Archivo | julio, 2015

La corteza del árbol (Segunda parte). Fernando Lalana. Editorial SM (Recomendado: 7-9 ños)

29 Jul

el_secreto_de_la_arboleda[1]

Hice como que me lo pensaba mucho, mientras me rascaba una oreja.
-No sé, no sé…
-¡Hala…!
-Está bien. Te lo voy a decir.
-¿De veras?
-De veras: El hada de la arboleda vive en un árbol.
-¿Un árbol? –dijo Marijuli con cara de incrédula.
-Por supuesto, no se trata de un árbol corriente sino de un árbol-casa.
-¿Un árbol-casa?
-Sí. O un árbol-vivienda, como prefieras.
Tras un momento de silencio, Marijuli dijo muy seria:
-Me parece que me estás metiendo una bola del tamaño de un autobús.
Lo dijo de tal modo que estuve a punto de confesar que sí, que todo era una trola. Pero me arriesgué a continuar un poquito más.
-Razona un poco, Marijuli –le dije, muy convincente-. ¿Dónde puede vivir un hada? ¿En un piso de alquiler? No. ¿Debajo del puente de piedra, como un vagabundo? No. ¿En una pensión? Tampoco. Sólo queda un lugar posible…
-Un… árbol-casa.
-¿Lo ves? Tú misma lo has dicho.
-Bueno, y… ¿Cuál de los dos mil y pico de árboles es el del hada?
-Seguro que lo conoces. ¿Sabes ese chopo gordo, gordo, que hay junto a la orilla, cerca del embarcadero?
-Sí.
-Pues ese.
-¿Ese?
-Ese.
-¡Vamos a verlo ahora mismo! Y como sea mentira, ya te puedes preparar.
Echó a correr tan deprisa que apenas podía yo seguirla. ¡Y eso que soy de los que más corren de mi clase!
Cuando llegamos me acerqué con decisión al tronco y lo golpeé con los nudillos, como si llamase a una puerta:
Toc, toc, toc.
Esperé un poco. Volví a llamar: Toc, toc, toc.
Esperé otro poco y me volví con cara triste hacia Marijuli:
-Lo siento, chica, parece que no está.
Ya te dije que de día es difícil encontrarla. Pero si volvemos esta noche, seguro que estará.
-Es que a mí no me dejan salir de noche.
-¿No? –yo ya lo sabía-. ¡Vaya! Ese sí que es un problema.
-Tal vez sí que está pero no te ha oído. Llama más fuerte.
Volví a llamar un rato largo:
-Toc, toc, toc… toc, toc, toc… toc, toc, toc.
Pero no me contestó nadie, claro. Apoyé la espalda en el tronco del árbol y miré con cara de resignación a Marijuli. La pobre estaba tan desilusionada que casi, casi, deseé que todo aquello no hubiese sido una mentira.
-¿Y tiene nombre? –me preguntó.
-¿El hada? No, creo que no; se llama simplemente eso: el Hada de la Arboleda.
Fue entonces cuando Marijuli abrió de par en par los ojos y la boca. Y, casi al mismo tiempo, oí junto a mis pies una vocecita chillona que decía:
-Pero ¿a qué viene tanto alboroto? ¿Es que no puede una ni dormir la siesta?
Y sepa, jovencito –eso iba por mí-, que sí tengo nombre. Me llamo Rufina. Rufina del Bosque; de profesión, hada.
Me volví. Una parte de la corteza del árbol se había abierto, como una puerta pequeñaja, y junto a ella estaba la personita que acababa de hablar. No mediría más de dos palmos; iba vestida de hada; llevaba un puntiagudo gorro de hada y, en la mano, una varita mágica como las que llevan siempre las hadas.
Yo, al verla, me dije: “Ernesto, esta tiene que ser un hada”.
Y, tras llegar a tan brillantísima deducción, me desmayé.

Fernando Lalana. El secreto de la arboleda. Editorial SM

RECURSOS
Propuestas para mediadoras y para mediadores

Texto

En esta lectura, encontramos el gran secreto del libro de Fernando Lalana. Los protagonistas se encuentran. Son Marijuli y Gil Abad. Sabemos cómo son y, sobre todo, lo que piensa Gil Abad de Marijuli. Está un poco harto de que siempre sea ella la mejor en todo. Pero, ahora, le iba a contar una trola y a ver qué pasaba. Al principio, lo que había pensado Gil Abad, para callar a Marijuli, era contarle que él había visto al hada de la arboleda. Quería demostrarle su importancia, ganando alguna vez. Aunque sólo fuera ¡una! Luego, hablando y hablando, mientras pasaba el tiempo, Gil Abad le fue diciendo cómo era el hada, cómo solía ir, y hasta el lugar donde vivía. Toda la trola que fue creando, iba saliendo de maravilla, porque Marijuli se creyó todo lo que le contaba Gil Abad. Pero al llegar al árbol donde vivía el hada, ocurrió algo que podía pasar. Empezaron a llamar al árbol, para que apareciera. Llamaron una vez, otra, otra y nada.

Pero sucedió lo que ninguno esperaba. ¡Síííí! Marijuli abrió los ojos y la boca, porque no podía creer lo que estaba viendo. ¡Un hada! Y tampoco se lo podía creer Gil Abad, que había caído en su propia trola. Tanto, que al ver al hada, se desmayó.

Palabra magica
Hoy la palabra mágica es varita. Nunca podíamos encontrar otra palabra más mágica que varita. Bienvenidas y bienvenidos a la magia.

Como estamos ante una varita (mágica, eso sí), intentaremos conseguir, con esa maravillosa varita, un montón de palabras que tengan un tamaño pequeño o que tengan igual tamaño, pero que se usan para indicar cariño, ternura, crítica, etc. Escribe los diminutivos de las siguientes palabras:

Coche
Nube
Sol
Corazón
Bolsillo
Genio
Traje
Luz

(Solución: Cochecito, nubecilla, solecito, corazoncito, bolsillito, geniecillo, trajecito, lucecilla.)

Cuentame

Vamos a hacer un pequeño recorrido por tus lugares mágicos. Puede que no hayas tenido la suerte de ver a un hada, de usar su varita mágica y de convertir en oro o en piedras preciosas todo lo que tocabas. Pero quizá recuerdes aquel día increíble, cuando la noche rodeaba todos tus pensamientos para el futuro. No hubo manera de salir de ella. El tiempo no pasaba. Miraste el reloj de tu muñeca y el que estaba en la mesilla, al lado de tu cama. No podías tocar el interruptor de la luz, porque no llegabas, alargando el brazo todo lo que podías. Sólo era noche oscura y empezaban a aparecer seres monstruosos. No tenían cuerpo determinado. Eran como sombras fantasmagóricas que te asediaban. Iban llegando y empezaban a estar muy cerca. Demasiado cerca, en ese maldito sueño, del que pensaste que nunca saldrías. Hasta te pareció oír los pasos del reloj de la mesilla, al que no le importaba caer y caer y caer, sin un final posible. Sólo quería salir de la terrible pesadilla.

Puede que hayas tenido la suerte de no recordar tu última pesadilla. O quizá, incluso, no la tuviste. La cuestión consiste, ahora, en que nos hagas un relato de tu último sueño. No importa si fue un buen sueño o uno malo, terrible, terrorífico. De esos que incluso muchos días después, todavía te dan escalofríos recordarlo. O, al revés, serías la persona más feliz del mundo, si aquel sueño se cumpliera.

¡Ojalá que así sea!

Autor

Fernando Lalana
Nació el 24 de febrero de 1958 en Zaragoza (España).
Es licenciado en Derecho, profesión que no ha llegado a ejercer. Desde muy joven participó en grupos de teatro para aficionados. Como escritor su dedicación primordial es a la novela juvenil, aunque tiene otras obras dirigidas a niños. También ha publicado varias obras de teatro. Ha recibido varios premios, entre ellos, el XIV Premio Cervantes Chico en reconocimiento a su trayectoria literaria.
Nuestro observatorio
Podemos leer más información sobre el autor en su página web.

Bibliografía
Ofrecemos, a continuación, una relación de libros tomada de Canal Lector.

La corteza del árbol (Primera parte). Fernando Lalana. Editorial SM (Recomendado: 7-9 ños)

23 Jul

el_secreto_de_la_arboleda[1]

Los dos bajamos del terraplén y echamos a andar, despacito, por la arboleda.
-¿Has venido solo? -preguntó Marijuli.
-Naturalmente –contesté dándome importancia-. Ya soy mayor…
-Yo también he venido sola.
¿Lo veis? Así es Marijuli. ¡No hay forma de ganarle! Hagas lo que hagas, ella lo hace, por lo menos, tan bien como tú.
-Pero seguro que yo vivo más lejos –añadí.
-Bueno, seguro que sí. Es que yo vivo ahí, ¿sabes?
Y señaló una casa muy cercana, situada justo al lado de la vía. Mejor dicho, justo al lado del sitio en donde antes estaba la vía.
-¿De verdad vives ahí? ¡Qué suerte! Habrás visto pasar muchísimos trenes –le dije, sintiendo un poco de envidia.
-Claro, los veía todos. Y todos los maquinistas me conocían y me saludaban al pasar.
Estuve a punto de decirle que mi abuelo había sido maquinista, pero no se lo dije porque seguro que ella me salía entonces con que el suyo había sido jefe de estación. Así que me callé.
En ese preciso momento apareció en mi cabeza una idea pequeñita que pronto se hizo más y más grande. Era una idea que me serviría para reírme un poco de Marijuli; que ya era hora, después de todo lo que ella se había reído de mí.
-Supongo –le dije muy serio- que viviendo tan cerca podrás bajar a jugar a la arboleda siempre que quieras.
-Claro –contestó Marijuli.
-Y te la conocerás palmo a palmo.
-Por supuesto.
-Seguro que hasta sabes cuántos árboles hay.
-Dos mil ciento dieciséis –sonrió-. No, no los he contado yo. Pero algunos ancianitos que pasan aquí las horas muertas sí que lo han hecho. Yo no he tenido más que preguntarles.
¡Caramba con Marijuli! No me negaréis que es sorprendente. Pero ahora, je, je, je, ahora llegaba mi turno.
-Y supongo que habrás visto muchas veces al hada.
-¿Hada? ¿Qué hada?
-El hada de la arboleda, naturalmente –dije yo, más serio que un ajo.
-Vamos… tú lo que quieres es tomarme el pelo, Gil Abad.
-¡Oh! Eso quiere decir que no la has visto nunca…
-¿Un hada? ¡Las hadas no existen! ¿Estás chiflado?
-Bueno… si tú lo dices, estaré chiflado.
Y empecé a caminar. Pero había conseguido interesarla y, enseguida, estaba pisándome los talones.
-Oye, ¡no hablarás en serio…!
-Completamente en serio.
-¿Tú la has visto?
-Tres veces.
-Y ¿cómo es?
-¡Psssst…! Como todas las hadas. Lleva un gorro puntiagudo y una varita mágica con una estrella en la punta.
Marijuli abrió unos ojos como platos de postre y dijo:
-¡Sopla!
¡Ya estaba! ¡Ya estaba! ¡Lo había conseguido! ¡Marijuli se había tragado la bola! Yo, por dentro, estaba que me partía de risa, pero decidí seguir con el cuento del hada hasta sus últimas consecuencias. ¡Cuando lo contase en clase iba a ser la monda…!
-Bueno, y ¿dónde está? –preguntó Marijuli.
-¿Quién?
-¿Eres bobo? ¡Quién va a ser! ¡El hada!
-¡Oh! ¿Quién sabe? Suele estar todo el día por ahí, haciendo magias… Es muy difícil encontrarla en casa.
-¿Es que sabes dónde vive?
-Por supuesto –dije tranquilamente.
Y seguí andando, ante la sorpresa de Marijuli que esperaba que le contase inmediatamente el secreto del hada. Cinco segundos después, venía corriendo hacia mí, gritando.
-¿Y bien? ¿A qué esperas? ¡Dilo ya!
-Es que… no sé si debo decírtelo. No es algo que se pueda decir a cualquiera.
-¡Pero yo no soy cualquiera! Somos amigos.
-¿Ah, sí?
-¡Claro! ¡Fíjate la de rato que llevamos hablando! Dentro de muy poco ya seremos íntimos amigos. Hasta es posible que lleguemos a casarnos.

Fernando Lalana. El secreto de la arboleda. Editorial SM

El Cruz del Sur. Llanos Campos. Editorial SM (Recomendado: 11-14 años)

16 Jul

tesorodebarracuda

Nadie, eso lo puedo asegurar, ha asistido jamás a una clase como la nuestra. Yo no había ido al colegio ni un solo día en toda mi vida, pero estaba seguro de que ningún profesor había tenido alumnos como aquellos: piratas llenos de tatuajes y cicatrices, con las ropas raídas (1), los dientes negros y los cuchillos al cinto, todos sentados en la bodega del Cruz del Sur, haciendo más muecas que una pandilla de monos. Entre los que no veían bien, los que no hablaban bien y los que no oían bien, Dos Muelas tenía el trabajo más difícil del mundo. Era como intentar enseñar a coser a una bandada de patos.
Tampoco Dos Muelas era lo que se dice un buen profesor, aunque el pobre hacía lo que podía. Había veces en las que se sujetaba la cabeza como si temiera que se le desenroscase del cuello y saliera volando para explotar en el aire. Le preguntábamos todos al mismo tiempo, y él intentaba recordar lo poco que sabía; yo creo que a veces hasta se lo inventaba, solo para que le dejásemos en paz.
Empezó por enseñarnos las letras, y nos pareció increíble que hubiera tantas. John la Ballena insistía en que él no decía ni la mitad al hablar, y daba igual que intentásemos convencerle de lo contrario; era terco como una mula. Claro que esto no fue nada comparado como cuando empezamos a juntarlas para hacer palabras. Aquello era interminable. Porque si era difícil saber cómo sonaban de dos en dos, en cuanto hacíamos montones de tres letras, ¡aquello era la repanocha! Allí estábamos todos abriendo la boca, sacando la lengua, poniendo morritos y frotándonos los ojos. Y claro, antes o después a alguien le daba la risa y ya teníamos montado el follón. Que si “De qué te ríes tú”, que si “Yo de nada”, que si “Te vas a reír de quien yo te diga”… En fin: pelea al canto.
A esto hay que añadir que el mismo Dos Muelas, como ya os he contado, tenía los conocimientos justos del asunto, y a veces ni eso. Muchas veces confundía letras, sobre todo la U y la V, con lo que en vez de “vida” leíamos “uida” (y encima así, sin H; ahora lo sé). Por eso nadie entendió lo que decía Erik el Belga cuando después de mucho esforzarse y ponerse azul de los nervios, leyó: “El anciano pasó su “uida” tumbado en la cama”. Se enfadó un montón cuando Jack el Cojo dijo:
-¡Pero qué dices, bruto! ¿Quién huye estando en la cama?
-¡Y yo qué sé! –respondió el Belga-. ¡Yo no lo he escrito! ¡Sólo lo leo!
-¡Que lo lee, dice! ¡Te lo inventas!
-¡Oye, John, no me toques las narices o vas a tener que leer sin dientes! ¡A ver cómo dices entonces “zafarrancho” o “zarparon”!
Discusiones como esta hubo miles. Todos los días se nos planteaban más preguntas que respuestas tenía Dos Muelas, ni aunque se las inventara. En cuanto parecía que empezábamos a coger carrerilla aprendiendo, nos venía con otra cosa nueva: las mayúsculas y las minúsculas, los acentos… Y cuando esto parecía aclararse, llegaban la B y la V, la G y la J…
-¡Bueno, ya está bien! –vociferó un día Boasnovas, mandando el libro a tomar viento de un manotazo-. ¡Te ríes de nosotros! ¿Cómo diantres se van a escribir distintas la G de “general” y la de “jerez”? ¡Si se dicen igual! ¡Nos engañas, maldito corso!
-¡Quieres hacernos pasar por estúpidos! –añadió John la Ballena.
-¡Eso! ¡Eso es! –se unió a la protesta el Belga-. ¡Quieres saber leer bien solo tú para no compartir con nosotros los secretos del libro de Phineas!
-¡Sí, sí! –apoyaron las quejas todos los demás a coro.
Antón el Corso, ahora conocido en el Cruz del Sur como Dos Muelas, estaba a punto de causar un motín de estudiantes a bordo. ¡Vivir para ver! Así se levantó, cogió el libro y subió de dos zancadas las escaleras de la bodega. Antes de cerrar la trampilla de cubierta dijo:
-¡Se acabó! ¡Os dije que no sabía enseñar a leer! ¡No tengo por qué soportar esto! ¡Buscaos otro idiota que os aguante!
Y dio un portazo.
Primero todos nos enfadamos, claro… Y luego supimos qué hacer.
Al día siguiente, la tripulación entera estaba de mal humor, Dos Muelas el que más. Se pasó todo el tiempo arriba, en su puesto de vigía en lo alto del palo mayor, aunque navegábamos por mar abierto y no había nada que ver aparte del agua, agua, más agua y mucha más agua. Tenía un enfado del quince.
Pasaron dos días de pocas palabras y muchas miradas. Al profe no se le pasaba el enfado. Pero a los demás empezó a ocurrirnos algo curioso. De repente nos dimos cuenta de que, sobre la puerta del camarote de Barracuda, alguien había escrito “Capitán”; que en los barriles de ron, efectivamente, ponía “Ron”, y no solo eso, sino que ponía también “de Puerto Rico”; y, lo que era más importante, que podíamos poner los barriles juntos en la bodega que ya sabíamos distinguir los de ron de los de pólvora, ya que ¡también lo ponía! ¡Ponía “pólvora”!
Claro que no todas las noticias fueron buenas. Que se lo digan al pobre Jack el Cojo, que vivía convencido de que un chamán (2) del Amazonas se había tatuado en el brazo derecho, bajo el dibujo de un jaguar, las palabras “Valor y Fiereza”, hasta que pudo leer él mismo que, en realidad, ponía “Gatito Lindo”. No queráis saber la de bromas que le hicieron a partir de ese momento. Pensó incluso en cortarse el brazo; pero conseguimos convencerle de que ya le faltaba una pierna, y que eso sería perder muchas cosas del cuerpo para una sola vida.

  1. Raídas: Muy usadas, gastadas.
  2. Chamán: Hechicero.

Llanos Campos. El Tesoro de Barracuda. Editorial SM

RECURSOS
Propuestas para mediadoras y para mediadores

Texto

¡Vaya enfado! Y todo empezó por un problema con la lectura. ¿Hay alguien, en tu clase, que lleve algún tatuaje? Seguro que no, porque el tatuaje es algo muy complicado, que necesita del permiso de tus mayores y, además, hacértelo es muy doloroso. Lo que pasa es que los que llevaban tatuajes eran los piratas. Y claro, no hay más que saber lo que son los piratas. Dice el Diccionario de la Real Academia: pirata es una persona que, junto con otras de igual condición, se dedican al abordaje de barcos en el mar para robar. También ahora existen los piratas aéreos: los que obligan a la tripulación de un avión a cambiar su rumbo.

Seguro que a tu profesora o profesor no se te ocurre llamarlos con el mote que le ponían estos piratas: Dos Muelas. Y es que claro, de piratas tenemos poco o nada. Pero los piratas, en la literatura, en los comics y en muchas historietas, son personajes muy habituales. Fíjate, si no, en estos que quizá tú conoces. Son Astérix y Obélix. En el capítulo de Astérix y Cleopatra, encontramos esto. Son piratas que intentan ir ¡al abordaje!, como en nuestro texto de hoy. Lo único es que no sabían de qué son capaces esos famosos galos.

¿Verdad que después de ver lo que les pasa a los piratas con Astérix y Obélix quedan pocas ganas de ser pirata? La pena es que sean sólo un cómic. Pero de los mejores que se pueden leer.

Palabra magica

Hoy la palabra mágica es bodega. Nos lleva, por arte de magia, a las palabras relacionadas con un barco. En las siguientes páginas, te explican cómo se llaman y dónde están las partes de un barco.

Después de ver cualquiera de estos videos, puedes resolver, con un premio de diez puntos (10 puntos) si lo consigues, qué definición corresponde a cada palabra que presentamos. El trabajo consiste en enlazar, correctamente, los números y las letras.

a) Popa 1) Parte delantera del barco
b) Babor 2) Parte derecha del barco
c) Proa 3) Parte trasera del barco
d) Estribor 4) Parte izquierda
e) Trampilla 5) Espacio que hay dentro
f) Bodega  de los buques 6) Ventanilla hecha en el suelo

 

(Solución: a-3; b-4; c-1; d-2; e-6; f-5)

Cuentame

Hemos leído un capítulo de El Tesoro de Barracuda. Si nos pusiéramos a pensar cuál podría ser nuestro tesoro, saldrían cosas fantásticas. Podemos creer que no somos capaces de convertirnos en escritoras o escritores, porque no tenemos edad para ello. Puede que sí, que eso sea cierto. Pero también podemos tomar ejemplos como este.

Y si te apetece, podrías hasta dejar un libro propio, precioso, si consigues, según se indica en la próxima página, seguir las pautas. ¡Que tengas muchísima suerte!

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Llanos Campos Martínez

Nació el 25 de abril de 1963 en Albacete (España).
Comenzó la carrera de Psicología aunque finalmente estudió interpretación en el Teatro Escuela Municipal de Albacete.
Se ha dedicado principalmente al teatro, como actriz, productora y autora. Ha realizado todo tipo de espectáculos. Cuando fundó su propia compañía, Falsaria de las Indias, empezó a escribir textos y a realizar adaptaciones. El Tesoro de Barracuda es la primera novela que escribe y con ella recibió el Premio Barco de Vapor 2014.

Nuestro observatorio
En las siguientes páginas se pueden ampliar algunos datos más sobre Llanos Campos y su Compañía.

Bibliografía
Si te gustan las historias de piratas, no te pierdas esta dirección. Hay muchas cosas en Canal Lector.

Trabaja con método. Philippe Brasseur. Editorial Anaya (Recomendado: 14-16 años)

9 Jul

ingenios

Cada genio tiene su “receta” para trabajar con eficacia. Raros son aquellos que dejan al azar un asunto como ese. Inspírate en los trucos ajenos para encontrar los propios.

Nuestro principal enemigo es la procrastinación
¿Conoces el significado de esta palabra? Es la tendencia (muy extendida) a dejar para mañana lo que podemos hacer hoy. ¿Tienes algún proyecto de gran envergadura que te asusta? Un buen consejo: trabaja en él durante una hora o dos. A continuación, déjalo reposar y retómalo más tarde: la pequeña semilla que has plantado en tu cerebro habrá germinado y dará frutos inesperados…
Un buen consejo siempre puede ser ignorado, pero no es razón para no darlo.

Los creadores y sus secretos
Estos ejemplos te ayudarán a encontrar tu propia “disciplina” para trabajar en tu proyecto genial…

Elige el momento adecuado
Napoleón Bonaparte
, tras dedicar toda la jornada a la gestión de su inmenso imperio y a la ejecución de sus numerosos planes, trabajaba por la noche en asuntos que requerían mucha concentración, como la redacción de su famoso Código Civil. Numerosos escritores, por el contrario, afirman sentirse muy inspirados a primera hora de la mañana.

Elige el lugar adecuado
Pierre Soulages es un pintor que vive en la Costa Azul, en una casa con magníficas vistas. Sin embargo, pinta en un taller sin ventanas para evitar la distracción del paisaje. Aunque debemos decir que, desde hace más de veinte años, el negro es el color predominante en sus cuadros…
Agatha Christie tenía un método propio para escribir novelas policiacas. La historia se le ocurría en los lugares más inesperados: en la calle, en el tranvía… Construía la trama empezando por el crimen: el arma homicida, el asesino y el móvil. Luego añadía a los sospechosos y exponía sus razones para matar. Para concluir, incorporaba las pistas y las “falsas pistas” destinadas a provocar la confusión del lector. Cuando todas las pistas encajaban, empezaba a escribir. A menudo redactaba dos libros al mismo tiempo, pues de este modo, si se quedaba sin ideas para uno, siempre podía trabajar en el segundo.

Encuentra tu propio método
El novelista Vladimir Nabokov escribía de pie, ante unas fichas que pegaba a la pared y que podía cambiar de sitio en cualquier momento para transformar la estructura de su historia.

Establece un horario fijo de trabajo
Todas las mañanas, a las 9 en punto, René Goscinny (autor de Astérix, Lucky Luke y El pequeño Nicolás) se sentaba a escribir sus cómics. Comía a las 12 y después se iba a la redacción de la revista Pilote, donde trabajaba como redactor jefe.

Atrévete a decir que no
Los genios hacen lo posible para que nadie los moleste. De hecho, René Descartes, gran filósofo y matemático, se desplazaba de una ciudad a otra sin indicar jamás en sus cartas la dirección exacta.

Establece una meta concreta
Stephen King, como muchos novelistas, escribe un mínimo de diez páginas al día, incluso cuando está de vacaciones. Es una cantidad enorme, como la cifra de libros que ha escrito.

Philippe Brasseur. InGenios. Editorial Anaya

RECURSOS
Propuestas para mediadoras y para mediadores
Texto

Te contaremos lo que ya se ha hecho, en el trabajo de las diferentes lecturas que hemos analizado en la Tercera época de Los Fundamentales.
Empezamos hace ahora casi tres años con la Época 1 de Los Fundamentales, donde se seleccionaron 36 textos, para edades comprendidas entre los 7 y los 18 años. Siguió la Época 2, de Los Fundamentales con otros 36 textos para esas edades que te hemos dicho (de 7 a 18 años). Y estamos ahora en la Época 3, exactamente en el texto número 20, que es Trabaja con método, de Philippe Brasseur. Está este texto en el libro Ingenios, de la editorial Anaya.

Lo que sí te aseguramos es que este texto de Brasseur lleva varios meses seleccionado. Nos pareció fundamental, por el secreto que aporta en cómo realizar un trabajo. Y por eso lo has leído, como seleccionado. Como principio, te diremos lo cerca que estamos de este autor, en sus métodos y en sus reflexiones, pensamientos e incluso axiomas, entendiendo por axioma la definición que da el diccionario de la RAE:
1. Proposición tan clara y evidente que se admite sin necesidad de demostración.

Y ese axioma que nos da el autor es:  Un buen consejo siempre puede ser ignorado, pero no es razón para no darlo.
Eso significa que, si consideramos que algo que hemos hecho está bien y les puede servir a otros, es bueno darlo. Lo que quien nos escucha pueda hacer es una decisión de ellas o de ellos, de quienes lo escuchan. Nosotros seguiremos dando esa posibilidad que creemos que es buena.

Palabra magica
La palabra mágica hoy es receta. Sabes lo que es una receta de cocina y una receta médica. Lo que nos propone el autor son recetas que se basan en la forma de trabajar de “genios”, personas que han sido sobresalientes, en distintos campos de trabajo de la humanidad: filósofos, escritores, matemáticos, pintores y un largo etcétera. Por eso receta es una palabra mágica.

Ayuda a los profesionales y a los que aprendemos cómo realizar algo. Cojamos dos campos: la cocina y el bricolaje, por ejemplo. En la cocina, encontramos, nada más empezar, la siguiente frase:

“El otro día estaba buscando una receta original para hacer con fresas.  En casa las tomamos siempre iguales y estaba buscando algo para hacérselo más atractivo a mis hijos”… Y esta es la página que encontramos.

También localizamos recetas para fabricar, con un poco de maña e ilusión, juguetes de madera preciosos. Hay tiendas que venden estas cosas. Pero lo que sí podremos, si alguien nos dice cómo hacerlo (nos da su receta) es lograr pasar buenos ratos. Tú, fabricándolo. A quien se lo regales, disfrutándolo.

Cuentame
Hoy te pedimos un favor. Un gran favor. ¿Serías capaz de contarnos, según lo que el autor dice, tu “receta” para trabajar con eficacia? Te recordamos, para que lo tengas delante, lo que nos dice el autor del texto. Tú sólo tienes que rellenar con tus datos la forma en que trabajas. Eres, por tanto, la creadora o el creador que nos permite ver su forma de trabajar.

  • ¿A qué hora sueles ponerte a trabajar en algo? ¿Lo haces siempre a la misma hora o depende del día?
  • ¿Te domina, a veces, la procrastinación? Ya sabes: dejar para mañana algo que puedes hacer hoy.
  • ¿Consideras que realizas tu trabajo en el lugar adecuado? ¿Cuál es ese lugar? ¿Cómo es?

Autor
Philippe Brasseur
Nació el 19 de diciembre de 1964 en Bélgica.
Ha trabajado como creativo en publicidad. Ha sido organizador de eventos y editor de revistas para jóvenes. Ahora se dedica a dos de sus pasiones: la escritura y la ilustración. También dirige talleres creativos.

Nuestro observatorio
Se pueden consultar más datos biográficos en su página web

Bibliografía
Ofrecemos, a continuación, una relación de libros tomada de Canal Lector

La caja de cerillas. Erich Kästner. Editorial Salvat-Alfaguara (Recomendado: 11-14 años)

2 Jul

elhombrepequenito

Me parece que ya os he contado que Mäxchen dormía por la noche en una caja de cerillas. En lugar de sesenta cerillas que normalmente contenía, dentro había un colchoncito de algodón, un pedacito de manta de pelo de camello y una almohada, que era tan pequeña como la uña de mi dedo medio. La caja se quedaba a medio cerrar, porque si no el niño se hubiera quedado sin aire.
La caja de cerillas estaba encima de la mesilla de noche que había junto a la cama del mago. Y todas las noches, cuando el profesor Jokus von Pokus se volvía hacia la pared y empezaba a roncar suavemente, Mäxchen apagaba la lamparita de la mesilla de noche y no tardaba en dormirse él también.
Aparte de ellos dos, en la habitación del hotel dormían también las dos palomas Mina y Emma, y el conejo blanco Alba, en su cesto de mimbre. Las palomas se acurrucaban arriba, encima del armario. Escondían la cabeza entre las plumas del pecho y arrullaban en sueños.
Los tres animales eran del profesor y le ayudaban cuando actuaba en el circo: las palomas salían de frente aleteando de las mangas de un frac, y al conejo lo sacaba, por arte de magia, del sombrero de copa, que estaba vacío. Minna, Emma y Alba tenían mucho cariño al mago, y estaban también encantadas con el niño. Cuando por las mañanas habían desayunado juntos los cinco, Mäxchen podía incluso algunas veces sentarse encima de Emma, y entonces ella se echaba a volar con él por la habitación.
Una caja de cerillas mide seis centímetros de largo, cuatro centímetros de ancho y dos centímetros de alto. Para Mäxchen era perfecto. Ya que medía, incluso cuando ya tenía diez o doce años, cinco centímetros escasos y cabía dentro perfectamente. Pesaba sesenta gramos en la balanza del portero del hotel, siempre tenía apetito y nunca había estado enfermo. Desde luego había tenido el sarampión. Pero el sarampión no cuenta. Casi todos los niños lo tienen.
Cuando tenía siete años quiso ir a la escuela, como es natural. Pero hubo demasiadas dificultades. En primer lugar tendría que haber tenido que cambiar de colegio cada vez que el circo se mudaba. ¡Y muchas veces incluso de idioma! Pues en Alemania se enseñaba en alemán, en Inglaterra en inglés, en Francia en francés, en Italia en italiano y en Noruega en noruego. Quizá el Hombrecillo hubiera podido arreglárselas, ya que era más listo que la mayoría de los niños de su edad. Pero para colmo todos sus compañeros eran muchísimo más grandes que él y se creían que el ser grande era algo especial. Por eso, el pobrecillo tenía que aguantar de todo.
Por ejemplo, una vez en Atenas, en el recreo, tres niñas griegas le metieron en un tintero. Y en Bruselas, cuando los zoquetes belgas le pusieron encima de la barra de la cortina. Claro, se bajó inmediatamente. Pues en aquellos tiempos trepaba mejor que nadie. Pero esas bromas no le habían gustado nada. Así que un día dijo el mago:
-¿Sabes lo que pienso? Lo mejor será que te dé clases particulares.
-¡Estupendo! –exclamó Mäxchen-. ¡Es una idea fenomenal! ¿Cuándo empezamos?
-Pasado mañana a las nueve –dijo el profesor von Pokus-. ¡Pero no te hagas ilusiones demasiado pronto!
Pasó algún tiempo hasta que descubrieron cómo podría arreglárselas mejor. Poco a poco averiguaron el secreto, y entonces la clase les gustaba cada día más. Lo más importante, a parte del libro de texto y del cuaderno, era una escalera doble con cinco escalones y una potente lupa.
Cuando Mäxchen estaba aprendiendo a leer se subía al peldaño más alto de la escalera, ya que, cuando se sentaba con la nariz delante del libro, las letras eran demasiado grandes para él. Solamente cuando se ponía en cuclillas encima de la escalera podía ver cómodamente las letras impresas.
Para escribir utilizaban otro sistema. Entonces Mäxchen se sentaba en un atril minúsculo. El minúsculo atril lo ponía arriba, encima de la mesa grande. Y el profesor se sentaba junto a la mesa y examinaba con la lupa los garabatos de Mäxchen. Aumentaba siete veces el tamaño de la escritura, y solamente así podía reconocer las letras y las palabras. Sin la lupa él, el camarero y las doncellas, hubieran confundido los garabatos con salpicones de tinta o cagaditas de mosca. Sin embargo se trataba, como se podía ver claramente con la lupa, de unos trazos bonitos y elegantes.
En clases de aritmética ocurría lo mismo. Para los números necesitaban también la escalera y la lupa. Así que Mäxchen siempre andaba de un lado para otro, lo que le iba a servir de mucho. Tan pronto estaba sentado en lo alto de la escalera, como en un atril encima de la mesa.
Una hermosa mañana dijo el camarero, que iba a llevarse la vajilla del desayuno:
-Si no supiera que el niño está aprendiendo a leer y escribir, hubiera creído con toda seguridad que tenía clase de gimnasia–todos se rieron. Incluso Minna y Emma, que estaban sentadas encima del armario, también se rieron. Pues eran palomas reidoras.
Mäxhen no tardó mucho en aprender las letras. Al cabo de poco tiempo leía con tanta facilidad, que parecía que siempre había sabido leer. Y en un abrir y cerrar de ojos se convirtió en un apasionado lector. El primer libro que Jokus von Pokus le regaló fue los cuentos de Grimm. ¡Y seguramente no hubiera tardado ni una semana en leerlos, de no haber sido por la condenada escalera!
Cada vez que tenía que dar la vuelta a la hoja, lo único que podía hacer era bajarse de la escalera, ponerse de un salto encima de la mesa, volver la hoja y encaramarse otra vez encima de la escalera. Solamente así podía enterarse de cómo continuaba el cuento. ¡Y cuando había leído dos páginas tenía que bajar otra vez para alcanzar el libro! Y así todo el rato: dar la vuelta a la hoja, subir la escalera, leer dos páginas, bajar la escalera, saltar encima de la mesa, volver rápidamente la hoja, subir la escalera, leer las dos páginas siguientes, bajar la escalera, volver la hoja, arriba, ¡era como para volver loco a cualquiera!
Una tarde llegó el profesor justamente en el momento en que el niño se encaramaba en la escalera por vigésimo tercera vez, se tiraba de los pelos furioso y gritaba:
-¡Esto es horroroso! ¿Por qué narices no habrá libros pequeños con letras minúsculas?
En primer lugar, el profesor se rió del enfado de Mäxchen. Después se quedó pensativo y dijo:
-En realidad llevas toda la razón. Y si esos libros todavía no existen, los imprimiremos para ti.
-¿Pero hay alguien que pueda hacerlo? –preguntó el niño.
-No tengo ni idea –dijo el mago-, pero en marzo el circo actuará en Munich. Allí vive el relojero Unruh. El nos informará.
-¿Y por qué lo sabe el relojero Unruh?
-No sé si lo sabe. Pero es posible que lo sepa, porque a veces se ocupa de esas cosas. Por ejemplo, hace dos años escribió por detrás de un sello la “Canción de la Campana”, de Schiller. Y eso que el poema tiene 425 líneas.
-¡Qué maravilla! –exclamó Mäxchen, asombrado- libros del tamaño de un sello, ¡me vendrían como anillo al dedo!
Para decirlo en pocas palabras: el relojero Unruh conocía en efecto una imprenta, donde era posible imprimir libros tan pequeños. Desde luego la broma resultaba cara. Pero el profesor ganaba mucho dinero con su trabajo de mago, y los padres de Mäxchen habían dejado algunos ahorros. Así que al cabo de poco tiempo, el niño tenía ya una preciosa biblioteca en miniatura.
Ahora ya no necesitaba hacer malabarismos en la escalera, sino que podía leer cómodamente. Cuando más le gustaba leer era por las noches, cuando estaba acostado en la caja de cerillas y el profesor dormía roncando suavemente. ¡Qué acogedor era! Allá arriba, encima del armario, las dos palomas arrullaban. Y Mäxchen estaba embebido en uno de sus libros preferidos, “La nariz de enano”, “El pequeño Pulgarcito”, “Nils Hofgersson” o, el favorito entre todos, “Gulliver”.
A veces el profesor gruñía medio dormido:
-¡Apaga la luz, granuja!
Entonces Mäxchen susurraba:
-¡En seguida, Jokus!
A veces ese en seguida duraba media hora. Pero al final siempre apagaba la luz, se dormía y soñaba con Gulliver en el país de Liliput, donde los habitantes le habían confundido con un gigante.

Erich Kästner. El hombre pequeñito (Vol.3) Editorial Salvat- Alfaguara.

RECURSOS
Propuestas para mediadoras y para mediadores

Texto

Lo que sí parece, después de la lectura, es que a nuestro autor le gustaban las cosas pequeñas. Y lo que más raro nos resulta, casi increíble, es que pudieran entrar el profesor, Mäxchen y todo lo que iba con ellos: dos palomas y el conejo, en el hotel. Pero claro, llegaba el circo y todos y todas con ellos. Había, además del tamaño, algunos problemas que se deberían solucionar.

Pero no podemos olvidar que estamos en el mundo de los cuentos. Sabemos, eso sí, cuál era el preferido de Maschen. Leía muchos aunque había uno sobre todos: Gulliver. En homenaje a él, te ofrecemos este video. Puede que lo conozcas, porque tiene muchos, muchos años o que te resulte algo infantil. Pero consideramos que tiene la calidad suficiente para que lo disfruten las y los amantes de la buena literatura, como puedes ser tú. Está basada en la novela de aventuras de Jonathan Swift, dirigida por Dave Fleis. ¡Fíjate en el año en que se creó!, porque puedes considerarla como una reliquia histórica. Es lo que también piensan usuarias y usuarios, como podrás leer.

Palabra magica
La palabra mágica hoy es circo. Los profesionales que trabajan en el circo, suelen decir, cuando salen a escena: “Señoras y señores. Bienvenidos al circo. Ese lugar mágico, donde todo es posible.”

Lo que sí podemos contemplar ahora, en las ciudades y en los pueblos de nuestra península y de muchos lugares de Europa, es uno de los circos más famosos en el mundo entero. Es el Circo del Sol. Verás ahora unas imágenes que han cautivado a miles y miles de personas. A ver si te gustan a ti.

Viendo todas estas imágenes del famosísimo Circo del Sol, nos damos cuenta de lo que significa montar un espectáculo circense en cualquier ciudad. Y si, además, había que montar todo lo que necesitaba el hombre pequeñito, para algo tan normal como poder leer, las cosas se complicaban terriblemente. Pero, ¿consiguió el profesor Jokus von Pokus que el relojero Unruh imprimiera libros en miniatura? ¿Podría leer Maxchen sin hacer malabarismos, subiéndose a la escalera? Elige, entre las siguientes opciones, la que creas que se acerca más a la realidad de la lectura de hoy.

1) El relojero dijo que él no podía perder el tiempo. Lo primero que tenía que hacer era arreglar relojes. Ese era su oficio.
2) Al cabo de poco tiempo, entre el dinero que ganaba el profesor y los ahorros que habían dejado sus padres, Maxchen disponía de una fantástica biblioteca en miniatura.
3) Decidieron que lo mejor era llevar a Maxchen a una óptica especial. Ponían gafas que servían para leer letras hasta una distancia de cincuenta kilómetros.

(Solución: la respuesta correcta es la número 2.)

Cuentame
Mäxchen tenía una serie de libros preferidos. Pero entre todos ellos, el que más le gustaba, quizá por su tamaño, era Gulliver. ¿Nos dejas, por favor, dar un paseo por tu biblioteca? Suponemos que tienes, en tu habitación, algo más cómodo que la caja de cerillas de Mäxchen, para leer. Antes de hacer tu lista, recuerda cómo se pone la referencia bibliográfica de un libro:

Nombre de la autora o autor.
Nombre del libro.
Nombre de la editorial que lo ha publicado.
Seguro que tienes una buena colección de libros leídos en papel y en documento informático. ¿Hay alguno, en especial, que te interese leer? A lo mejor, podemos indicarte dónde se puede conseguir.

Autor
Erich Kästner
Nació el 23 de febrero de 1899 en Dresde (Alemania) y murió el 29 de julio de 1974 en Múnich (Alemania).
Fue llamado a filas en la primera guerra mundial. La experiencia fue traumática para él y marcó su antimilitarismo. Estudió en varias universidades alemanas Historia, Literatura, Filosofía y lengua alemanas.  Trabajó como periodista y crítico teatral para pagarse los estudios. En el periodo nazi sus libros fueron prohibidos y algunos quemados. Escribió poesía y libros infantiles. Su libro Emilio y los detectives (1928) popularizo el tema de los detectives en la literatura infantil. Recibió varios premios.
En el año 2001 se inauguró un Museo dedicado a Kästner en la casa de un tío suyo. El museo se autocalifica “micromuseo”, debido al poco espacio que ocupa. Los visitantes pueden tocar, leer y probar casi todo.
Nuestro observatorio
En las siguientes páginas se pueden ampliar algunos datos sobre Erich Kästner, además de conocer su museo.

Bibliografía
Ofrecemos, a continuación, una relación de libros tomada de Canal Lector.