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Cura para una enfermedad asesina. Dr. Mike Goldsmith. Editorial Siruela (Recomendado: 16-18 años)

17 Sep

eureka

¿Podría Pasteur frenar el virus de la rabia en el momento?

El 6 de julio de 1885, Louis Pasteur se vio metido en una lucha a vida o muerte. El niño de nueve años Joseph Meister, de Alsacia (Francia), llegó al laboratorio de Pasteur en París tras un viaje de 400 kilómetros. Dos días antes, el pequeño había sido salvajemente atacado por un perro rabioso. Había sufrido 14 mordeduras en total. Pasteur pidió a dos médicos franceses, Alfred Vulpian y Jacques-Joseph Grancher, que lo vieran. Los dos coincidieron en que, sin tratamiento, era muy probable que muriera.
Pasteur recordaba el terrible sufrimiento de las víctimas de la rabia que había visto cuando era un colegial. El virus de la rabia, transportado en la saliva del animal, tardaba varias semanas en llegar al sistema nervioso y atacaba a la médula espinal y al cerebro. Las víctimas sufrían espantosos temblores, fiebres y espasmos. También tenían alucinaciones, lo que quiere decir que veían cosas que no existían. Tragar les resultaba enormemente doloroso; al final entraban en coma. Poco después sobrevenía la muerte.
Pasteur y su ayudante, Émile Roux, llevaban unos tres años experimentando con un tratamiento contra la rabia, pero Pasteur pensaba que a su trabajo le faltaba mucho para estar concluido. Aunque había probado su vacuna en unos cuantos perros, aún tenía que probarla en un ser humano. Pasteur y sus ayudantes habían puesto en peligro sus propias vidas recogiendo perros rabiosos y sus babas infectadas.
Durante un período de 10 días terriblemente tenso, Pasteur inoculó a Joseph Meister 13 dosis de la vacuna contra la rabia, cada una más fuerte que la anterior. Esperó con inquietud que el tratamiento resultase eficaz. La reacción de Joseph a la vacuna significaría el triunfo o el fracaso de la carrera de Pasteur. Sin embargo, este sabía que las pruebas científicas estaban de su lado: la rabia no era la primera dolencia mortal que investigaba. En 1877 se había extendido por Europa el ántrax, un virus letal que mató a miles de ovejas.
El ántrax era capaz de infectar y matar seres humanos además de ovejas. Gracias a sus experimentos, Pasteur halló que podía crear una forma debilitada de la enfermedad. Cuando la inoculaba a las ovejas, sus cuerpos producían unas sustancias que combatían la enfermedad con éxito. En 1881, Pasteur inyectó su nueva vacuna contra el ántrax a un rebaño de ovejas.
Veinte días después infectó con ántrax no debilitado a estos mismos animales y a otro grupo no vacunado. Todos los animales que no habían recibido la vacuna de Pasteur murieron. Todos los que la recibieron, vivieron. Pasteur utilizaba esta experiencia para crear su vacuna contra la rabia. Averiguó que la médula espinal de los conejos rabiosos, si se dejaba secar, producía una versión mucho más débil del virus.
Cuando se le inoculaba a un animal, la versión más débil del virus no causaba un brote completo de la enfermedad. ¡Por el contrario, hacía que el cuerpo produjera sustancias llamadas anticuerpos, que combatían la dolencia!
Por la misma razón, el tratamiento aplicado al joven Joseph Meister fue un enorme éxito. Sobrevivió y regresó a su casa. Pasteur fue aclamado y los pacientes acudieron en tropel a París. Entre octubre de 1885 y diciembre de 1886, Pasteur y sus compañeros trataron a 2.682 personas que creían estar infectadas de la rabia. Más del 98 por ciento de aquellos pacientes sobrevivieron. Joseph llegó a ser un adulto sano. Tras servir en el ejército francés durante la 1ª Guerra Mundial, trabajó como portero en el Instituto Pasteur, desde entonces un centro que es líder mundial en la investigación microbiológica y de enfermedades.

Dr. Mike Goldsmith . ¡EUREKA! Los descubrimientos científicos más asombrosos de todos los tiempos. Editorial Siruela

RECURSOS

Propuestas para mediadoras y para mediadores

Texto
Ahora disponemos de una gran herramienta, Internet, que nos permite acercarnos a ideas, conceptos, métodos de trabajo, grandes personajes, soluciones a diferentes problemas y mucho más. En el texto hemos leído cómo Louis Pasteur llegó al descubrimiento y solución del problema de la enfermedad de la rabia.
Lo que parece muy evidente es la importancia que tiene la información, la investigación y el estudio, si queremos llegar a descubrir cosas fundamentales para la Humanidad. Y si nos acercamos a los grandes sabios o a las grandes sabias en el mundo y en el tiempo pasado, presente y quién sabe si también futuro, iremos descubriendo desde quiénes somos hasta quiénes podríamos llegar a ser. Temas tan apasionantes como, por ejemplo, la astrofísica, en la que también trabaja el autor de nuestro texto de hoy, pueden resultarnos más comprensibles y cercanos, escuchando conferencias, charlas, palabras, como las que puedes descubrir hoy, en esta página, donde oiremos al doctor Montesinos, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

Palabra magica
Nuestra palabra mágica hoy es información. Gracias a la información de algo o sobre algo podemos llegar al conocimiento. Así se mueven las personas que luego generan el saber, el conocimiento de lo que estudian y nos transmiten.

Hemos llegado, gracias a internet, a “ver”, a leer lo que hizo Louis Pasteur hace muchos años, cuando descubrió la manera de combatir la enfermedad de la rabia. Pero hemos visto y trabajado gracias a un soporte, es decir, el material donde se comunica la información. Porque el soporte es sólo eso, una herramienta. Pero lo trascendental, lo fundamental para el ser humano es leer, o sea, la lectura.

Y para disfrutar de ella y conseguir el conocimiento, nos trasladamos, en un vertiginoso cambio de soporte, a uno que conocemos muy bien. Ese objeto maravilloso, que emplea como material el papel y que denominamos libro. Como lugares donde ir para transitar por esos objetos mágicos, te recomendamos las bibliotecas, las librerías y, también, por supuesto, internet. En la siguiente página puedes comprobarlo.

Cuentame
Queremos, ahora, escucharte, leerte. ¿Has dicho, hace poco, ¡Eureka!, alguna vez? Es decir: ¿has encontrado algo que buscabas con mucho afán o ilusión?

Explícanos en qué ha consistido ese descubrimiento. ¿Ha sido el reencuentro con una persona, que creías desaparecida de tu vida y la has vuelto a ver? ¿Has vuelto a ir a ese lugar, al que hace tanto tiempo que no ibas? ¿Lo has encontrado como lo imaginabas o ha cambiado tanto que casi no lo recuerdas? Si eres amante del deporte, ¿qué te ha satisfecho muchísimo hace muy poco? ¿Has escuchado a tu cantante o a tu grupo favorito y siguen siendo buenísimos? ¿Has visto aquella película que te encantó, cuando eras más joven? La evolución de tu familia y amigas o amigos, ¿sigue por los caminos que tú pensabas? O, por el contrario, ¿te has llevado unos chascos terroríficos?

También nos podrías contar tus impresiones y consejos que nos puedes dar sobre lecturas determinadas. Lo leeremos con mucho cuidado y ya, de antemano, te damos las gracias por ello.

Autor
Mike Goldsmith
Nació el 12 de julio de 1962 en Londres (Inglaterra).
Licenciado en Filosofía y Física en la Universidad de Keele. Se doctoró en astrofísica. Ha trabajado en un Grupo de Acústica en el Laboratorio Nacional de Física de Inglaterra. Ahora trabaja de forma independiente.  Ha publicado muchos artículos científicos e informes técnicos, principalmente sobre astrofísica y acústica.  Ha escrito además 40 libros de ciencia para niños y adultos.

Nuestro observatorio
Se pueden consultar más datos biográficos y otras curiosidades en su página web

Bibliografía
Ofrecemos, a continuación, una relación de libros tomada de Canal Lector

Marcovaldo en el supermercado. (Segunda parte). Italo Calvino. Libros del Zorro Rojo (Recomendado: 16-18 años)

28 May

Marcovaldo

Marcovaldo se esforzaba en no dejar rastro, recorría un camino en zigzag por las secciones, siguiendo ora a atareadas criaditas, ora a damas emperifolladas. Y conforme una u otra alargaba la mano para tomar una calabaza amarilla y olorosa o una caja de queso en porciones, él las imitaba. Los altavoces difundían musiquillas alegres: los consumidores se movían o paraban siguiendo el ritmo, y en el momento preciso tendían el brazo, se hacían con un artículo y lo metían en su cesta, siempre al compás de la música.
El carrito de Marcovaldo estaba ahora repleto de mercancía; sus pasos lo llevaban a adentrarse en secciones menos frecuentadas; los productos de nombre cada vez menos descifrable venían en cajas con figuras que no aclaraban si se trataba de abono para lechuga o de semilla de lechuga o de lechuga propiamente dicha o de veneno para la oruga de la lechuga o de cebo para atraer a los pájaros que se comen esos gusanos o quizá de condimento para la ensalada o para los pajaritos fritos. Por si acaso, Marcovaldo se llevaba dos o tres cajas.
De esta suerte andaba entre dos altos setos de mostradores. De pronto, el pasillo se acababa y venía un largo espacio vacío y desierto con luces de neón que hacían brillar los azulejos.
Marcovaldo se encontraba allí, solo con su carro de productos, y al fondo de aquel espacio vacío estaba la salida, con la caja. Su primer impulso fue lanzarse de cabeza empujando el carrito como un tanque y escapar del supermercado con el botín antes de que la cajera pudiese dar la alarma. Pero en aquel momento por otro pasillo próximo asomó un carrito más cargado aún que el suyo, y quien lo empujaba era su mujer, Domitila. Y, por otra parte, asomaba un tercero y Filippetto que empujaba sacando fuerzas de flaqueza.
Era aquel un punto en que los pasillos de muchas secciones convergían, y de cada embocadura salía un hijo de Marcovaldo, todos empujando sus carricoches cargados como buques mercantes. Todos habían tenido la misma idea y ahora, al volverse a encontrar, advertían que habían reunido un completo muestrario de las existencias del supermercado.
-Papá, ¿entonces somos ricos? –preguntó Michelino-. ¿Habrá como para comer un año?
-¡Atrás! ¡Aprisa! ¡Alejaos de la caja! –exclamó Marcovaldo dando media vuelta y escondiéndose, él y su carga, detrás de los mostradores; y emprendió una carrera doblado en dos como bajo el fuego del enemigo, volviendo a perderse por las secciones. Un estruendo resonaba a sus espaldas, se dio la vuelta y vio a toda la familia que, empujando sus vagones como un tren, galopaba pisándole los talones.
-¡Nos va a costar una millonada!
El supermercado era espacioso e intrincado como un laberinto: había para dar vueltas horas y horas. Con todas esas provisiones, Marcovaldo y los suyos habrían tenido para pasar todo el invierno sin salir de allí. Pero los altavoces ya habían interrumpido su musiquilla y decían:
-¡Atención! ¡Dentro de un cuarto de hora cierra el supermercado! ¡Sírvanse pasar por caja!
Había llegado la hora de deshacerse de la carga: ahora o nunca. A la llamada del altavoz el tropel de clientes caía preso de una furia frenética, como si se tratase de los últimos minutos del último supermercado en el mundo entero, una furia no se sabe si de llevarse todo lo que había o de dejarlo todo, en fin, una de empujones en torno a los mostradores y Marcovaldo, con Domitila y sus hijos, aprovechaba para reponer la mercancía en los anaqueles o para deslizarla en los carritos de otras personas. Las restituciones se hacían un tanto al buen tuntún: el papel matamoscas en el mostrador del jamón, un repollo entre las tartas. No se dieron cuenta de que una señora en lugar del carrito empujaba un cochecito con un bebé: le endosaron una botella de vino.
Eso de privarse de las cosas sin haberla ni siquiera catado era un sufrimiento como para que se saltaran las lágrimas. No es de extrañar que, justo cuando dejaban un tarro de mayonesa, les viniera a la mano un racimo de plátanos y se lo quedaran; o un pollo asado en lugar de un escobón de nailon; con ese sistema sus carritos, al compás que se vaciaban, se volvían a llenar.
La familia con sus provisiones subía y bajaba por las escaleras mecánicas y en cada piso, en cualquier parte, desembocaba en pasillos obligatorios, donde una cajera centinela apuntaba con una máquina calculadora crepitante como una ametralladora contra los que hacían ademán de salir. El deambular de Marcovaldo y familia se parecía cada vez más al de animales enjaulados o al de reclusos en una luminosa prisión de muros con paneles de colores.
Arribaron a un lugar en el que los paneles de la pared estaban desmontados, donde había una escalera de mano apoyada, martillos, herramientas de carpintero y de albañil. Una empresa estaba construyendo una ampliación del supermercado. Cumplido su horario de trabajo, los obreros se habían marchado dejando las cosas de cualquier modo. Marcovaldo, provisiones al frente, se coló por el agujero de la pared. Al otro lado reinaba la oscuridad; él siguió adelante. Y la familia, con los carritos, detrás de él.
Las ruedas de los carritos rebotaban por un suelo como desempedrado, a trechos arenoso, luego por un piso de tablas mal ajustadas. Marcovaldo avanzaba balanceándose por una tabla, los otros seguían. De pronto vieron delante y detrás y arriba y abajo un montón de luces sembradas a lo lejos y alrededor el vacío.
Se hallaban en el armazón de tablones de un andamiaje, a la altura de una casa de siete pisos. La ciudad se extendía a sus pies con un centellear luminoso de ventanas y rótulos y chispazos eléctricos de los troles de los tranvías; más arriba aparecía el cielo tachonado de estrellas y de luces rojas de antenas de las emisoras de radio. El andamiaje temblaba bajo el peso de tamaña cantidad de mercancía en equilibrio. Michelino dijo:
-¡Tengo miedo!
De la oscuridad salió una sombra. Era una boca enorme, sin dientes, que se abría avanzando sobre un interminable cuello metálico: una grúa. Bajaba hacia ellos, se detenía a su altura, la quijada inferior sobre el borde del andamio. Marcovaldo inclinó el carrito, vació su mercancía en las fauces del hierro, y siguió adelante. Domitilla hizo lo mismo. Los chicos imitaron a sus padres. La grúa cerró sus fauces sobre todo aquel botín del supermercado y con un graznador movimiento de poleas echó la cabeza atrás, alejándose. Abajo se encendían y giraban los letreros luminosos de mil colores que invitaban a comprar los productos en venta en el gran supermercado.

Italo Calvino. Marcovaldo. Libros del Zorro Rojo

Propuestas para mediadoras y para mediadores.
Texto

Vamos a hablar de una palabra. La habrás oído en muchas ocasiones. Sabes, por tanto, lo que significa. Es la palabra obsoleto. Su significado es (siempre según el diccionario de la RAE): pasado de moda, antiguo, en desuso. De esa palabra tenemos obsolescente: que está volviéndose obsoleto. Es una palabra que vas a leer ahora, en la dirección que te proponemos.

Pero hay dos palabras que sobrevuelan, sobre casi todo lo que tiene que ver con la compra y la venta de productos en los comercios. Quizá mejor diremos, como en el caso de Marcovaldo y familia, en los supermercados, también llamados “grandes superficies”. Esas dos palabras-clave son: el verbo consumir y el sustantivo moda. Te proponemos un juego del español, de nuestro idioma, con la palabra moda. Quizá sepas también usos de esa palabra en inglés, francés, alemán, chino u otros idiomas. Pero hoy el juego consiste en relacionar correctamente números y letras. Frases con la palabra moda y los significados que tiene:

1 Pasar de moda.
2 Estar de moda.
3 Entrar en la moda.
4 Ponerse de moda.
5 Ir a la moda.

A Vestirse según las tendencias que gustan a un público determinado y mayoritario.
B Considerar algo antiguo y obsoleto.
C Realizar algo que gusta, puntualmente, a un público variado y abundante.
D Observar una tendencia que gusta mayoritariamente y adoptarla.
E Fenómeno, situación, actitud, modelo que antes no era común y del gusto de la mayoría y, sin embargo, pasa a serlo, por determinadas circunstancias. “Se ha puesto de moda el chicle de sandía”.

(La solución es:  1-b;  2-d; 3-c; 4-e;  5-d)

Palabra magica
Hoy la palabra mágica es venta. En un mundo como el actual, abarrotado de productos que se venden, hay una palabra fundamental, que ayuda a vender un producto. Y esa palabra es publicidad. Se habla ahora, por la importancia que tiene, del poder de la publicidad. Visita la página siguiente, donde encontrarás informaciones muy interesantes sobre el fenómeno de la publicidad

Ya has visto lo que se utiliza, frecuentemente, como técnica publicitaria: la PLV. Son las siglas de: Publicidad en el Lugar de Venta. Ahí podemos encontrar desde el stand propiamente dicho, expositores, carteles, pantallas digitales y toda clase de elementos que permitan mejorar la venta del producto, que hagan buena publicidad.

Lo más difícil, hoy en día, es superar a la competencia. Es decir: ganar en la rivalidad entre dos o más empresas que ofrecen el mismo o muy parecido producto para vender.
Cuentame

Pues hoy te toca a ti vendernos tu producto. Es una decisión enormemente personal. Tienes que pensar, primero, qué producto es el que vas a publicitar y por qué te interesa venderlo. Como pasos que puedes seguir, te recomendamos:

1º Haz primero un análisis de los métodos de publicidad que usan los productos que te interesan.
2º ¿A quién vas a dirigir tu producto? Elige, primero, la franja de edad a quien va dirigido: ¿es un producto para niños y niñas, jóvenes, adultos?
3º ¿En qué lugar crees que se podría publicitar tu producto, para obtener un importante resultado en las ventas? Numera de la a) a la g), según tu criterio, el medio que elegirías:

  1. En la televisión, en el horario estrella.
  2. En internet.
  3. En la prensa diaria.
  4. En el cine, antes de una película.
  5. En la PLV de un gran almacén.
  6. En los buzones de las casas importantes de tu ciudad.
  7. En las tiendas de las ciudades, donde se comercialice tu producto.

Bien. Ya sabemos una serie de técnicas que usan los fabricantes de distintos productos y, otras, las de los vendedores. Hemos ido también a los lugares que se consideran más idóneos, para vender los productos. Hasta hemos analizado cuándo promocionarlos y dónde hacerlo. Toda una serie de cosas que hay que hacer para vender mejor. Y ahora, nos vamos al otro lado del “río” de las ventas, a la otra orilla.

Entramos en el mundo de las compradoras y de los compradores de productos. Ese lugar al que vamos habitualmente, casi sin pensarlo. Y nos hacemos, por ello, una serie de frases, para saber si somos lo suficientemente libres en nuestras decisiones o, por el contrario, estamos presos de quienes venden y de sus fórmulas de venta. Es decir, esclavos del consumismo feroz. Son frases, las que ahora vas a ver, con las que tienes que estar de acuerdo, o no; pero tu sola o tu solo. Suma los números de las frases con las que estás de acuerdo. Es lo que tú haces. Al final, sabrás el grado de libertad que tienes o el grado de consumista que eres.

1. Cuando salgo de casa, voy a pasar un rato con alguien, porque tenemos tiempo para charlar. Y mi vicio es ir a un concierto. Si es de los Rolling Stones y tengo dinero, mejor que mejor. Son geniales.
2. Cuando salgo de casa, voy al gran almacén, a ver qué hay que me pueda comprar.
3. Suelo comprar algo que no necesito, cuando está a buen precio y me mola mucho. A mí me gusta comprar.
4. Creo que para comprar, lo que sea, siempre se puede conseguir dinero.
5. Tengo varios sitios fantásticos para comprar. Son mis preferidos y me tratan genial.
6. Me conocen ya los dependientes porque yo, en eso, no fallo nunca.

Si, por casualidad, sólo consideras que hay una frase con la que estás de acuerdo, es decir, responde a lo que piensas y dices, ¡enhorabuena! Es la número 1. O sea, tu número.
Autor
Italo Calvino

Nació el 15 de octubre de 1923 en Santiago de las Vegas (Cuba) y murió el 19 de septiembre de 1985 en Siena (Italia).
Sus padres eran italianos, y se marcharon pronto a Italia donde inició su formación.
Tuvo que abandonar sus estudios por el comienzo de la segunda guerra mundial. Se afilió al Partido comunista italiano que abandonaría posteriormente. Después de la guerra estudia Literatura en la Universidad de Turín. Muy interesado por denunciar y analizar todos los temas contemporáneos, entre otros: la soledad, el miedo, la alienación urbana, utilizando un lenguaje irónico. En sus libros hay mezcla de realidad y fantasía.

Nuestro observatorio

Se pueden consultar más datos biográficos en Wikipedia

Bibliografía
Ofrecemos, a continuación, una relación de libros tomada de Canal Lector

 

Marcovaldo en el supermercado. (Primera parte). Italo Calvino. Libros del Zorro Rojo (Recomendado: 16-18 años)

21 May

Marcovaldo

A las seis de la tarde la ciudad caía en manos de los consumidores. A lo largo de toda la jornada la gran ocupación de la población productora era producir: producían bienes de consumo. A una hora determinada, como por el disparo de un interruptor, dejaban de producir y, ¡andando!, se lanzaban todos a consumir. Cada día, cuando una floración impetuosa no acaba de abrirse tras los escaparates iluminados, ni los rojos embutidos habían sido colgados, ni las torres de platos de porcelana se habían alzado hasta el techo, ni los rollos de tela se habían desplegado y mostrado como ruedas de pavo real, ya irrumpía el gentío consumidor a desmantelar, roer, palpar y arrasar con todo. Una fila ininterrumpida serpeaba por las aceras y los soportales, se prolongaba a través de las puertas de cristal de los comercios alrededor de todos los mostradores, impelida por los codazos de todo el mundo en las costillas de todo el mundo a modo de continuos golpes de émbolo. ¡Consumid!, y tocaban los artículos y los dejaban y otra vez a tocarlos y se los arrancaban mutuamente de las manos; ¡consumid!, y obligaban a las pálidas dependientas a desplegar sobre el tablero más y más ropa blanca; ¡consumid!, y los carretes de cordel encarnado giraban como peonzas, las hojas de papel floreado sacudían sus alas envolviendo las compras en paquetitos y los paquetitos en paquetes y los paquetes en paquetones, atado cada uno con un lazo. Y sucesivamente paquetones, paquetes, paquetitos, bolsas, bolsitas se arremolinaban alrededor de la caja en un atasco insoluble, manos hurgaban en los bolsillos buscando los monederos y dedos hurgaban en los monederos buscando las monedas, y allá abajo, en un bosque de piernas anónimas y faldones, los críos que ya no eran llevados de la mano se perdían y lloraban.
Una de aquellas tardes Marcovaldo salió con la familia a distraerse. Hallándose sin un céntimo, su distracción consistía en ver como los demás hacían compras; por lo mismo que el dinero, cuanto más circula, tanto más esperado es por quien no lo tiene: “Tarde o temprano acabará por caer, por poco que sea, también en mis bolsillos”. Aunque a Marcovaldo su paga, entre que era poca y que en la familia eran muchos y que había que pagar plazos y deudas, se le iba el momento de cobrarla. Con todo, darse una vuelta por el supermercado no dejaba de ser su entretenimiento.
El supermercado funcionaba en régimen de autoservicio. Tenía sus carritos, una especie de cestos de metal con ruedas, y cada cliente empujaba su carrito y lo llenaba de todo lo imaginable. También Marcovaldo, al entrar se hizo con su carrito, otro su mujer y otros más cada uno de sus cuatro hijos. Y allá marchaban en fila empujando sus carritos, entre mostradores atestados de montañas de cosas comestibles, señalándose unos a otros las longanizas y los quesos y nombrándolos, como si reconocieran en la multitud caras de amigos, o por lo menos de conocidos.
-Papá, ¿podemos llevar esto? –preguntaban a cada minuto los niños.
-No, no hay que tocarlo, está prohibido –decía Marcovaldo acordándose de que al final de la vuelta les aguardaba la cajera para la suma.
-¿Y por qué aquella señora lo toma? –insistían, viendo a tantas buenas mujeres que, si entraron para comprar solo un par de zanahorias y un apio, no podían resistir ante una pirámide de tarros y ¡tum!, ¡tum!, ¡tum!, con un gesto entre absorto y resignado dejaban caer latas de tomates pelados, melocotones en almíbar, anchoas en aceite que repiqueteaban en el carrito.
La cuestión es que, si tu carrito está vacío y los otros llenos, llega un momento en que no lo aguantas: entonces te entra una envidia, una congoja y no te puedes contener. En esa coyuntura Marcovaldo, después de haber instado a su mujer y a sus hijos a que no tocaran nada, dobló veloz por un pasillo entre los mostradores, se hurtó a la vista de sus familiares y, tomando de un anaquel una caja de dátiles, la depositó en su carrito. Quería únicamente darse el gusto de pasearla diez minutos, exhibir él también sus compras como los demás, y después devolverla a donde la había encontrado. Esa caja, y de paso una roja botella de salsa picante y un paquete de café y una bolsa azul de fideos. Marcovaldo tenía la impresión de que, haciéndolo con cuidado, podía por lo menos durante un cuarto de hora experimentar el gozo de quien sabe elegir un artículo, sin tener que pagar ni una moneda. ¡Pero ay si lo veían los chicos! ¡Al momento les daría por imitarlo y se armaría un lío!

Italo Calvino. Marcovaldo. Libros del Zorro Rojo

La bestia en la cueva (Segunda parte). Howard Phillips Lovecraft. Editorial Juventud (Recomendado 16-18 años)

14 May

cuentosdemonstruos

Así ocupé mi terrible vigilia (1), con grotescas conjeturas sobre las alteraciones que podría haberle producido la vida en la caverna a aquel enigmático animal. Recordé, por ejemplo, la terrible apariencia que la imaginación popular atribuía a los tuberculosos que habían muerto allí tras una larga permanencia en las profundidades. Entonces recordé sobresaltado que, aunque llegase a derrotar a mi enemigo, jamás podría averiguar cuál era su forma y aspecto, ya que mi antorcha se había extinguido hacía tiempo y yo estaba por completo desprovisto de cerillas. La tensión se hizo entonces tremenda. Mi fantasía dislocada hacía surgir formas terribles y terroríficas en medio de la oscuridad que me rodeaba y que parecía verdaderamente apretarse en torno a mi cuerpo. A punto estuve de dejar escapar un agudo grito, aunque aquella hubiera sido la mayor de las temeridades, y si no lo hice fue porque me faltaron el aire o la voz. Me sentía petrificado, clavado al lugar en donde me encontraba. Dudaba de que mi mano derecha pudiera lanzar la piedra contra la cosa que se acercaba cuando llegase el momento.

Aquel decidido “pat, pat” de las pisadas estaba ya casi al alcance de mi mano; luego, más cerca. Podía incluso escuchar la trabajosa respiración del animal y, aunque paralizado por el terror, comprendí que debía de haber recorrido una considerable distancia a juzgar por lo fatigado que estaba.

De pronto se rompió el hechizo. Guiada por mi sentido del oído mi mano lanzó con todas sus fuerzas la piedra afilada hacia el punto en la oscuridad de donde procedía aquella respiración tan intensa y creo que alcanzó su objetivo, porque escuché cómo la cosa saltaba y volvía a caer a cierta distancia y allí pareció detenerse.

Después de reajustar mi puntería, descargué un segundo proyectil, con mayor efectividad esta vez, pues oí caer la criatura, vencida por completo, y estaba seguro de que la había dejado inmóvil en el suelo. Casi agobiado por el alivio que me invadió, me apoyé en la pared. La respiración de la bestia se seguía oyendo en forma de jadeantes y pesadas exhalaciones (2), por eso supuse que no había hecho más que dejarla malherida. Y entonces perdí todo deseo de examinarla.

Finalmente, sentía un miedo tan intenso e irracional, que ni me acerqué al cuerpo yacente (3) ni quise seguir arrojándole piedras para acabar con él. En lugar de esto, decidí echar a correr a toda velocidad por el trayecto por el que creía que había llegado hasta allí. Y de pronto escuché un sonido, o más bien una sucesión de sonidos que al momento se habían convertido en agudos chasquidos metálicos. Esta vez sí que no había duda de que era el guía. Entonces grité, aullé, reí incluso de alegría al contemplar en el techo abovedado el débil fulgor de una antorcha que se acercaba. Corrí al encuentro del resplandor y, antes de que pudiese comprender lo que había ocurrido, me hallaba postrado a los pies del guía y besaba sus botas mientras balbuceaba, sin el menor pudor ni vergüenza, explicaciones sin sentido, como un idiota. Contaba con frenesí mi terrible historia a la vez que abrumaba a quien me escuchaba con exageradas expresiones de gratitud.

Volví por último a mi estado normal de conciencia. El guía había advertido mi ausencia cuando ya regresaba el grupo a la entrada de la caverna y, guiado por su propio sentido de la orientación, se había dedicado a explorar a conciencia los pasadizos laterales que se extendían más allá del lugar en que habíamos hablado juntos. Hasta que localizó mi posición tras una búsqueda de más de tres horas.

Después de que me contó esto, yo, acaso envalentonado por su antorcha y por su compañía, me puse a pensar en la extraña bestia a la que había herido en la oscuridad, a poca distancia de allí, y le sugerí que, con la ayuda de la antorcha, averiguásemos qué clase de criatura había sido mi víctima. Así que volví sobre mis pasos hasta el escenario de la terrible experiencia.

Pronto descubrimos ambos en el suelo un objeto blanco, más blanco incluso que la reluciente piedra caliza. Nos acercamos con cautela y dejamos escapar una simultánea exclamación de asombro. Porque aquel era el más extraño de los monstruos que ninguno de los dos había contemplado en toda nuestra vida.

Resultó tratarse de un mono antropoide (4) de grandes proporciones, escapado quizá de algún zoológico ambulante: su pelaje era blanco como la nieve, cosa que sin duda se debía a la calcinadora acción de una prolongada permanencia en el interior de los negros confines de las cavernas, y era sorprendentemente escaso y escaseaba en casi todo el cuerpo, salvo en la cabeza, donde era tan abundante y tan largo que le caía sobre los hombros. Tenía la cara vuelta del lado opuesto a donde estábamos, pues la criatura yacía en el suelo directamente sobre ella. La inclinación de sus pies y manos era algo peculiar y explicaba por qué la bestia avanzaba a veces a cuatro patas y a veces solo a dos, como había yo apreciado en la oscuridad. De las puntas de sus dedos salían unas uñas largas como de rata. Pero sus pies no eran prensiles (5), como cabía suponer. Eso lo atribuí a su larga residencia en la caverna que, como ya he dicho, parecía también la causa evidente de su absoluta blancura casi ultraterrena. Y parecía carecer de cola.

Su respiración se había debilitado mucho. Cuando el guía sacó su pistola con intención de dar a la criatura el tiro de gracia para rematarlo, de pronto un extraño e inesperado gemido hizo que el arma se le cayera de las manos. No resulta fácil describir la naturaleza de aquel sonido, pues no tenía el tono de ninguna especie conocida de simios. Yo me preguntaba si aquella especie de estertor (6) no sería sino resultado del silencio que durante tanto tiempo había mantenido, roto ahora por la repentina presencia de la luz que traía la antorcha. Lo cierto es que aquel inquietante gemido que se parecía a un intenso parloteo indescifrable aún continuaba oyéndose, aunque cada vez más débil. De pronto, un fugaz espasmo de energía brotó del cuerpo del animal. Sus garras hicieron un movimiento convulsivo y sus brazos y piernas se contrajeron. Con aquella convulsión, el cuerpo rodó sobre sí mismo, de modo que la cara quedó vuelta hacia nosotros.

Yo me quedé en ese instante tan petrificado de espanto ante aquella mirada que no me percibí de nada más. Eran negros aquellos ojos, de una negrura profunda que contrastaba con la extrema blancura de la piel y el cabello. Como los de otras especies cavernícolas, estaban profundamente hundidos en sus órbitas y completamente desprovistos de iris. Cuando los pude mirar con más atención, vi que asomaban de un rostro menos prominente que el de los monos corrientes, y mucho menos velludo. También la nariz era prominente.

Mientras el guía y yo contemplábamos aquella enigmática visión que se mostraba a nuestros ojos bajo la luz de la tea, sus gruesos labios se abrieron y debajo de ellos brotaron varios sonidos, después de los cuales aquella criatura se sumió en el descanso de la muerte.

El guía se aferró a la manga de mi chaqueta y tembló con tal violencia que la luz se estremeció convulsivamente, proyectando en la pared fantasmagóricas sombras en movimiento. Yo no me moví; me había quedado rígido, con los ojos llenos de horror y fijos en el suelo.

El miedo me había abandonado ya. En su lugar se fueron sucediendo los sentimientos de asombro, de compasión y respeto. Los sonidos que había murmurado aquella criatura abatida que yacía entre las rocas calizas nos revelaron la evidencia más tremenda que podíamos imaginar: la criatura que yo había matado, aquella extraña bestia de la cueva maldita, era, o lo había sido alguna vez, ¡¡¡ un ser humano !!!

NOTAS

(1)Vigilia: acción de estar despierto.
(2)Exhalaciones: suspiros, quejas.
(3)Yacente: echado, tendido.
(4)Antropoide: mono que se parece al humano.
(5)Prensiles: que se cerraban para poder agarrar.
(6)Estertor: respiración fatigosa.

Howard Phillips Lovecraft y otros. Edición y selección de Seve Calleja. Cuentos de monstruos. Editorial Juventud

RECURSOS

Propuestas para mediadoras y para mediadores.

Texto

Nuestro autor, hoy, nos plantea las dos palabras que marcan un estilo de novela. La novela gótica. Podemos oír, en la página de la UNED, dedicada a dos distinciones, lo siguiente: el terror despierta las facultades. Sin embargo, el horror produce el efecto contrario. Las paraliza. En nuestro texto, parece que Lovecraft escribe sobre esta diferenciación: “La horrible suposición que se había ido abriendo camino en mi ánimo poco a poco era ahora una terrible certeza. Es decir: horrible (que causa horror) pasa a terrible (que causa terror). De una suposición a una certeza. El protagonista pasa por todos los estados anímicos, no perdiendo, por voluntad propia y a pesar de todos los inconvenientes que van surgiendo (hasta se extingue su antorcha que le alumbraba) la lucha por la existencia: “Sin rendirme” –dice. Y un poco más adelante: “Pero el instinto de conservación, que nunca duerme del todo…” y decidí vender mi vida lo más cara posible ante quien me atacara.

Dentro de la terrible situación por la que está pasando, lo que nunca abandona es la lógica, su lógica, aplicada a las más extrañas e inesperadas situaciones: horrendas pisadas de zarpas, qué especie animal sería la que iba por él y un largo etcétera.
Palabra magica

Hoy la palabra mágica es miedo. Sí, quizá lo hayas pasado alguna vez. El miedo, en los humanos, es una “perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo real o imaginario”. Es la definición que da el diccionario de la RAE.

El autor nos lo dice de forma clara y rotunda: “finalmente, sentía un miedo tan intenso e irracional…” Sabía que no disponía de una razón para el temor. ¿Será, quizá, ese sentimiento irracional, es decir, que no tiene una razón en la que fundarse, el que aparece en diferentes tipos de seres animales?

Veamos, si no, el siguiente video, que desmonta determinados conceptos que tenemos, en los dos animales protagonistas. Pensemos sólo antes en lo siguiente: ¿Cómo concebimos la relación que existe entre los perros y los gatos? ¿Cuáles de las siguientes palabras utilizaríamos, para definir esa relación perro-gato?

Amistad.  Enemistad.  Juego.  Miedo.  Ayuda.  Ignorancia

Fíjate ahora en la película de esa relación, a ver si coincide con tu pensamiento o es más lo contrario de lo que pensabas.

Cuentame

Seguro que tienes en tu mente y recuerdas historias. Muchas historias de miedo, auténtico miedo. Hoy es tu oportunidad. ¿Se podría hacer una película de tu historia? ¿Crees que habría gente que tuviera que salir del cine agarrándose a un amigo o a una amiga, para poder llegar al autobús o al metro que te lleva a casa? Todo es posible. Puede que sea tu primera experiencia como guionista de películas de cine. Aquí tienes algunas indicaciones de cómo se puede realizar un guión.: Paso a paso, Carlos Bianchi y su propuesta, y un concurso de guiones

Autor

Howard Phillips Lovecraft

Nació el 20 de agosto de 1890 en Providence (Estados Unidos) y murió el 15 de marzo de 1937 en la misma ciudad.
Recitaba poesía a los dos años, leyó a los tres y empezó a escribir a los seis años de edad. Debido a su mala salud, no asistió al colegio hasta los ocho años y lo abandonó al poco tiempo. Fue una persona solitaria que dedicaba su tiempo a la lectura, la astronomía y a cartearse con otros aficionados a la literatura. Innovó el género de terror al acercarlo a la ciencia-ficción.

Nuestro observatorio

Se pueden consultar más datos biográficos en la página de español dedicada al autor.

Bibliografía
Ofrecemos, a continuación, una relación de libros tomada de Canal Lector.

La bestia en la cueva (Primera parte). Howard Phillips Lovecraft. Editorial Juventud (Recomendado: 16-18 años)

7 May

cuentosdemonstruos

Este es uno de los primeros relatos del autor, escrito a los quince años de edad como imitación del género gótico, en el que se iniciaba. Sus cuentos nos hablan de espíritus malignos y mundos oníricos, poblados de bestias y seres extraños, pesadillas, muerte y locura, porque quieren expresar la soledad y la pequeñez del ser humano frente a un universo infinito y hostil.

La horrible suposición que se había ido abriendo camino en mi ánimo poco a poco era ahora una terrible certeza. Estaba perdido por completo, perdido sin esperanza en aquel inmenso y laberíntico recinto de la caverna de Mamut. Dirigiese a donde dirigiese mi vista, por más que la forzara, no lograba encontrar ningún objeto que me sirviese de punto de referencia para alcanzar el camino de salida. No podía albergar la menor esperanza de volver a contemplar ya nunca más la bendita luz del día, ni de pasear por los valles y las colinas del hermoso mundo exterior.

La esperanza se me había desvanecido. A pesar de todo, educado como estaba por una vida entregada por entero de estudios filosóficos, sentí una cierta satisfacción de estar comportándome sin apasionamiento como lo hacía. Había leído con frecuencia la angustia y la obsesión en que caían las víctimas de situaciones similares a la mía, y sin embargo no experimenté nada de todo eso, es más, logré permanecer tranquilo en cuanto comprendí que estaba perdido.

Y tampoco me hizo perder la compostura un solo instante la idea de que era muy probable que hubiese vagado hasta más allá de los límites en los que seguramente me buscarían. Si tenía que morir, pensé, aquella caverna tan terrible como majestuosa sería un sepulcro mejor que el que pudieran ofrecerme en cualquier cementerio; así que había en esta reflexión una dosis mayor de tranquilidad que de desesperación.

Mi destino final sería perecer de hambre, estaba seguro de ello. Sabía que algunos se habían vuelto locos en circunstancias como esta, pero yo no pensaba acabar así. El único causante de mi desgracia era yo por haberme separado del grupo de visitantes sin que el guía lo advirtiera. Y, después de vagar durante una hora aproximadamente por las galerías prohibidas de la caverna, me sentí incapaz de volver atrás por los mismos vericuetos tortuosos que había seguido desde que abandoné a mis compañeros.

Mi antorcha comenzaba a extinguirse, pronto me hallaría en la oscuridad más absoluta en las entrañas de la tierra. Y, mientras me encontraba bajo la luz mortecina y evanescente que aún daba, medité sobre las circunstancias exactas en las que se produciría mi próximo final. Recordé los relatos que había escuchado acerca de la colonia de tuberculosos que establecieron su residencia en estas mismas grutas inmensas con la esperanza de encontrar la salud en el aire sano del mundo subterráneo, cuya temperatura era uniforme y en cuya quietud se sentía una apacible sensación, y que, en vez de la salud, habían encontrado una muerte horrible.

Al pasar junto a ellas en el grupo de visitantes, había visto las tristes ruinas de sus viviendas rudimentarias; y me había preguntado qué clase de influencia podía ejercer sobre alguien tan sano y vigoroso como yo una estancia prolongada en esta caverna inmensa y silenciosa. Y, mira por dónde, me dije, ahora había llegado la oportunidad de comprobarlo, suponiendo que la necesidad de alimentos no apresuraba mi fallecimiento.

Sin rendirme, y mientras se desvanecían en la oscuridad los últimos destellos espasmódicos de mi antorcha, resolví no dejar piedra sin remover, ni despreciar ningún medio de posible fuga, de modo que, haciendo toda la fuerza que pude con mis pulmones, proferí una serie de fuertes gritos, con la esperanza de que mi berrido atrajese la atención del guía. Sin embargo, mientras gritaba desgañitándome, pensé que mis llamadas no tenían objeto y que mi voz, aunque sonara amplificada por los muros de aquel negro laberinto que me rodeaba, no alcanzaría a más oídos que a los míos propios.

Y sin embargo, de repente me sobresalté al imaginar –porque seguro que no era más que cosa de mi imaginación- que se escuchaba un suave ruido de pasos que se aproximaban por el rocoso pavimento de la caverna. ¿Y si en realidad estaba a punto de recuperar por fin la libertad? ¿Y si habían sido inútiles todas mis horribles aprensiones? ¿Se habría dado cuenta el guía de mi ausencia en el grupo y habría seguido mi rastro por el laberinto de piedra caliza?

Alentado por tantas halagüeñas dudas como me afloraban en la imaginación, me sentí dispuesto a volver a pedir socorro a gritos para que me encontraran lo antes posible. Pero mi gozo se vio de repente convertido en horror: mi oído, que siempre había sido muy fino y que estaba ahora mucho más agudizado gracias al largo y completo silencio de la caverna, me trajo a la mente la sensación inesperada y angustiosa de que aquellos pasos no eran los de ningún ser humano. De haber sido los pasos del guía, que sé que llevaba botas, hubieran sonado como una serie de golpes agudos y cortantes en la quietud ultraterrena de aquel lugar. En cambio, estos impactos parecían más blandos y cautelosos, como causados por las garras de un felino. Además, al escuchar con más atención, me pareció distinguir las pisadas de cuatro patas en lugar de dos pies.

Quedé entonces convencido de que mis gritos habían despertado y atraído a alguna bestia feroz, quizá a un puma que se hubiera extraviado accidentalmente en el interior de la caverna. Y consideré que tal vez el Todopoderoso hubiera elegido para mí una muerte más rápida y piadosa que la que hubiera padecido por hambre. Pero el instinto de conservación, que nunca duerme del todo, se agitó en mí, y, aunque la posibilidad de escapar del peligro que se aproximaba era inútil y solo conseguiría prolongarme más el sufrimiento, decidí vender mi vida lo más cara posible ante quien me atacara.

Por extraño que parezca, solo podía atribuir al visitante que fuera intenciones hostiles. Así pues, me quedé muy quieto, con la esperanza de que la bestia o lo que fuera, al no escuchar ningún sonido que le diera la pista de dónde estaba, perdiese el rumbo, lo mismo que me había sucedido a mí, y pasase de largo a mi lado. Pero no, no iba a tener tanta suerte: aquellos extraños pasos avanzaban sin titubear. Era más que evidente que el animal había sentido mi olor, que sin duda podía olfatear a gran distancia en una atmósfera tan poco contaminada de otros aromas como la caverna.

Me di cuenta, por tanto, de que debía estar armado para defenderme de un misterioso e invisible ataque en la oscuridad y tanteé a mi alrededor en busca de los mayores fragmentos de roca que pudiera palpar entre los esparcidos por todas partes en el suelo. Y, tomando uno en cada mano, esperé con resignación la inevitable presencia.

Mientras tanto, las horrendas pisadas de las zarpas se aproximaban. La verdad es que resultaba bastante extraña la conducta de aquella criatura, porque, la mayor parte del tiempo, las pisadas parecían ser las de un cuadrúpedo que caminara con una singular falta de concordancia entre las patas anteriores y posteriores, y sin embargo, a ratos, me parecía que solo eran dos patas las que se acercaban. Y me preguntaba cuál sería la especie de animal que venía a enfrentarse conmigo. Debía de tratarse de alguna bestia desafortunada que había pagado cara como yo la curiosidad que la había llevado a investigar una de las entradas de la gruta y le reservaba un confinamiento de por vida en su interior. Seguramente había podido sobrevivir a base de los peces ciegos, los murciélagos y las ratas de la caverna, arrastrados a su interior en cada crecida del Río Verde, que comunica cualquiera sabe por dónde con las aguas subterráneas.

Howard Phillips Lovecraft y otros. Edición y selección de Seve Calleja. Cuentos de monstruos. Editorial Juventud

Invierno. Blas de Otero. Ediciones de la Torre (Recomendado: 16-18 años)

12 Mar

blasdeotero

Ahora desciende el sol al sótano,
con cuidado, suavemente.
Ahora van oscureciéndose las escaleras
del cielo. Encenderemos la lámpara
de la luna.
Ahora un sol amarillo resbala sobre el papel
con un cuidado infinito
de no romperlo ni mancharlo.
Ahora son las cinco y veinticinco de la tarde,
una tarde de invierno
en Madrid.

Blas de Otero. Blas de Otero para niños y niñas… y otros seres curiosos. Ediciones de la Torre

Propuesta para mediadoras y mediadores

Texto
Asistimos a un atardecer. Es el momento en que el poeta mueve la cabeza, atiende con sus ojos a lo que hay alrededor. Ese momento del día en que todo parece que se está yendo. Va descendiendo el sol. Va pasando con cuidado, de forma suave, hasta el sótano. No se percibe ningún sonido en la bajada de la escalera. Al tiempo, arriba, en el cielo, cambia el paisaje. El sol se despide, mientras alguien ocupa el lugar del astro rey. Está el poeta “dentro” de ese paso del tiempo. Dice adiós al que era “jefe” todavía, el sol, mientras se iba resbalando “sobre el papel con un cuidado infinito”.
La luz se apaga y se acaba. Hay que encender una luz. Son las cinco y veinticinco de la tarde. ¿Qué luz enciende el poeta? Elige entre estas respuestas:

  1. Es una luz que alumbra la escalera de su casa, a esa hora.
  2. Cuando se van oscureciendo las escaleras del cielo, es cuando vemos esa lámpara, que es la luna.
  3. En invierno, se produce un fenómeno natural: todo el cielo se ilumina a las cinco de la tarde.

(Solución: respuesta número 2).

Palabra magica
Si echas una ojeada, de nuevo, a la poesía de Blas de Otero, te diremos una intuición de lector. Puede que percibas, como nosotros, en los versos que él nos va diciendo, una palabra. Quizá mejor un concepto. Es la luz. Esa del sol, luego de la luna, por la hora que va llegando: las cinco y veinticinco de la tarde.
Y ahora, intenta conectarte a esta página, pero lee lo que en ella pone, con un aviso anterior. Vamos a comprobar que esa intuición inicial no es un absoluto error. Y serás tú quien nos lo diga.  Podrás decirnos si estás o no de acuerdo en que la luz es, en las palabras de Blas de Otero, algo sobre lo que giran sus líneas. Tanto en el poema que hemos leído, como en las páginas de Fidelidad.

Así pues, consideramos hoy luz, como palabra mágica en lo que hemos leído y visto de lo que escribió el poeta.
Cuentame

Hemos dicho que nuestra palabra mágica de hoy es luz. Pero fíjate también en la importancia de algunas palabras. Por ejemplo, los adverbios. Dice la RAE que son palabras invariables, cuya función consiste en complementar la significación del verbo, de un adjetivo, de otro adverbio y de ciertas secuencias. Hay adverbios de lugar, como aquí, delante, lejos; de tiempo, como hoy, mientras, nunca; de modo, etc. Pero vamos a fijarnos en uno concreto, que el poeta usa para que la lectora o el lector se sitúen perfectamente en el pensamiento del poeta. Es un adverbio de tiempo. ¿Sabrías decirnos cuál utiliza Blas de Otero para situarnos correctamente, en el momento que él recuerda cuando escribe? Como pista, te diremos que te fijes en los versos 1, 3, 6 y 9. Y este último, el noveno verso, hay, además del adverbio de tiempo ahora, una mayor precisión del poeta. Ahora son las cinco y veinticinco de la tarde. ¿Te das cuenta de la importancia que el poeta concede al momento presente, el que está viviendo en ese preciso momento? Por eso emplea el adverbio de tiempo: ahora.

Podías, ayudándote de la poesía del maestro Blas de Otero, decirnos algo tan “simple”, tan “sencillo”, como lo que él nos cuenta, poéticamente. Inténtalo. A lo mejor descubres que te encanta escribir. Y más, poesía. Si no lo intentamos alguna vez, nunca lo sabremos. Aquí tienes algunas ideas.

Empezamos. ¿Que está sucediendo a tu lado? ¿Qué hora es? ¿Qué estás viendo? Miras al cielo y descubres cómo está. ¿Está nublado? ¿Tiene pinta de ir a llover? ¿Hay todavía un poquito de sol? ¿Cuánto crees que te queda, antes de que caiga la noche? La hora exacta, como hace el poeta, nos dará una pista definitiva.
Autor
Blas de Otero

Nació el 15 de marzo de 1916 en Bilbao (España) y murió el 30 de junio de 1979 en Majadahonda, Madrid (España).
Sus primeros estudios fueron en su ciudad natal,  los acaba en Madrid pues la familia tuvo que trasladarse por problemas económicos. Comenzó a estudiar Derecho aunque le costó acabar la carrera porque tenía que trabajar para mantener a su familia, al morir el padre. Siente la vocación de escritor desde muy joven. Colaboró con varios medios. Un viaje a París provoca su transformación, y se convierte en un paladín de la libertad. Viajará por toda España para conocer sus gentes y posteriormente también al extranjero, principalmente a los países de la órbita socialista. Fue uno de los representantes de la poesía social de los años 50.

Nuestro observatorio

Más datos biográficos sobre el autor en la página web de su Fundación.

Bibliografía
Libros y otras publicaciones sobre  Blas de Otero recogidos en la página web de la Fundación que lleva su nombre.

El faraón Tutankamón . Philippe Nessmann. Editorial Bambú (Recomendado: 16-18 años)

8 Ene

bajolarenadeegipto

“¿Cómo es la vida de un faraón?
Sólo tengo diecisiete años, de modo que no lo sé todo, pero puedo contar la infancia de un faraón.
Unos días después de mi coronación, el divino padre vino a mi encuentro y anunció: “La ciudad de Atón es la capital del doble país. Debemos regresar y vivir allí.”
Al comienzo, me aliviaba que él tomara las decisiones en mi lugar. ¿Cómo habría podido, tan joven, gestionar a solas el más poderoso país del mundo?
Regresé pues a la ciudad de Atón, luego a la escuela donde como por arte de magia, Nakhti nunca más me riñó. Por otra parte, yo no le daba ocasión de hacerlo: procuré no pronunciar las palabras que ensucian la boca –en público al menos-.
El escriba de los dedos ágiles me enseñó la geografía de mi reino, país de arena atravesado por el Nilo, fuente de toda vida. Me enseñó a calcular la cantidad de trigo producida por un campo en función de la altura de las crecidas, y la cantidad que se tomaba en forma de impuesto. Me enseñó el funcionamiento del Estado, “Estado con tres cabezas” decía rascándose la suya: el ejército, que mantiene el orden; los sacerdotes, que se cuidan de las relaciones con los dioses y yo, el faraón, que lo dirige todo.
En el año 4 de mi reinado, el divino padre me confió un problema que le preocupaba: “Majestad, me dijo, debo hablaros de los antiguos dioses. Akenatón quiso suprimirlos pero fracasó. Sus sacerdotes siguen siendo poderosos y el pueblo no deja de venerarlos. Para levantar el país, necesitamos el sostén de todo el mundo. He aquí lo que os propongo…”
Le escuché largo rato y acepté su proposición. Así fue cómo, a los trece años, para mostrar mi afecto por todos los dioses y, sobre todo, por el mayor de todos ellos, Amón, cambié de nombre: de Tutankatón, que significa “imagen viva del dios Atón”, me convertí en Tutankamón, “la imagen viva del dios Amón”. Abandoné igualmente la ciudad de Atón para instalarme en Tebas, donde hice que se abrieran de nuevo los antiguos templos, invadidos ya por las malas hierbas.
En esa ciudad acabé de aprender mi oficio de faraón.
Actualmente, cada mañana, después del aseo real, el divino padre me lee los despachos del día. El rey del Karaduniash me testimonia su fidelidad: pensar en responderle rápidamente. El arquitecto del templo de Faras me pregunta si iré a inaugurarlo: decirle que sí (tomo, cada vez más, solo mis decisiones). El general Horemheb anuncia que ha puesto de nuevo en orden la administración real. Excelente noticia, aunque su método dé que pensar: a los funcionarios corruptos se les corta la nariz…
Por la tarde, para relajarme, voy a veces a cazar patos en compañía de Ankhsenpaatón, la princesa con la que antaño iba a la escuela. Rebautizada como Ankhsentamón, se ha convertido en una hermosísima joven. Mi mujer.”
El otro día, unos servidores bajaron mi trono hasta el gran patio de palacio. A pesar del asfixiante calor, sería más práctico así.
Me senté en él vestido de gala: la túnica de lino plisado con la cola de jirafa, unas sandalias cubiertas de cuentas y la corona azul con la cabeza de cobra. En una mano llevaba el cetro y el látigo real; en la otra, la cruz ankh, símbolo de vida eterna.
Con un imperceptible movimiento de cabeza, di la orden de partida.
Al son de las trompetas, el virrey de Nubia entró en el patio acompañado por numerosos príncipes vestidos de leopardo y plumas de avestruz. Se arrodillaron a mis pies, con la cabeza gacha y los brazos al aire, en señal de respeto.
-¡Levantaos! –les ordené.
Obedecieron.
Unos servidores entraron entonces en el patio, depositando ante mí escudos cubiertos de pieles de felino, un magnífico taburete plegable de ébano con almohadones de pieles, un carro chapado en oro, copas llenas de piedras preciosas, bolsas, bolsas y bolsas de polvo de oro…
Mientras aquellos maravillosos regalos iban amontonándose, sentí que nacía en mí una gran alegría. Los artesanos de Nubia habían realizado un trabajo fabuloso y el virrey Huy, que había recogido los objetos y me los había traído, también.
Un segundo carro tirado por caballos entró en el patio. En él iba una hermosa princesa negra. La seguía un esclavo, con una palma en la mano para protegerla del sol. Tras la ceremonia, la princesa se quedaría en Tebas: formaba parte de los regalos.
Eché una ojeada a la tribuna donde se encontraban los más eminentes miembros de la corte. Encontré la mirada de Ankhsentamón, mi amada esposa, y le dirigí un pequeño guiño que significaba: “No te preocupes, amor mío, esta princesa se alojará en mi harén, pues es la tradición, pero no en mi corazón porque te amo a ti”. Ella me respondió con otro guiño cómplice.
De pronto, unos gritos roncos. En la entrada del patio, un rebaño de bueyes bien cebados, con inmensos cuernos curvos. ¡Monstruosamente impresionante! Pero no tanto como la interminable bestezuela que cerraba el cortejo: con un cuello largo que estuvo a punto de no cruzar el porche, torpe y atemorizada, avanzaba una jirafa.
Me levanté y di un paso hacia el virrey, que se arrodilló.
-Virrey Huy –declaré con voz firme y solemne-, para agradecerte tu fidelidad, he aquí algunos regalos en justa compensación.
Un servidor egipcio me acercó una bandeja llena de collares de oro. Mientras los ponía, uno a uno, en el cuello del virrey, yo buscaba con la mirada a un hombre en la tribuna oficial. ¿Dónde estaba? ¡Ah!, allí. El divino padre Ay inclinó la cabeza, como diciéndome: “Lo estáis haciendo muy bien, Majestad. ¡Estoy orgulloso de vos!” Aquello me caldeó aún más el corazón.
Sé que estoy ahora a la altura de mi función. Durante ocho años, he escuchado mucho, mirado mucho, aprendido mucho. Con la ayuda del divino padre y del conjunto de los dioses, he enderezado la situación del reino. Las fronteras están ya consolidadas, los países aliados tranquilos, los campos verdean, los campesinos son felices y los sacerdotes se han tranquilizado. El Doble País ha recuperado su grandeza de antaño y esto sólo está empezando.
Soy un buen rey y me convertiré en un grandísimo rey, de los que reinan por mucho tiempo, de los que aniquilan a sus enemigos, de los que bautizan templos y dan confianza a su pueblo. Lo haré tan bien que seré recordado eternamente.
Mi imagen aparecerá en los monumentos y jamás, jamás de los jamases, mi nombre desaparecerá.

Bajo la arena de Egipto. Philippe Nessmann. Editorial Bambú.

Propuestas para mediadoras y para mediadores.

RECURSOS

Texto
Con la lectura de este texto, antes de empezar lo que realmente se convierte en una gran novela, entramos en la vida y el mundo de aquel faraón, base de la historia del pueblo egipcio: Tutankamón. Conocemos la vida de su infancia, como nos dice el autor, poniendo las palabras del faraón, con sólo diecisiete años. Quizá puede ser un buen aporte, por lo que conllevan las imágenes comentadas, la visión de este documental sobre Egipto, una de las grandes civilizaciones.

Palabra magica
Hoy la palabra mágica es Nombre. El final del texto reproduce (no sabemos si es literatura o realmente las grabó en la piedra) las palabras de Tutankamón:
“Mi imagen aparecerá en los monumentos y jamás, jamás de los jamases, mi nombre desaparecerá”.

Hoy vamos a trabajar con palabras. Como si fuéramos dignos descendientes de los constructores de grandes monumentos, pensaremos en palabras, nombres enigmáticos, difíciles de comprender su significado. Sabemos lo que el diccionario de la RAE define como enigmático: Dicho o cosa que no se alcanza a comprender, o que difícilmente puede entenderse o interpretarse.

Empezaremos por lo conocido y, luego, nos adentraremos en la magia de lo desconocido, en lo enigmático, en lo que tú consigas.

El entrenamiento con palabras consiste en que descubras, con el plano que ofrecemos, qué forma verbal son cinco palabras. No es difícil. A lo mejor, no necesitas ni el plano del tesoro, porque te sabes a qué forma del verbo ser corresponden las cinco palabras. Hay que indicar: persona (yo, tú, él/ella, nosotros/nosotras, vosotros/vosotras, ellos/ellas); forma (simple o compuesta); el tiempo (presente, pretérito, futuro) y el modo (indicativo o subjuntivo).

Por ejemplo: yo fuere es la primera persona del futuro de subjuntivo del verbo ser. Más adelante, tienes el plano del secreto. Seguro que te resultará más fácil que el trabajo que tuvieron que realizar los egiptólogos, para descubrir todo lo que en Egipto existía. Esta página nos lo muestra.

Y ahora sí que te toca a ti. Estas son las cinco palabras:

Siendo  Fueseis  Éramos   Serías    Sois

Y este es el plano del secreto
Cuentame

Bueno. Pues ya sabemos algo más de aquel hombre que fue Tutankamón. Hemos supuesto que el personaje es tan atractivo y el libro que hemos comentado tan interesante, que nos hemos centrado en hablar de él lo más que hemos podido. Pero pensamos que, a lo mejor, no te atraen demasiado la vida, los personajes o las obras del antiguo Egipto.

A esta otra página que te presentamos no le pondrás ningún pero, porque te proporciona una importante cantidad de libros que nos ofrecen personajes importantes y de fama mundial. Van desde Tintín hasta Bruce Springsteen, Federico García Lorca, el grupo ACDC, Bob Dylan, y un extenso surtido, hasta 78 libros de personajes o grupos importantes.

A propósito. Si te dijeran, imagínatelo, que has sido tú la nominada o el nominado para elegir los tres libros con el tema que más te apetezca, con los autores o autoras que más te gusten, ¿cuáles elegirías? Pero atención. ¡Sólo tienes unos días para pensarlo! Ponemos una fecha final imaginaria. Por ejemplo, el 23 de abril del presente año. Ya sabes que es el día mundial del libro. Seguro que esa fecha no se te olvida.

 

Autor

Philippe Nessmann

Nació en 1967 en Francia. Estudió ingeniería e historia del arte. Le gustan mucho las ciencias, la historia y la escritura. Trabajó como periodista y la mayoría de sus libros tienen como telón de fondo las ciencias y la historia.

Nuestro observatorio

Más datos biográficos del escritor en Ricochet

Bibliografía

Ofrecemos, a continuación, una relación de libros tomada de Canal Lector

Arroyuelo sin nombre. Miguel de Unamuno. Ed. Alfaguara. (Recomendado: 16-18 años)

8 May

 poesiaespañolaparaniñosalfaguara

 

Arroyuelo sin nombre ni historia
que a la sombra del roble murmuras
bañando sus raíces,
¿quién llama a tus aguas?

Al nacer en la cumbre, en el cielo,
con el monte sueñas,
con el mar que en el cielo se acuesta,
¡arroyuelo sin nombre ni historia!

Miguel de Unamuno, Poesía española para niños. Editorial Alfaguara

Propuestas para mediadoras y mediadores

RECURSOS

Texto

La poesía de Arroyuelo sin nombre es un canto sincero y sencillo a lo trivial. Elige el autor esa vista de un río pequeño, un arroyo (al que incluso añade el sufijo –uelo), que no tiene ni nombre ni historia. Uno de tantos, en nuestra geografía. Cumple su función en la naturaleza, bañando las raíces de ese roble, árbol literario que tiene (según la RAE), por lo común de 15 a 20 metros de altura y llega a veces hasta 40. Con tronco grueso y grandes ramas. Su fruto son las bellotas. La madera es dura, de color pardo amarillento y muy apreciada.

Son las dos estrofas de la poesía de Unamuno un viaje, desde el nacimiento del arroyo, allá en la cumbre, en lo más alto. Tan alto que parece que está en el cielo. El monte está abajo, allí, tan abajo, que el riachuelo sueña con ese monte. La primera etapa del viaje, la ha realizado el arroyuelo. Soñó con el monte y se cumplió su sueño. Ahora, es el final, su final deseado, donde está el mar. Lejos, muy lejos. Tan lejos que el mar y el cielo se tocan:
con el mar que en el cielo se acuesta.

Lo ha conseguido todo, en ese final feliz de la “película” del arroyuelo. Aunque él sigue sin nombre ni historia.

 

Palabra magica

La palabra mágica hoy es sueñas. El arroyuelo no tenía nombre; no tenía historia. Pero consiguió soñar. Soñar es una palabra que tiene diferentes significados. Por tanto, es una palabra polisémica. ¿Cuál de los siguientes crees que se adapta a la palabra soñar, en este texto del arroyuelo?

El arroyuelo tiene muchas pesadillas.
El arroyuelo desea llegar al monte, desde la cumbre, desde lo más alto.
El arroyuelo también quiere llegar al mar.
El arroyuelo no se acuerda de nada.

 

Cuentame

¿Qué has soñado la última noche? ¿Te acuerdas? ¿Ha sido un sueño gracioso o un sueño triste? Muchas veces, soñamos despiertos, porque también soñar nos permite pensar con ilusión. De que algo se puede cumplir. A ver si eres capaz de contarnos ese sueño maravilloso que te encantaría que se cumpliera. ¿Con qué tiene que ver tu ilusión? ¿Con algo muy personal, que se refiere a tu futuro, con los próximos años? ¿Tiene que ver con tu familia? ¿Y con tus amigas y amigos?

Ojalá que se cumplan tus deseos, tus ilusiones, tus sueños.

Autor

Miguel de Unamuno

Nació el 29 de septiembre de 1864 en Bilbao y murió en Salamanca el 31 de diciembre de 1936.
Escritor, filósofo, uno de los representantes de la Generación del 98.  Estudió Filosofía y Letras en Madrid aunque pasó la mayor parte de su vida en Salamanca, al acceder a la Cátedra de Lengua y Literatura griega. Fue nombrado Rector de la Universidad salmantina tres veces.
Fue un intelectual inconformista que hizo de la polémica una forma de búsqueda constante y quedó reflejado en toda su obra. Escribió ensayo, novela, teatro y poesía.

Nuestro observatorio

En la siguiente página se puede ampliar su biografía .

Bibliografía

Ofrecemos, a continuación, una selección de libros del autor en Canal Lector.