Marcovaldo en el supermercado. (Primera parte). Italo Calvino. Libros del Zorro Rojo (Recomendado: 16-18 años)

21 May

Marcovaldo

A las seis de la tarde la ciudad caía en manos de los consumidores. A lo largo de toda la jornada la gran ocupación de la población productora era producir: producían bienes de consumo. A una hora determinada, como por el disparo de un interruptor, dejaban de producir y, ¡andando!, se lanzaban todos a consumir. Cada día, cuando una floración impetuosa no acaba de abrirse tras los escaparates iluminados, ni los rojos embutidos habían sido colgados, ni las torres de platos de porcelana se habían alzado hasta el techo, ni los rollos de tela se habían desplegado y mostrado como ruedas de pavo real, ya irrumpía el gentío consumidor a desmantelar, roer, palpar y arrasar con todo. Una fila ininterrumpida serpeaba por las aceras y los soportales, se prolongaba a través de las puertas de cristal de los comercios alrededor de todos los mostradores, impelida por los codazos de todo el mundo en las costillas de todo el mundo a modo de continuos golpes de émbolo. ¡Consumid!, y tocaban los artículos y los dejaban y otra vez a tocarlos y se los arrancaban mutuamente de las manos; ¡consumid!, y obligaban a las pálidas dependientas a desplegar sobre el tablero más y más ropa blanca; ¡consumid!, y los carretes de cordel encarnado giraban como peonzas, las hojas de papel floreado sacudían sus alas envolviendo las compras en paquetitos y los paquetitos en paquetes y los paquetes en paquetones, atado cada uno con un lazo. Y sucesivamente paquetones, paquetes, paquetitos, bolsas, bolsitas se arremolinaban alrededor de la caja en un atasco insoluble, manos hurgaban en los bolsillos buscando los monederos y dedos hurgaban en los monederos buscando las monedas, y allá abajo, en un bosque de piernas anónimas y faldones, los críos que ya no eran llevados de la mano se perdían y lloraban.
Una de aquellas tardes Marcovaldo salió con la familia a distraerse. Hallándose sin un céntimo, su distracción consistía en ver como los demás hacían compras; por lo mismo que el dinero, cuanto más circula, tanto más esperado es por quien no lo tiene: “Tarde o temprano acabará por caer, por poco que sea, también en mis bolsillos”. Aunque a Marcovaldo su paga, entre que era poca y que en la familia eran muchos y que había que pagar plazos y deudas, se le iba el momento de cobrarla. Con todo, darse una vuelta por el supermercado no dejaba de ser su entretenimiento.
El supermercado funcionaba en régimen de autoservicio. Tenía sus carritos, una especie de cestos de metal con ruedas, y cada cliente empujaba su carrito y lo llenaba de todo lo imaginable. También Marcovaldo, al entrar se hizo con su carrito, otro su mujer y otros más cada uno de sus cuatro hijos. Y allá marchaban en fila empujando sus carritos, entre mostradores atestados de montañas de cosas comestibles, señalándose unos a otros las longanizas y los quesos y nombrándolos, como si reconocieran en la multitud caras de amigos, o por lo menos de conocidos.
-Papá, ¿podemos llevar esto? –preguntaban a cada minuto los niños.
-No, no hay que tocarlo, está prohibido –decía Marcovaldo acordándose de que al final de la vuelta les aguardaba la cajera para la suma.
-¿Y por qué aquella señora lo toma? –insistían, viendo a tantas buenas mujeres que, si entraron para comprar solo un par de zanahorias y un apio, no podían resistir ante una pirámide de tarros y ¡tum!, ¡tum!, ¡tum!, con un gesto entre absorto y resignado dejaban caer latas de tomates pelados, melocotones en almíbar, anchoas en aceite que repiqueteaban en el carrito.
La cuestión es que, si tu carrito está vacío y los otros llenos, llega un momento en que no lo aguantas: entonces te entra una envidia, una congoja y no te puedes contener. En esa coyuntura Marcovaldo, después de haber instado a su mujer y a sus hijos a que no tocaran nada, dobló veloz por un pasillo entre los mostradores, se hurtó a la vista de sus familiares y, tomando de un anaquel una caja de dátiles, la depositó en su carrito. Quería únicamente darse el gusto de pasearla diez minutos, exhibir él también sus compras como los demás, y después devolverla a donde la había encontrado. Esa caja, y de paso una roja botella de salsa picante y un paquete de café y una bolsa azul de fideos. Marcovaldo tenía la impresión de que, haciéndolo con cuidado, podía por lo menos durante un cuarto de hora experimentar el gozo de quien sabe elegir un artículo, sin tener que pagar ni una moneda. ¡Pero ay si lo veían los chicos! ¡Al momento les daría por imitarlo y se armaría un lío!

Italo Calvino. Marcovaldo. Libros del Zorro Rojo

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