La corteza del árbol (Primera parte). Fernando Lalana. Editorial SM (Recomendado: 7-9 ños)

23 Jul

el_secreto_de_la_arboleda[1]

Los dos bajamos del terraplén y echamos a andar, despacito, por la arboleda.
-¿Has venido solo? -preguntó Marijuli.
-Naturalmente –contesté dándome importancia-. Ya soy mayor…
-Yo también he venido sola.
¿Lo veis? Así es Marijuli. ¡No hay forma de ganarle! Hagas lo que hagas, ella lo hace, por lo menos, tan bien como tú.
-Pero seguro que yo vivo más lejos –añadí.
-Bueno, seguro que sí. Es que yo vivo ahí, ¿sabes?
Y señaló una casa muy cercana, situada justo al lado de la vía. Mejor dicho, justo al lado del sitio en donde antes estaba la vía.
-¿De verdad vives ahí? ¡Qué suerte! Habrás visto pasar muchísimos trenes –le dije, sintiendo un poco de envidia.
-Claro, los veía todos. Y todos los maquinistas me conocían y me saludaban al pasar.
Estuve a punto de decirle que mi abuelo había sido maquinista, pero no se lo dije porque seguro que ella me salía entonces con que el suyo había sido jefe de estación. Así que me callé.
En ese preciso momento apareció en mi cabeza una idea pequeñita que pronto se hizo más y más grande. Era una idea que me serviría para reírme un poco de Marijuli; que ya era hora, después de todo lo que ella se había reído de mí.
-Supongo –le dije muy serio- que viviendo tan cerca podrás bajar a jugar a la arboleda siempre que quieras.
-Claro –contestó Marijuli.
-Y te la conocerás palmo a palmo.
-Por supuesto.
-Seguro que hasta sabes cuántos árboles hay.
-Dos mil ciento dieciséis –sonrió-. No, no los he contado yo. Pero algunos ancianitos que pasan aquí las horas muertas sí que lo han hecho. Yo no he tenido más que preguntarles.
¡Caramba con Marijuli! No me negaréis que es sorprendente. Pero ahora, je, je, je, ahora llegaba mi turno.
-Y supongo que habrás visto muchas veces al hada.
-¿Hada? ¿Qué hada?
-El hada de la arboleda, naturalmente –dije yo, más serio que un ajo.
-Vamos… tú lo que quieres es tomarme el pelo, Gil Abad.
-¡Oh! Eso quiere decir que no la has visto nunca…
-¿Un hada? ¡Las hadas no existen! ¿Estás chiflado?
-Bueno… si tú lo dices, estaré chiflado.
Y empecé a caminar. Pero había conseguido interesarla y, enseguida, estaba pisándome los talones.
-Oye, ¡no hablarás en serio…!
-Completamente en serio.
-¿Tú la has visto?
-Tres veces.
-Y ¿cómo es?
-¡Psssst…! Como todas las hadas. Lleva un gorro puntiagudo y una varita mágica con una estrella en la punta.
Marijuli abrió unos ojos como platos de postre y dijo:
-¡Sopla!
¡Ya estaba! ¡Ya estaba! ¡Lo había conseguido! ¡Marijuli se había tragado la bola! Yo, por dentro, estaba que me partía de risa, pero decidí seguir con el cuento del hada hasta sus últimas consecuencias. ¡Cuando lo contase en clase iba a ser la monda…!
-Bueno, y ¿dónde está? –preguntó Marijuli.
-¿Quién?
-¿Eres bobo? ¡Quién va a ser! ¡El hada!
-¡Oh! ¿Quién sabe? Suele estar todo el día por ahí, haciendo magias… Es muy difícil encontrarla en casa.
-¿Es que sabes dónde vive?
-Por supuesto –dije tranquilamente.
Y seguí andando, ante la sorpresa de Marijuli que esperaba que le contase inmediatamente el secreto del hada. Cinco segundos después, venía corriendo hacia mí, gritando.
-¿Y bien? ¿A qué esperas? ¡Dilo ya!
-Es que… no sé si debo decírtelo. No es algo que se pueda decir a cualquiera.
-¡Pero yo no soy cualquiera! Somos amigos.
-¿Ah, sí?
-¡Claro! ¡Fíjate la de rato que llevamos hablando! Dentro de muy poco ya seremos íntimos amigos. Hasta es posible que lleguemos a casarnos.

Fernando Lalana. El secreto de la arboleda. Editorial SM

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