Archivo | octubre, 2013

Cómo Pompón y Tritus encontraron a Mally Pop. René Escudié. Editorial SM

31 Oct

granlobosalvaje 

Al día siguiente, al despertarse, Tritus empezó a meter su hociquillo por entre los pelos de la barriga de Pompón.
-¡Eh, eh, alto ahí! –gruñó éste-. Ya te dije que no hay nada que mamar. ¡Que soy un perro, hijo, un perro, no una perra!
Tritus se quedó mirando debajo de su hocico, la cabeza doblada, con aire de estar diciéndole:
-De acuerdo, lo comprendo, no se puede mamar… pero, a pesar de todo, ¡tengo hambre!
El viejo perro se sacudió, se aseó rápidamente a base de unas rápidas lametadas, imitado punto por punto por el pequeño.
-Tienes razón –dijo finalmente-. Es preciso encontrar algo que comer. Y también tenemos que encontrar un sitio donde dejarte. Compréndelo, lo he pensado bien, realmente no puedes venir conmigo a buscar a Gran-Lobo-Salvaje. Eres demasiado pequeño.
Husmeó el aire, volviendo la cabeza a todos los lados.
-Por allá hay un pueblo –dijo finalmente, señalando en una dirección-. No está del todo en mi itinerario, pero, en fin, quien dice pueblo dice montañas de desperdicios, y cubos de basura, y también gente a quienes les gustan los perrillos.
Así pues, echaron a andar por el carrascal. A su alrededor no había más que hierba pobre, escasa y baja, piedras blancas, olorosas flores, recias matas de tomillo.
Por encima de ellos, el sol iba subiendo a lo largo del cielo azul, calentando más y más.
-El setter me dijo –comentó a media voz el viejo Pompón- que nuestros antepasados los lobos sólo caminaban por la noche, y que durante el día dormían ocultos, igual que todos los demás animales salvajes. Pero que desde que vivimos con los hombres, hacemos igual que ellos. ¡Somos idiotas!
Finalmente divisaron un poblado. Desparramándose por la ladera, un rebaño de techos ocres descendía escalonadamente, hasta llegar al verdor de la llanura.
Encontraron un pequeño ribazo que bajaron con precaución. Las piedras rodaban bajo sus patas. Dos o tres veces, Tritus perdió el equilibrio, rodaba unos cuantos metros y siempre acababa, con cara de asombro, detenido por un matorral.
Pompón lo levantaba dándole un empujón con el morro.
De repente, se acabó la pendiente. Había hierba y, más lejos, el gran lecho seco de un río que sólo llevaba entre las arenas un hilillo de agua que corría perezosamente de charco en charco.
Pompón echó a correr seguido por Tritus y empezó a beber a grandes tragos.
Al oír el chasquear de la lengua, Tritus se dijo que allí había algo bueno y acercó el morro a la superficie del agua. Aquello no olía a nada, no tenía aspecto de nada; sobre todo, no se parecía en nada a la leche, tan buena, de su madre. Aspiró por la nariz y retrocedió.
Pompón comprendió que el cachorro nunca había bebido todavía agua. Entonces le pasó varias veces por el morro su lengua húmeda. El perrillo, extrañado al principio, se lamió finalmente el borde del hocico; sintió que estaba seco y su cuerpecito sediento se estremeció de placer. Intentó entonces mamar en la superficie líquida, pero el agua entró por las narices. Estornudó.
Pompón se echó a reír.
-¡Así no, hijo, así no…! Mira, así…
Le enseñó cómo hacerlo y el cachorro le imitó.
Después de beber agua hasta hartarse, se dirigieron hacia el pueblo, al que rodearon en busca de alimento.
Guiado por su olfato, Pompón se dirigió a una calle desierta de la que aún no habían retirado la basura. Desgraciadamente, los cubos colgaban de unos ganchos, fuera de su alcance.
Finalmente, un poco más lejos, vieron dos o tres cubos sobre la acera. Pero ya otro perro andaba rebuscando por allí: un cocker marrón de pelo largo, que había desparramado el contenido de uno de los cubos y lo estaba revolviendo tan alegremente.
-¡Hola! –dijo el cocker moviendo amistosamente su pequeño trocito de rabo-. Acercaos sin miedo. Donde come uno, comen tres. Además, si estoy revolviendo los cubos de basura no es porque tenga hambre, sino porque me divierte, y porque está prohibido, y porque me gusta mucho hacer lo que está prohibido.
Se retiró un poco, e invitó a Pompón a servirse de un papelón lleno de cortezas de queso, de recortes de carne, de huesos de pollo y mendrugos de pan.
-¡Hale, amigo, cosa fina!
Fue a rebuscar un poco más lejos y volvió haciendo rodar, con su hocico largo y fino, una lata abierta de leche condensada, hasta donde estaba Tritus.
-¡Venga, pequeño, disfruta! Cuando acabes con ésta, hay más latas.
Pompón y Tritus no se lo hicieron repetir dos veces. Arremetieron el uno contra los restos, el otro contra la lata de leche condensada, y pronto quedaron hartos. El cocker jugueteaba junto a ellos, encantado de verlos comer con tanta satisfacción.
Cuando hubieron acabado, se miraron los tres.
Iba Pompón a dar las gracias al cocker cuando se oyó el ruido de una puerta que se abría:
-¡Mis cubos de basura! –gritó una estridente voz de mujer.
Los tres perros echaron a correr al mismo tiempo, en medio de una nube de polvo.

René Escudié. Gran-lobo-salvaje. Editorial SM.
          
Propuestas para mediadoras y para mediadores.

RECURSOS

Texto

Hoy hemos leído una historia de perros. Sí, de perros que andaban por ahí: Pompón, un perro que ya tiene más edad. Tritus, un cachorro abandonado en la carretera y Mally Pop, un perro de la ciudad. Los tres se encuentran y se unen, porque uno, Pompón, andaba buscando al Gran Lobo Salvaje.

Las historias de perros abandonados no hacen más que aparecer en la televisión, en periódicos, en nuestras pantallas del ordenador, en muchos sitios. Demasiados. Y menos mal que aparecen en los medios de comunicación y personas concretas, asociaciones, grupos de gente que protegen a los animales se unen. Dan su trabajo, su dinero, su lugar de vida para que estos abandonados puedan vivir. Y también hay gente, como dice el texto, “a quienes les gustan los perrillos”. Gracias a esta fantástica gente podemos ver a algunos que se han salvado, como Lucy. Son los de la suerte.

Cachorros abandonados con suerte: 1, 2, 3, 4


Palabra magica
La palabra mágica hoy es hambre.

Hemos visto lo que sucede en este planeta con algunos de los compañeros habitantes: los animales. Pero nos parece mucho más increíble que personas, niñas y niños de este hermoso lugar en el firmamento pasen hambre hasta morir. Los datos, como ahora leerás dicen que más de seis millones de niños mueren al año de hambre.

Muchos artistas, gran cantidad de gente intenta, como puede, luchar contra ese terrible mal que afecta a la Humanidad. Procura informarte, en el lugar donde vives, qué podemos hacer nosotros, las ciudadanas y los ciudadanos de a pie, para ayudar a esos millones de personas que pasan hambre.

Aquí tienes dos páginas de artistas que quizá conozcas. Disfruta con ellos, y atiende a sus mensajes.

Michael Jackson, Melendi

Ojalá que algún día podamos estrecharnos las manos y estrechar las de algún niño que ahora no pasa hambre.

Cuentame
Hemos leído y visto muchas cosas tristes y terribles sobre el hambre en el mundo. Pero nos vamos a quedar con otra palabra mágica, que nunca queremos olvidar para nuestra vida: ilusión. Hemos visto la tristeza, el dolor, el hambre, la muerte. Pero queremos seguir luchando, para que el mundo mejore. Y lo que seguimos teniendo es, a nuestro lado, la palabra mágica ilusión. No vamos a perderla. ¿Te interesa, te animas, te apetece, o el verbo que tú quieras, seguir para que el mundo mejore?

Si sabes de un lugar, en tu ciudad, en tu Comunidad, donde haya algún centro, Organización o personas, coméntalo, si te lo preguntan. A lo mejor, encuentras a alguien que esté interesada o interesado en las medidas que se pueden adoptar para ver si, entre todos, ayudamos a los que lo necesitan.

Aquí tienes una página que te puede servir en esta labor. Que tengas muchísima suerte y a ver si logramos algo interesante.
Coordinadora de ONGD

 Autor

René Escudié

Nació en el año de 1941 en  Clermont-Ferrand (Francia)

Se dedica a la escritura y la dramaturgía en un pequeño pueblo cerca de Montpellier, Cournonsec (Francia). Sus libros se han publicado en muchos países, siendo él mismo en muchos casos el que traduce sus obras.

Durante muchos años, ha dirigido talleres de escritura dentro y fuera de la escuela, así como cursos a docentes sobre escritura. Miembro fundador de La Charte des auteurs et illustrateurs du livre de jeunesse de Francia.

 Nuestro observatorio
Se puede consultar su biografía  en Ricochet.

Bibliografía 

Ofrecemos, a continuación, otro libro de René Escudié en  Canal Lector.

Vuelve pronto. Alberto Manzi. Editorial Noguer

24 Oct

orzowei

Durante muchos días, el pequeño claro fue la meta de sus paseos.
Y en aquel lugar fue donde se consolidó entre los dos muchachos de educación distinta y de distintas costumbres, la amistad. E Isa comenzó a comprender a los blancos precisamente gracias a Filips, mientras Filips aprendió a no despreciar a los hombres de la selva.
-Me gustaría poderte seguir por la selva y recorrer contigo todos los senderos –dijo un día Filips.
-El gran árbol –contestó Isa, usando el lenguaje figurado de los “bushmen”- está siempre en el mismo lugar. A pesar de ello, lo conoce todo y ayuda a vivir a muchos animales; ni el viento ni el huracán pueden derribarlo.
-No te comprendo, Isa.
-Mira, en el poblado de Amaora, mi poblado, había un viejo Ring-kop que ya no podía cazar. Le pasaba lo que a ti. Las lanzas de los enemigos le habían dejado así. Sin embargo, su arco seguía hablando y el cervatillo caía. Tú puedes ser realmente un gran guerrero.
-¿Lo crees así?
-Sí.
-Entonces lo seré.
Eran aquellos unos días felices.
A Isa ya no le llamaban para trabajar y nadie le atormentaba. Le dejaban en libertad para ir, cuando quisiera, con Filips.
Habían transcurrido así unos veinte días, cuando Filips notó un cambio en la actitud de su compañero. En cuanto llegaban al claro, Isa le daba su arco y se sentaba, absorto, junto a él. Ya no le gritaba cuando fallaba un tiro, ni se ponía contento cuando daba en el blanco.
Estaba allí, indiferente.
Filips le miraba sin atreverse a hablarle.
-Isa –le preguntó una mañana-, ¿no te gusta venir conmigo?
-¿Quién dice eso?
-Tus ojos lo dicen.
-Mis ojos no dicen lo que siente mi corazón.
-Entonces, ¿qué es lo que sucede?
-No lo sé.
-Yo sí.
-Dímelo.
-Tus ojos miran siempre a lo lejos.
-¿Y con eso?
-Quieres volver a la selva.
-Quizás.
-Entonces ¿a qué esperas?
-No quiero dejarte.
-Volverás, ¿no?
-No lo sé.
-Yo no quisiera echarte –dijo Filips, bajando los ojos-. Quisiera que estuvieras siempre conmigo.
-Yo no me voy.
-Ya te has marchado. Ya estás solo.
-Eso no es cierto.
-Sí, Isa. Estás conmigo, pero ya no te ríes conmigo, ya no juegas conmigo, ya no me dices gritando que soy una mujer cuando fallo el disparo con el arco. Por esto ya no estás conmigo.
-No quería hacerte daño.
-Así es que –siguió diciendo Filips sin darse cuenta de la interrupción- es mejor que te vayas donde quieres ir. Pero…
Se inclinó hacia el compañero y le susurró al oído:
-…pero tenemos que jurar que siempre seremos amigos. Volverás a verme de vez en cuando y así hablaremos y jugaremos juntos.
-¿Qué es un juramento? –preguntó Isa.
-Cuando alguien jura y luego no cumple lo que ha jurado, se muere.
-Entonces es dar una palabra. Una promesa que se hace a los espíritus buenos.
-Sí. Dame la mano.
Isa se la tendió. Filips, apretándola con fuerza, dijo:
-Isa es mi gran amigo. Lo juro por el cielo. No lo abandonaré jamás, ni siquiera cuando me case. Bien, ahora te toca a ti.
-¿Qué tengo que decir? ¿Repetir tus palabras?
-No. Tienen que ser palabras tuyas.
-Bien. –Isa estrechó la mano del compañero y murmuró lentamente:
-El río se secará y la selva se convertirá en un desierto antes de que Isa olvide. Por mis venas corre tu sangre y Filips es mi hermano. Pao ha dicho que basta con decirlo al Gran Padre, Y cuando Pao dice que el río se secará y la selva se convertirá en un desierto antes de que él olvide, puedes estar tranquilo, porque no lo olvidará.
-Si lo ha dicho Pao está bien. Ahora llévame a casa; luego te podrás marchar.
-Volveré con Pao y tú espérame.
-Sí, pero vuelve pronto.

Alberto Manzi. Orzowei.  Ed. Noguer

Propuestas para mediadoras y para mediadores.

RECURSOS

Texto

Orzowei es una historia de aventuras en la selva, donde leemos los valores de la amistad y de la generosidad. Los jefes-padres de Orzowei le transmiten una manera de pensar en la vida: Para conquistar la sabiduría se necesita mucho, mucho más tiempo que para aprender a manejar el arco.

Pao, el gran jefe de los pigmeos será, según transcurre el libro, el mejor consejero de Orzowei. La fuerza y la sabiduría, le dijo, “no se adquieren en un momento. Cuando aprendías a disparar el arco, tardaste mucho tiempo antes de dar en el blanco con la primera flecha.”

Nuestro texto de hoy nos traslada a África. Donde están Orzowei e Isa. Vamos a ver un poco los paisajes de esa África donde un niño blanco, abandonado, es criado por un gran guerrero y su esposa.

No le fue fácil a Orzowei (que significa “el encontrado”) vivir con sus nuevas familias. Tanto, que otra vez se tuvo que ir. Y nuevamente, una tribu de bosquimanos en la selva, lo adopta.

Veamos ahora un fragmento de aquella película que tanto apasionó a chicos y chicas de hace unos cuantos años.

Y ahora puedes ver unas cuantas imágenes, que te ambientarán en ese continente, África, domde se sitúa la historia de este gran libro, que te aconsejamos que leas.

Palabra magica

Hoy la palabra mágica es amigo. No era fácil la relación entre Isa (Orzowei) y Filips. Aun así, empezó la “historia de una gran amistad”. No eran iguales, no. Les separaba el color, la manera de pensar, la forma de vivir, sus gustos, pero tenían algo que los unía. Juraron y prometieron que se volverían a ver. Pasara lo que pasara, siempre estarían juntos, porque eso es la auténtica amistad.

          Como seguro que te interesa el tema, aquí tienes unos libros que hablan de ella, desde distintas maneras de pensar y tratar ese importante asunto en nuestras vidas: la amistad.

Cambio de amigos. Pedro Sorela. Editorial Alfaguara
Días de sorpresa. Mirjam Pressler. Editorial SM
El campamento de los líos. Pasqual Alapont. Editorial Algar

Cuentame

Ha llegado ahora tu momento. ¡Cuántas veces habrás pensado en esa amiga a la que tanto quieres o ese amigo, con quien irías al fin del mundo! ¿Has sentido, como Orzowei, la verdadera amistad?  Dinos, si te apetece, cómo se llama o se llaman esos amigos de verdad. Sólo unas preguntas, para que nos pongas un poco al día: ¿de dónde es? ¿Dónde os conocisteis? ¿Llegó un día en que decidisteis ser amigos o amigas o la amistad surgió porque sí, sin siquiera hablarlo? Imaginamos, esto para que te rías un rato, que vuestro próximo viaje de amigos es a la selva. ¿Habéis elegido ya el lugar? ¿Has encontrado imágenes o películas donde dices: “yo quiero estar allí”? Lo que sí te recomendamos es que algo de cuidado hay que tener, porque estos animalitos están por allí. Maravillosos, libres. Pero no les pongas nerviosos, por si acaso.

Nos ha encantado estar contigo. Ya eres casi como Isa. Te diremos lo mismo que Filips. Ahora tienen que ser palabras tuyas. No te conocemos, pero ya te queremos. Sólo te pedimos una cosa: ¡vuelve pronto!

Autor

Alberto Manzi   

El autor del texto de Orzowei nació en Roma (Italia), el 3 de noviembre de 1924 y murió el 4 de diciembre de 1997, en  Pitigliano (Italia).
Estudio tres carreras universitarias: biología, pedagogía y filosofía.

Fue profesor, escritor y presentador de televisión, donde realizó un programa durante varios años para luchar contra el analfabetismo. El programa televisivo retransmitía lecciones de la vida real en un aula de escuela primaria, con conceptos revolucionarios en los métodos didácticos en esos momentos (Manzi rompía los guiones que le eran entregados e improvisaba las lecciones).

Manzi se dedicó a la enseñanza escolar de forma completa, labor que intercaló con algunas campañas de alfabetización realizadas en el extranjero.

Nuestro observatorio

Más datos biográficos sobre Alberto Manzi en Wikipedia y entrevista al autor (en italiano).

El invierno. Luis García Montero. Ed. Comares

17 Oct

 lecciones

Sábado por la tarde.
Son las cuatro.
En la mesa dos tazas de café
y en la televisión un videojuego.
Mientras los padres hablan y recuerdan
historias del pasado,
un luchador derrota a su enemigo
y  pasa la pantalla.
La mano inteligente de la calefacción
acaricia los libros de la casa,
las cortinas de paño,
el equipo de música,
los almohadones rojos del sofá
donde se duerme el gato de la tarde.
Las cinco campanadas del reloj
guardan ecos de lana
y pasos muy tranquilos
de perro San Bernardo.
En la calle hace frío,
mucho frío.
Detrás de la ventana pasa el viento.

Luis García Montero, Lecciones de poesía para niños inquietos. Ed. Comares

Propuestas para mediadoras y mediadores

RECURSOS

Texto

Has leído una poesía muy íntima. Sí, el poeta nos presenta su casa, nos invita a ver qué hace, quiénes están con él, qué hora es. Lo que sí aparece, en esa mesa es la charla, la conversación, el valor de las palabras. Hay, como si fuera una película, varias imágenes por las que la cámara va pasando, gracias a la poesía. Vemos el reloj: las cuatro. Es una tarde, donde unos hablan y otros juegan a un videojuego. Una imagen totalmente real, cotidiana, que podría ser incluso de cualquiera de nuestras familias. Pero ¿cómo es esa tarde en familia? Nos vamos a trasladar con nuestra cámara por los distintos versos. Incluso podemos hacer el recorrido completo, la lectura de principio a fin, los veintiún versos y, luego ir de adelante hacia atrás; podemos también ir dando saltos en el poema y colocarnos perfectamente en la situación del poeta.

Nos asomamos a una ventana por la que vemos el viento que pasa. Se nota frío en la calle. Es posible que se vean abrigos, gabardinas, bufandas… Sabemos que hay un perro, un perro grande, un San Bernardo.      

En la casa hay libros y un equipo para escuchar música. Y aunque no suelen llevarse bien los perros y los gatos, en casa del poeta hay un gato. Hace calorcito por la calefacción, que parece que se pasea por los libros. Hay, en la televisión un videojuego, que podría ser cualquiera de estos o también otros, que seguro que tú conoces.

Palabra magica
Hoy la palabra mágica es campanadas. En el poema ha pasado una tarde de invierno en casa. Con el café, la charla, el perro, el gato, los libros que rodean… Un rato de la tarde agradable, que dura una hora. Empieza la poesía a las cuatro. Sucede lo que hemos leído. Nada raro ni extraño. Pero el poeta oye las campanadas. Son las cinco de la tarde. Es una hora que está muy por encima de algo tan sencillo y tan simple como esa agradable tarde de invierno. Las cinco de la tarde es, para el poeta, una hora mágica. Donde tantos acontecimientos recuerda que se han producido en la literatura, en la poesía y en la historia de España. Esa hora quizá le recuerde a Luis García Montero, el autor de esta poesía, su memoria por otro de sus poetas preferidos, que murió, ejecutado, en una espantosa guerra civil española, Federico García Lorca.

Si quieres saber más de la vida y obra de Federico García Lorca, te sugerimos esta página, realizada por la Fundación Federico García Lorca

Cuentame

Gracias a nuestro autor de hoy, vamos a dar un pequeño paseo por la poesía. Le hemos leído a él. Hemos leído y visto cosas de otro gran poeta, Federico García Lorca. Y ahora, por seguir con Luis García Montero, te presentamos un libro que puede que coincida contigo, aunque sólo sea por el título: Lecciones de poesía para niños inquietos, de la editorial Comares.

¿Has leído algún libro o visto alguna página de internet donde haya poesía? ¿Te gusta la poesía? ¿Prefieres otros tipos de textos? Cuéntanos qué es lo último que has leído. ¿De qué trataba? Por si acaso te apetece leer algo de poesía, te recomendamos estos libros. Seguro que encuentras alguno que te hará disfrutar.

          Ciudad laberinto, de Pedro Mañas Romero, en la editorial Faktoría K de libros.

          Vivir es fácil. Antología, de Gabriel Celaya, en la editorial Edelvives

          Carmen Conde para niños y jóvenes, de la editorial Ediciones de la Torre.

 

Autor

Luis García Montero

Nació el 4 de diciembre de 1958 en Granada (España).

Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Granada donde se doctoró en 1985 con una tesis sobre Rafael Alberti. Es catedrático de dicha Universidad aunque ahora en excedencia.
La característica más destacable de Luis García Montero es la narración en sus poemas, de una estructura casi teatral o novelística con un personaje o protagonista que cuenta o vive su historia a través de la memoria, del recuerdo o del deseo.  Su poesía se caracteriza por un lenguaje coloquial y por la reflexión a partir de acontecimientos o situaciones cotidianas.
Es columnista de opinión y crítico literario. Ha cultivado el ensayo además de la poesía. Es un viajero curioso. Ha recibido varios premios.

Nuestro observatorio

En las siguientes páginas se puede ampliar su biografía y consultar otra documentación sobre  Luis García Montero.

Bibliografía

Ofrecemos, a continuación, una selección de libros del autor en Canal Lector.

Canción del viejo canguro. Rudyard Kipling. Alianza Editorial

10 Oct

solocuentos

No siempre ha sido el canguro un animal como el que hemos visto ahora, sino un bicho diferente  que tenía cuatro patas. Era gris y lanudo y su orgullo era ilimitado: solía bailar siempre justo en el centro de la superficie de Australia. Un día, decidió ir a ver al pequeño dios Nga.
Fue a visitarle a las seis de la mañana, antes de desayunar, y le dijo:
-Tienes que hacerme diferente al resto de los animales, antes de las cinco de esta tarde.
Nga saltó de su asiento sobre el llano de arena, y gritó:
-¡Lárgate!
Era gris y lanudo, y su vanidad era ilimitada; solía bailar en los bordes de los estratos de roca, en el mismísimo centro de Australia. Y entonces, fue a ver al dios mediano Nquing.
Le visitó a las ocho de la mañana, después de desayunar, y le dijo:
-Hazme diferente al resto de los animales y, también, inmensamente popular, antes de las cinco de esta tarde.
Nquing salió de su madriguera, en el matorral, y gritó:
-¡Lárgate!
Era gris y lanudo, y su petulancia no aceptaba límites; solía danzar sobre las dunas de arena, en el centro de Australia. Y decidió visitar al gran dios Nqong.
Fue a ver a Nqong a las diez, antes de la hora de comer, y le dijo:
-Hazme distinto al resto de los animales y, también, popular y maravillosamente afamado, antes de las cinco de esta tarde.
Nqong saltó de su baño, en las salinas, y gritó:
-Sí, lo haré.
Nqong llamó a Dingo –el perro amarillo Dingo-, que estaba lleno de polvo al sol y, como siempre hambriento, y le mostró el canguro.
-Dingo, despierta, Dingo. ¿Ves aquel caballero que está bailando sobre un montón de cenizas? Quiere ser popular y que se hable bien de él. Dingo, haz que se cumplan sus deseos.
Dingo –el perro amarillo Dingo-, siempre hambriento, salió corriendo mostrando sus dientes, que relucían como si estuviese encerrado en un saco de carbón; salió corriendo tras el canguro.
Y el canguro salió disparado sobre sus cuatro patas, como lo habría hecho un conejito.
Con este episodio, mis queridos amigos, concluye la primera parte de este cuento.
Corrió por el desierto; corrió por las montañas; corrió por los macizos de juncos; corrió entre los árboles azules de la goma; corrió sobre los matorrales; corrió hasta que sus patas delanteras comenzaron a dolerle.
¡No tenía más remedio…!
Porque Dingo –el perro amarillo y siempre hambriento- mostraba los dientes como una trampa de ratones y corría tras el canguro, sin acercarse nunca, sin retrasarse jamás.
¡No tenía más remedio…!
El canguro, el viejo canguro, siguió, pues, su carrera. Corrió entre los arbustos del té; corrió sobre la turba; corrió entre la hierba alta; corrió sobre la hierba baja; atravesó los trópicos de Capricornio y de Cáncer; corrió hasta dolerle las patas.
¡No tenía más remedio…!
Y también seguía corriendo Dingo –el perro amarillo Dingo-, más y más hambriento que nunca, mostrando sus dientes que semejaban la collera de un caballo, sin acercarse nunca, sin retrasarse jamás, hasta que llegaron al río Wollgong.
Y como no había ningún puente ni tampoco una barcaza, el canguro no sabía cómo atraversarlo. De modo que se irguió sobre sus patas y dio un salto.
¡No tenía más remedio…!
Saltó sobre las escorias, saltó sobre las cenizas, saltó sobre los desiertos del centro de Australia. Y saltó como un canguro. Primero saltó un metro; luego saltó tres; más tarde, cinco, y las patas traseras le iban creciendo, las patas se le iban fortaleciendo. No tuvo ocasión de descansar y refrescarse, a pesar de que lo necesitaba con urgencia.
Y aún Dingo –el perro amarillo Dingo- seguía corriendo, cada vez más hambriento, cada vez más sorprendido, preguntándose qué cosa de este mundo o ajena a él hacía saltar al canguro de aquel modo.
Porque el canguro saltaba como un grillo, como un guisante en una sartén, o como una pelota de goma nueva en el cuarto de jugar.
¡No tenía más remedio…!
Encogió sus patas delanteras y saltó apoyándose sólo sobre las de atrás, utilizando la cola para mantener su peso en equilibrio, y así siguió saltando por las herbosas praderas del Darling.
¡No tenía más remedio…!
Y aún corría Dingo –el casado perro Dingo-, más hambriento que antes y todavía más desconcertado, preguntándose cuándo, ya fuese en este mundo o fuera de él, se detendría el viejo canguro.
Entonces salió Nqong de su baño de sal y dijo:
-Son las cinco.
Y Dingo se sentó –el pobre perro Dingo-, siempre hambriento, lleno de polvo, al resplandor del sol; sacó la lengua y ululó.
También se sentó el canguro –el viejo canguro-, se reclinó sobre su cola como si fuese una banqueta de ordeñar que se hallase detrás de él y murmuró:
-Por fortuna esto se ha acabado.
Y le dijo Nqong, que en todo instante se portaba como un caballero:
-¿Por qué no te muestras agradecido al perro amarillo Dingo? ¿Por qué no le das las gracias por lo que ha hecho por ti?
Y el canguro, el cansado canguro, protestó:
-Me ha obligado a alejarme de las tierras de mi infancia, me ha perseguido a las horas de comer, ha alterado la forma de mi cuerpo de tal forma que jamás volveré a recuperarla, y me ha dejado las piernas como la piel del diablo.
Entonces contestó Nqong:
-Quizá esté equivocado. Pero, ¿no me pediste que te hiciera distinto al resto de los animales y también que te convirtiera en un ser famoso y admirado? Pues ya son las cinco.
-Sí –concedió el canguro-. Desearía no haberlo hecho. Creí que ibas a lograrlo con magias y encantamientos, pero esto ha resultado una broma pesada.
-¡Una broma! –exclamó Nqong, fuera de su baño, entre los árboles azules de goma-. Repite eso otra vez y ordeno de un silbido a Dingo que te arranque las patas traseras.
-No –pidió el canguro-. Debo disculparme. Las patas son las patas y, por lo que a mí respecta no tienes por qué cambiármelas. Yo sólo pretendo explicar a vuestra señoría que no he comido nada desde esta mañana y que me siento realmente vacío por dentro.
-Sí –terció Dingo, el perro amarillo Dingo-. Yo me encuentro en la misma situación. Le he hecho diferente del resto de los animales y, ahora, me gustaría tomar mi té.
Y dijo Nqong, desde su baño de sal:
-Venid y pedídmelo mañana, porque ahora voy a bañarme.
Y, así, el viejo canguro y el perro amarillo fueron abandonados en el centro de Australia, diciéndose el uno al otro:
-Ha sido por tu culpa.

Rudyard Kipling. Sólo cuentos. Alianza Editorial
          
Propuestas para mediadoras y para mediadores.

RECURSOS

Texto
Nos dice el autor, Rudyard Kipling, cómo era antes el canguro. En las próximas páginas, veremos al que tú quizá conozcas. El canguro hoy.

 En la siguiente página, escucharemos y veremos un reportaje actual sobre este curioso animal. De dónde viene su nombre, la población de canguros que hay en Australia, las especies de canguros que hay, los tamaños, qué carácter tienen. Qué comen, qué hacen, en que momento del día viven, cómo se crían y muchas otras cosas. Agradecemos el trabajo que hoy podemos disfrutar para informarnos.

Lo que sí parece, según nos dice la leyenda, es que el canguro quiso siempre ser alguien distinto. ¡Y vaya si lo consiguió! Pero, por ser justos, hay personajes, en esta leyenda, a los que el canguro les debe mucho. Les debe ser como él es y algo más: como él quería ser. Ahí aparecen Nqong y el perro amarillo Dingo. Bien es verdad que este último lo que tenía es mucha hambre. Corría porque quería comer. Pero el canguro, al verlo, tuvo también que correr. No olvidemos que los dientes del perro amarillo Dingo le aterrorizaban al canguro. Y entonces, a correr, a correr y a correr. No planteó el perro otra cosa más que mostrar sus dientes. Pero con las carreras del canguro para salvarse empezó esta leyenda. Son cosas que pasan en la vida. Muchas veces, algo que no esperamos consigue cambiar totalmente las cosas que pensábamos de una manera, hasta convertirse en otras distintas. 

De hecho, ¿cuántas y cuántos de los grandes deportistas que conocemos, empezaron por lo que luego han sido? Ahora vas a ver a grandes atletas. A lo mejor, el canguro podría presentarse a alguna olimpiada. Es cierto que en determinados deportes no sería capaz de participar.

Elige, de lo que ahora vas a ver, las competiciones deportivas a las que podría ir el canguro y las que no. ¿Sabrías decir por qué? Busca, en internet, otras competiciones a las que crees que podría presentarse un canguro.
Competición 1
Competición 2
Otros

Palabra magica
Hoy la palabra mágica es diferente. Vamos a saltar como el canguro, a ver si conseguimos dar los saltos precisos para caer en las palabras que necesitamos. En lugar de la palabra diferente, ¿cuáles de estas podría haber utilizado el canguro? Son las palabras sinónimas, las que significan igual o parecido. Da saltos y comprueba luego que has acertado.

          Salto 1: distinto               Salto 2: raro              Salto 3: estratosférico

          Salto 4: desigual             Salto 5: salvaje          Salto 6: singular

Vamos a pensar en los doce meses del año. Los saltos llevan un número. Si tus saltos coinciden con los meses de enero, febrero, abril y junio, ¡enhorabuena! Has conseguido igualar, cuando menos, al canguro saltador.

Cuentame
Comprueba ahora que estás en plena forma para acudir a Australia, si tus posibilidades te lo permiten. Ya sabemos que no es fácil, porque está lejos, muy lejos y es difícil y caro ir allí. Pero, por si acaso, que sepas que los australianos son muy aficionados al deporte. ¿Será por los canguros?

Entre los deportes habituales que practican los australianos están: el surf, la natación, el tenis, el remo, el rugby, el ciclismo, el baloncesto y muchos más.

Pues bien. Ahora te toca a ti contarnos qué deporte practicas y, sobre todo, cuál te gustaría practicar, si pudieras. ¿Es un deporte de competición? ¿Puedes hacerlo en soledad? ¿Cuándo sueles practicarlo? No olvides decirnos cuáles han sido tus mayores éxitos deportivos. Y no dejes de decirnos cómo te alimentas para practicar ese deporte. Aprenderemos lo que nos conviene comer y beber y lo que no es bueno.

 Autor


Rudyard Kipling

Nació el 30 de diciembre de 1865 en Bombay (India) y murió en Londres, el 18 de enero de 1936. Kipling escribió novelas, poemas y relatos ambientados principalmente en la India y Birmania durante la época del gobierno británico. A la edad de 6 años lo enviaron a estudiar a Inglaterra. Pasó cinco años en un hogar social de Southsea, experiencia detestable que describe en uno de sus relatos.  Regresó a la India en 1882 y a partir de ese momento trabajó para la Civil and Military Gazette de Lahore hasta 1889, en calidad de editor y escritor de relatos.  Viajó por Asia y Estados Unidos, donde contrajo matrimonio con Caroline Balestier en 1892. En 1903, se estableció en Inglaterra. Kipling fue un escritor prolífico y popular. En 1907 obtuvo el Premio Nobel de Literatura.

 

Nuestro observatorio

En la wikipedia se puede consultar su biografía y ampliar más datos y curiosidades.

Bibliografía 

Ofrecemos, a continuación, una selección de libros de  Rudyard Kipling tomada de  Canal Lector.

Caperucita en Manhattan. Carmen Martín Gaite. Editorial Siruela

3 Oct

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Un veterano comisario del distrito de Harlem, fascinado por la valentía de miss Lunatic, sus múltiples contactos con gente del hampa y su talento para testificar en los casos difíciles, la mandó llamar una tarde de invierno para proponerle un trato. Se le asignaría una suma bastante importante de dinero, si se prestaba a colaborar como confidente de la Policía. Ella se indignó. Informar a las autoridades de que había un fuego, se había caído el alero de un tejado o se necesitaba urgentemente una ambulancia era algo muy diferente a convertirse en acusica. Ni que estuviera loca. Y en cuanto al dinero, muchas gracias, pero no la tentaba.
-¿Para qué necesito yo el dinero, mister O’Connor? –preguntó-. ¿Me lo quiere usted decir?
Tenía las manos cruzadas sobre la mesa, y el comisario se fijó en aquellos dedos deformados por el reúma y enrojecidos por el frío.
-Para asegurarse la vejez –dijo.
Miss Lunatic se echó a reír.
-Perdone, señor, pero llegué a Manhattan en 1885 –dijo-. ¿No le parece que he dado pruebas suficientes de asegurarme yo sola la vejez?
El comisario O’Connor la contempló con curiosidad desde el otro lado de la mesa.
-¿En 1885? ¿El mismo año que trajeron aquí la estatua de la Libertad? –preguntó.
En los labios de miss Lunatic se dibujó una sonrisa de nostalgia.
-Exactamente, señor. Pero le ruego que no someta a ningun interrogatorio.
-Solamente contésteme a una cosa –dijo él-. He oído decir que no tiene usted ingresos conocidos. Y que tampoco pide limosna.
-Es verdad, ¿y qué?
-Tranquilícese, le aseguro que no se trata de una investigación policiaca. Sólo pretendo ayudarla. ¿Es que no le interesa el dinero?
-No; porque se ha convertido en meta y nos impide disfrutar del camino por donde vamos andando. Además ni siquiera es bonito, como antes, cuando se gozaba de su tacto como del de una joya.
El comisario observó que, mientras miss Lunatic decía aquellas palabras acariciaba unas monedas muy raras que había sacado de una bolsita de terciopelo verde, y jugueteaba con ellas. No eran de gran tamaño, despedían un fulgor verdoso, y parecían muy antiguas. Estuvo a punto de preguntarle de dónde procedían, porque nunca las había visto de este tipo, pero se contuvo por miedo a ganarse su desconfianza. Prefería seguir oyéndola hablar de lo que fuera. Hubo una pausa y ella volvió a guardar las monedas en la bolsa.
-Ahora ya no –continuó tras un suspiro-. Ahora el dinero son viles papeluchos arrugados. Yo cuando tengo alguno, estoy deseando soltarlo.
-Todos los papeluchos que usted quiera –interrumpió el comisario-, pero hacen falta para vivir.
-Eso suele decirse, sí. Para vivir… Pero ¿a qué llaman vivir? Para mí vivir es no tener prisa, contemplar las cosas, prestar oído a las cuitas ajenas, sentir curiosidad y compasión, no decir mentiras, compartir con los vivos un vaso de vino o un trozo de pan, acordarse con orgullo de la lección de los muertos, no permitir que nos humillen o nos engañen, no contestar que sí ni que no sin haber contado antes hasta cien como hacía el Pato Donald… Vivir es saber estar solo para aprender a estar en compañía, y vivir es explicarse y llorar… y vivir es reírse… He conocido a mucha gente a lo largo de mi vida, comisario, y créame, en nombre de ganar dinero para vivir, se lo toman tan en serio que se olvidan de vivir. Precisamente ayer, paseando por Central Park más o menos a estas horas, me encontré con un hombre inmensamente rico que vive por allí cerca y entablamos conversación. Pues bueno, está desesperado y no sabe por qué. No le saca partido a nada ni le encuentra aliciente a la vida. Y claro, se obsesiona por tonterías. Al cabo de un rato, parecía yo la millonaria y él el mendigo. Nos hicimos muy amigos. Dice que él no tiene ninguno. Bueno, uno, pero que se está hartando de él.
-¡Qué historia tan interesante! dijo el señor O´Connor.
-Sí, es una pena que no tenga tiempo para contársela con detalle. Pero he quedado en ir dentro de un rato a su casa a leerle la mano. Aunque no sé si servirá de mucho, ya se lo advertí ayer, porque yo el porvenir no lo leo cerrado, sino abierto.
-¿Qué quiere decir eso?
-Que no doy soluciones, me limito a señalar caminos que cruzan y a dejar a la gente en libertad para que elija el que quiera. Y míster Woolf está ansioso de soluciones, me temo que necesita que le manden. Tal vez porque está harto de hacerse obedecer. Edgard Woolf se llama. Gana el dinero a espuertas. Tiene un negocio muy acreditado de pastelería.
El comisario la miró con los ojos redondos por la sorpresa.
-¿Edgard Woolf? ¿El rey de las Tartas? ¿Va a ir usted a casa de Edgard Woolf? Vive en uno de los apartamentos más lujosos de Manhattan, ¿lo sabía? Pero tiene fama de ser inaccesible, de no recibir a nadie.
-Pues ya ve, será que le he caído bien. A ver si se cree usted que sólo me trato con desheredados de la fortuna. Aunque ahora que lo pienso –rectificó luego- también míster Woolf es un desheredado de la fortuna. Para mí la única fortuna, ya le digo, es la de saber vivir, la de ser libre. Y el dinero no libera, querido comisario. Mire usted alrededor, lea los periódicos. Piense en todos los crímenes y guerras y mentiras que acarrea el dinero. Libertad y dinero son conceptos opuestos. Como lo son también libertad y miedo. Pero, en fin, le estoy robando tiempo. No he venido para echarle un discurso, y en cuanto a su propuesta, ya la he contestado con creces, ¿no le parece a usted? Conque olvídeme, si puede.
El comisario O´Connor la miraba entre pensativo y perplejo.
-Así que usted no tiene dinero ni miedo… -dijo.
-Yo no. ¿Y usted?
El rostro del comisario se ensombreció.
-Yo miedo sí, muchas veces. Se lo confieso.
-Pues eso es mala cosa para su oficio. El miedo cría miedo, además. ¿Dónde lo siente? ¿En la boca del estómago?
El comisario se quedó dudando, y se palpó aquella zona, bajo el chaleco.
-Pues sí, más o menos.
-Ya. Es lo más corriente. Espere un momento a ver.
Miss Lunatic, ante el pasmo del comisario O´Connor, se puso a hurgar en su faltriquera y sacó varios frasquitos que alineó sobre la mesa.
-¡Vaya por Dios! Lo siento. Tenía un elixir bastante bueno contra el miedo, pero se me ha gastado. Es el que más me piden.
Luego, mientras volvía a guardarse los frasquitos, añadió:
-Claro que hay otra forma de espantar el miedo, pero no es propiamente una receta, porque tiene que poner mucho de su parte el paciente. Consiste en pensar: “A mí esto que me asusta ni me va ni me viene”, algo así como ver lejos lo que está dando a uno miedo, para que se desdibuje.
-Eso no acabo de entenderlo.
-Casi nadie; por eso digo que da poco resultado recetárselo a otro. A lo mejor un día, de pronto, lo siente usted solo y lo entiende… En fin, ¿me da permiso para retirarme?
El comisario O’Connor asintió. Pero cuando la vio levantarse, agarrar su cochecito y dirigirse a la puerta, tuvo una sensación muy triste, como de miedo a estarse despidiendo de ella para siempre. Y la volvió a llamar. Ella se detuvo, interrogante.
-Miss Lunatic –dijo-. Es usted maravillosa.
-Gracias, señor. Eso mismo me decía siempre mi hijo, que en paz descanse. Un gran artista, por cierto, aunque la memoria voluble de las gentes haya sepultado su nombre… ¿Quería usted decirme algo más?
-Sí. Que no me gustaría que pasara usted hambre ni frío.
-No se preocupe. No los paso.
-Me parece increíble, perdone que se lo diga. ¿Y cómo hace? ¿Cómo se las arregla para salir adelante?
Miss Lunatic se detuvo en el centro de la habitación. Se levantó el ala del sombrero con gesto solemne y miró al señor O´Connor. Sus ojos negros, brillando en el rostro pálido y plagado de surcos, parecían carbones encendidos. Y ella, en medio de aquella estancia de paredes desnudas, una figura de cera.
Echándole fuerza de voluntad, señor, para decirlo con palabras del Caballero Inexixtente.
-¿Otro amigo suyo? –preguntó el comisario.
-Pues sí. Aunque éste es un personaje inventado. ¿Le gustan las novelas?
-Mucho. Lo que pasa es que tengo poco tiempo de leer.
-Pues cuando saque un ratito le recomiendo El caballero inexistente. No es muy larga. Acabo de verla traducida al italiano esta tarde, al pasar por el escaparate de Doubleday.
-¡Cuánto trota por Manhattan! Veo que no para usted un momento.
-Así es. Tiene usted razón. Yo no comprendo cómo dice la gente que se aburre. A mí nunca me da tiempo para todo lo que quisiera hacer… Y ahora siento dejarle. Pero he quedado con míster Woolf, y antes había pensado darme una vueltecita en coche de caballos por Central Park. Gratis, por supuesto. Me lo tiene prometido un cochero angoleño que me debe algunos favores. Convencí a una hija suya para que no se suicidara. Conque lo dicho. Adiós, comisario.
El comisario O´Connor se levantó para abrirle la puerta y le estrechó la mano efusivamente.
-Espero que volvamos a vernos –dijo-. La vida es larga, Miss Lunatic y da muchas vueltas.
-Ya lo creo. Dígamelo usted a mí –contestó ella sonriendo.
-Pues nada, mujer, salud. Y abríguese que se está poniendo el tiempo como para nevar.
-Es lo suyo. Estamos en diciembre.
Al salir, hacía un viento muy frío, que alborotó la larga melena blanca de miss Lunatic. Apresuró el paso hacia la calle 125. Había decidido coger allí el metro hasta Columbus Circle.
Mientras canturreaba un himno alsaciano, se puso a pensar en Edgard Woolf, el rey de las tartas.

Carmen Martín Gaite. Caperucita en Manhattan.  Ed. Siruela

Propuestas para mediadoras y para mediadores.

RECURSOS

Texto

Al leer el título del libro, a lo mejor pensabas encontrar algo así. Y no. Para situarnos bien, nos vamos a dar un paseo por donde vive  Miss Lunatic: Manhattan.
Sí, la ciudad donde, en 1885 llegaron la Estatua de la Libertad y también Miss Lunatic. Y aquí estaba el comisario O’Connor, en el distrito de Harlem. Sí, el comisario sólo quería ayudar a nuestra protagonista. Pero ¿qué preguntas y respuestas obtuvo de miss Lunatic? ¿Estaría buscando dinero, aquella mujer, que no tenía ingresos? El comisario no paraba de sorprenderse con sus palabras. Le tuvo que decir que no era una investigación lo que hablaba con ella.
Todos los pensamientos de aquella mujer eran absolutamente excepcionales. De esos que convendría poner en un cartel bien grande, que nos acompañara en nuestra vida. Pensemos en cuáles de las siguientes reflexiones sobre el texto son verdaderas y cuáles son falsas.

Juguemos ahora al Verdadero/Falso sobre lo que hemos leído

1. El comisario sabía que aquella mujer estaba muy relacionada con el hampa y eso podría interesarle.
2. Miss Lunatic le dijo al comisario que no pedía limosna
3. A Miss Lunatic no le interesaba el dinero
4. Ella dijo que en el dinero, son mejores las monedas que el papel
5. Ella dijo que vivir es explicarse y llorar y reírse
6. Miss Lunatic estaba obsesionada por recorrer toda la ciudad antes que nadie
7. Le dijo al comisario que lo normal es que los policías tengan miedo y que el miedo es muy bueno
8. El comisario tuvo una sensación triste al despedirla, como si ya no volviera a verla.
9. Miss Lunatic le confesó al comisario que no se aburría. Que no tenía tiempo para hacer todo lo que quería
10. Al  comisario le encantó la charla con Miss Lunatic. Le pareció maravillosa y estaba deseando volver a verla.

(Soluciones: 1: Falso/ 2:Verdadero/ 3: Verdadero/ 4: Falso/ 5: Verdadero/ 6: Falso/ 7: Falso/ 8: Verdadero/ 9: Verdadero/ 10: Verdadero)

Palabra magica

Hoy la palabra mágica la dice Miss Lunatic. Es vivir. Hemos leído lo que es vivir para nuestra protagonista. Miss Lunatic luchaba por ello y lo iba consiguiendo. Pero hay mucha gente, en este mundo para los que vivir es algo muy complicado. No tienen nada más que lo que alguien les da. Podemos decir que ni casa, la comida es difícil, los padres ya no están y a sus pocos años tienen que luchar por vivir. Vemos sólo un ejemplo real en estas imágenes:

Intentemos, entre todas y entre todos, conseguir que con nuestro trabajo y con las posibilidades que tengamos, brille lo que dice el presentador del programa que hemos visto: esperanza y buenas nuevas. Porque ellos, esos niños que luchan por vivir, tratan de ir hacia delante. Qué lejos queda, como dice Miss Lunatic, lo que tanto preocupa ahora: ¡ganar dinero!

He conocido a mucha gente a lo largo de mi vida, comisario, y créame, en nombre de ganar dinero para vivir, se lo toman tan en serio que se olvidan de vivir. Para mí  la única fortuna, ya le digo, es la de saber vivir, la de ser libre. Y el dinero no libera, querido comisario”.

Cuentame

Creemos que leer este libro de Caperucita en Manhattan nos ha dado la suerte de conocer a Miss Lunatic. Algo parecido a lo que le sucedió al comisario O’Connor, quien le confesó que él tenía miedo.  Entre las recomendaciones que le hace nuestra protagonista al inspector, a pesar del “poco” tiempo que tenía, le dice que lea El caballero inexistente. Como no llevaba el elixir que era bastante bueno contra el miedo, le da una forma muy importante de espantarlo, si el paciente  está dispuesto a una cosa: pensar. Algo tan fácil como decir: “A mí esto que me asusta ni me va ni me viene”.

¿Has pasado miedo alguna vez? ¿Cuál fue el momento más terrible? ¿Cuándo sucedió? A lo mejor, hasta te gustan los libros y las películas de miedo. Por si es así, estos te gustarán. Haz como el comisario O’Connor y a ver si lo notas en la boca del estómago. Lo que no podemos darte son los frasquitos de Miss Lunatic. Suerte, agárrate  y disfruta.

El abrazo de la muerte de Concepción López Narváez, María Salmerón López. Editorial Anaya.
Krabat y el molino del diablo de Otfried Preussler. Editorial Noguer.

Autor

Carmen Martín Gaite.

Nació el 8 de diciembre de 1925 en Salamanca (España) y murió el 23 de julio de 2000 en Madrid (España).
Se licenció en Filosofía y Letras en la Universidad de Salamanca. En 1950 se trasladó a Madrid.  Recibió, entre otros, el Premio Nadal y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras.
La afición por la escritura fue temprana desde los 8 años escribía cuentos. Fue crítica literaria además de traductora y guionista para la televión.
Nuestro observatorio

Más datos sobre Carmen Martín Gaite en la página de la Universidad Complutense de Madrid y transcripción de una entrevista homenaje realizada en la emisora de radio COPE.