: Mau-gau-maugau-gaugau
Llegó la quinta luna llena y, con ella, los primeros vientos fríos. Repletos los sacos de frutos y semillas y secadas las carnes de los animales cazados, los crow recogieron sus pieles, sus tipis y los palos que sostenían las tiendas, preparándose para el viaje.
Antes de partir, cada familia dejó en el centro de donde había plantado su tipi un puñado de frutos y semillas y una ofrenda de carne y de pescado, como agradecimiento a la Madre Tierra por haberles dejado utilizar su suelo y tomar su agua.
También agradecieron al Gran Espíritu del Bosque que les hubiera permitido recolectar frutos, recoger resinas o quemar leña.
Y dieron las gracias al Gran Espíritu porque los peces se hubieran dejado pescar y los ciervos se hubieran dejado cazar.
Por último, en una danza en la que participaron de ancianos a niños, se alegraron por haber pasado en las montañas cinco lunas más, deseando estar de regreso cuando las nieves se hubiesen retirado y los grandes animales del bosque se hubieran saciado de la comida que les correspondía.
Después de todo eso, el pequeño grupo de indios crow emprendió su viaje anual hacia las grandes praderas.

Ricardo Gómez Gil. Ojo de Nube. Editorial SM

Propuestas para mediadoras y para mediadores
Texto
Unos lectores nos presentan el libro del que hemos tomado el texto que acabas de leer.

Además, nos vamos a situar, de maravilla, viendo cosas de ese mundo en que vivía el protagonista de la historia: Ojo de nube. Estas son las casas de los indios crow.

Esta es una página informativa que ofrece desde el número de personas que caben en un tipi, el lugar donde se encuentran, el dinero que cuesta pasar una noche allí, los paisajes que puedes contemplar, las ciudades más próximas al asentamiento de los tipis, las actividades en la Naturaleza que recomiendan, la comida que puedes tomar y todo un completo servicio para visitar y vivir en un lugar mágico. Cuéntalo a tus mayores y a ver si se animan y hay dinero para conseguir ir allí. ¿Te imaginas? Bueno, por probar, no se pierde nada.

Palabra magica

Hoy la palabra mágica es tribu. Lo primero que haremos es saber qué dice el diccionario como definición de esta palabra. Así, podremos acercarnos a las diferentes tribus que vamos a conocer, gracias a internet.

Una tribu es un grupo humano, de diferente número de personas. Integran la tribu personas que tienen unas características comunes, que suelen formar pandillas, con los mismos gustos y aficiones. Vemos en la página siguiente, algunas tribus de indios norteamericanos, en el pasado siglo XX.

Y en las próximas páginas, verás que aparecen nuevas tribus. Las que ya en el siglo pasado se denominaban tribus urbanas. Son grupos de gente, casi siempre jóvenes y adolescentes, que se visten de forma parecida, viven en ciudades, normalmente muy pobladas, donde pretenden encontrar nuevas vías de expresión, porque las que ven no les parecen adecuadas.

Cuentame
Solo una pregunta antes: ¿conoces algún Ojo de nube? Es decir: ¿tienes, en tu familia, amigas o amigos, vecinos, algún niño que esté o haya estado ciego? ¿Y con alguna otra discapacidad? ¿Qué le dices a ese niño o a esa niña, a quien le falta el sentido de la vista o algún otro? ¿Sabes que en nuestro mundo actual existen organizaciones que se dedican a la ayuda de gente que tiene alguna discapacidad? Cuéntanos qué se hace en tu centro escolar, en tu barrio o pueblo, para ayudar a la gente que tiene algún problema físico o psíquico, mental. ¿Conoces estas asociaciones,  grupos de trabajo, personas, que se dedican a ayudar a la gente? Aquí tienes unas cuantas.

Si puedes y te interesa, no lo dudes. Contacta con personas que ayudan a la gente que lo necesita. Es probable que te haga falta hablar con los mayores que tienen la responsabilidad de tu vida. Habla con ellos y plantéales tus reflexiones. Hay mucha gente que nos necesita y podemos echar una mano. Mejoremos su vida, en la medida en que podamos. Que tengas y tengan suerte. Ese es nuestro deseo.
Autor
Ricardo Gómez Gil
Nace en Segovia en 1954. Estudia Matemáticas y fue profesor de esta asignatura durante más de veinte años. Su incursión en el mundo de la literatura se produce a mediados de los años noventa  del siglo pasado. Desde entonces ha cultivado distintos géneros: poesía, novela y relato corto, y ha recibido numerosos premios y menciones.
Nuestro observatorio
Se pueden consultar más datos biográficos sobre Ricardo Gómez en su página web.


Bibliografía

Ofrecemos, a continuación, una selección de libros del autor tomada de Canal Lector.